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Por Poemas de ...



Poemas de Susana Lage (San Juan)


09.12.2014 17:13

POR NACER EN EL DESIERTO

Tengo sol en invierno

y de mi cama

se ven perfectamente las estrellas.

Tengo dos gatos tibios

y algún olvido,

el cuerpo ocioso y el escudo atento

que a veces los errores no dan tiempo.

Y tengo los recuerdos tan disciplinados

y la risa tan fácil

que soy tan feliz

como se debe.

Y a veces

(si estoy muy descuidada)

la soledad se me cuela en los papeles

y me escribe un poema por las noches.

Y a veces

(si no estoy muy apurada)

lloro muy bajito en los rincones

por no hacer ostentación,

que hay mucha envidia.

Y tengo sed congénita de viento

y un miedo colectivo.

Y sólo puedo amar sin que se note,

como el tiempo de siesta,

de puntillas,

como una piedra inmóvil del camino.

 

Para calmar el dolor

(que a veces duele)

oyendo historias y cebando chismes

he aprendido a creer lo que no veo,

que los que hemos nacido en el desierto

conocemos a Dios sólo de oídas.

 

MUERTOS

Más allá de mí,

de mis contornos,

están mis muertos mirándome de frente.

Mi infancia de poemas y lombrices,

un amor de tus ojos,

mi abuelo casi pájaro

y mi perro.

Más allá de mí

están todos los fantasmas carceleros

que no me dejan volar,

y me aprisionan

en el furor de la impotencia.

Más allá, tan allá de mis contornos,

borrándose, inseguros,

ellos me tienden una mano fatal.

Volver al aire tibio y luminoso

de ser germen feliz

dentro del cuenco

de mi infancia

de tus ojos

de mi abuelo

de mi perro.

 

AQUÍ ABAJO

Nunca pude haber sido una astronauta

por problemas congénitos de vértigo,

ni siquiera una alpinista de domingo,

que mis piernas no se adhieren casi a nada.

Perdí también el puesto

de redentor del mundo

por no haber comprendido el catecismo,

y es que no puedo salvar ni la apariencia.

Y no supe ser buena trapecista

(el miedo me ata al mástil y a las redes)

ni entender de asuntos elevados

ni treparme a la alacena de los dulces.

Por eso estoy, en fin,

a ras del suelo

para entenderme con los gatos en las tardes

y dormir tranquila en las banquinas.

Que sólo nos queda el soliloquio

y las siestas de sol

por aquí abajo.

 

LO QUE QUEDA

Quedan los jazmines de noviembre

y un trasiego de angustia en las ventanas,

queda el trajinar del embalaje

y un triste rumor de cerraduras.

Quedan los rituales vacíos

y los rituales llenos,

el rastro de los cuerpos

y todas sus sabidas implicancias,

las muecas del desamor

y los gestos fijos,

esos que los fantasmas multiplican.

Quedan las buenas maneras

y los cuidados silencios,

los educados márgenes

y los modestos límites

donde van a morir todas las mareas.

Quedan los oficios del olvido

y el difícil arte del hacer memoria,

quedan los espejos asustados

y las paredes atónitas,

decidiendo entre el recuerdo y las arañas.

Pero quedan, también, las amapolas

y todas las mandarinas del otoño,

el viento fresco venciendo los postigos

y el obstinado rodar de las estrellas;

quedan presagios de días y de noches

en la certeza de los calendarios,

el indicio del invierno en las estufas

y un perfume de roble por la casa.

Y quedan, también, la piel, el aire,

las manos, las miradas, las esperas

como dos ojos fijos al final del camino,

como una palabra aguardando la boca

como badajos en péndulo

a punto de estallar en las campanas.

Y queda el corazón,

que es una abeja.

 

CITA

Si mal no recuerdo

el viernes por la tarde me dijiste

vamos a una cita que me calzo

unos lentes oscuros para amarte

en una intersección de gatos y de perros

de conejos y de peces

de azucenas y de lirios

de puertas y de goznes aceitados.

Así que no asistí,

y te dejé una nota aclaratoria

de mi poca memoria y mis largos olvidos

y mi falta absoluta de un sombrero blanco

y mi manía de perderme en las esquinas.

Pero insististe entonces

emplazándome

a cercarte las sienes y calmar tus pesadillas,

a coser tu costado y secarte la frente,

a mecer tu cuna y alimentar tus manos,

a tentar tu pulso y pulsar tu sangre.

Así que nunca fui,

y guardé muy bien entre mis cosas

esos emplastos mágicos de abuela,

un par de secretos para abrillantar los ojos

y la receta para secar las lágrimas.

Y oculté la técnica para perfumar las manos

las mil esencias de la luna

y los conjuros de la piel y de los ojos.

En vista del estado de las cosas

espero, atentamente,

lo comprendas.

 

ADIÓS

Adiós es sólo una palabra si se la ve de cerca,

pero hay que alejarse unos centímetros

para ver cómo se parece al sol y a las estrellas.

No hay que subestimarla.

Ni gastarla como moneda de calderilla,

ni dejarla caer por su propio peso.

Porque al decir adiós,

la órbita del planeta se corrige unos centímetros hacia

abajo,

y se sabe que hay un leve giro

en las migraciones de las golondrinas.

Se han detectado

cambios en el flujo y reflujo de las mareas

porque alguien dijo adiós, peor si es lunes.

Hay que andarse con cuidado.

Un velo se descorre

mientras cerramos una puerta,

y se nos cuela una paradoja

en un pliegue del atardecer.

Yo creo que el corazón cambia su rutina,

y la sangre circula al revés,

hasta puede que los jazmines florezcan a destiempo.

Porque al decir adiós

en realidad se dice,

y más vale no olvidarse del detalle.

 

Y DIJISTE

Y dijiste

tengo cicatrices como árboles añosos

y un murmullo en la piel que me vuelve insomne.

Y te dije

que tengo más de dos mil años

y los ojos huecos

y ni una sola paloma en los bolsillos

Y dijiste

estar muy cansado de andar para llegar hasta mi puerta

y lo dijiste pisando el umbral de mis ojos

y lo dijiste arribando a mi cabello

y lo dijiste en la frontera esa

en donde nos da miedo por las noches.

Y te dije

que no sé más que pestañear en las cornisas

y arrimarme al centro del amor,

y merodearlo a veces

y otras veces comerme una naranja.

Y lo dije en el punto en que bebés mis lágrimas

y lo dije en el lugar en que apenas podemos mirarnos

y se te da por mofarte de la luna.

Y no dijiste más

y yo no dije

por miedo a despertar a las caléndulas

y desperezar todos los árboles

Y es que del otro lado del espejo

sólo podemos reír si nadie escucha


Susana Lage nació en San Juan. Hizo su posgrado en la UNAM (México) y enseña en la Universidad Nacional de San Juan Producción Literaria, Introducción a las Artes Contemporáneas y Dramaturgia. Dirige el elenco de la Facultad de Filosofía, Humanidades y Artes. Ha participado en el Teatro Nacional Cervantes del Ciclo Nueve dramaturgos argentinos con la obra Lagartijas (2003) y del Ciclo de Teatro Semimontado Autoras Argentinas con la obra Tudcum (2014). Además publicó en la antología “Argentina/dramaturgas” Crónicas de Ítaca. Realizó el guión y la dirección de la Fiesta Nacional del Sol 2007 y 2008. También ha sido actriz, guionista de historietas y periodista cultural. Publicó el bestiario de prosa poética Animalia, y poesía en las revistas mexicanas Blanco Móvil y Alforja, ensayos sobre teatrología y traducciones del francés. Menos el pecho de Deolinda, Lo que el viento se trajo, El sueño de la mujer triste, y La tierra no es cuadrada (infantil)son algunas de sus obras dramáticas estrenadas en San Juan, Buenos Aires, La Plata, San Luis  y México.


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