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Llanto de octubre: La sombra de la gendarmeria

 Por UNO DEL OESTE

23.09.2017 11:51

Es un niño, corre el año 1947, Alberto Navarrete se llama, tiene la mirada oscura, los ojos bien negros. Pertenece al pueblo originario Pilagá que marcha junto a los pueblos Wichis, Mocoví  y Tobas, en procesión a la Compañía el Tabacal en Tartagal, provincia de Salta, cuyo dueño es Robustiano Patrón Costas, terrateniente oligarca.

Formosa para ese entonces no era provincia, sino territorio nacional, por ende el mandatario era elegido por el presidente de la nación, quién se erigía en esa figura era Juan Domingo Perón.  El cargo le cayó en suerte a Rolando de  Hertelendy, interino y primer gobernador de Formosa.

Navarrete lleva la inocencia del niño que quiere ver a sus padres felices en la espesura de sus almas. Un ramillete de caña de azúcar que será luego entregado al patrón para que éste, según negociado, les de sus 6 pesos por día,  como lo prometió. Por eso caminan para Tartagal. No hay un atisbo de malvivir en ellos, se quieren ganar el pan con el esfuerzo de su trabajo. Y como saben que un tal Perón pregona eso de los derechos de los trabajadores, no se van a quedar quietos. Son un pueblo de laburantes, como cualquier otro pueblo. El trayecto es largo, van desde Las Lomitas, en Formosa, hasta Tartagal, en Salta, una caminata de más de cien kilómetros entre días y noches. Tienen hambre, cargan con humillaciones y penurias.

En los pueblos cercanos se habla de “la venida de malones”; esto los estigmatiza. Son 8000 entre niños, niñas, adultos mujeres, hombres y ancianos. Pero a pesar de su labor, la estafa dio lugar a la desdicha. El proyecto esclavizador de Robustiano se hizo ver. Lo pactado se redujo a solo 2, 50 pesos. A pesar del pedido de los trabajadores para hablar con Patrón Costas, éste se negó y dio la orden de echarlos sin más. Entonces los tres pueblos nativos emprendieron el regreso a Las Lomitas. 8000 almas con hambre, sed, cansancio, niños pidiendo pan.

Alberto Navarrete entre ellos, de cuerpo huesudo y con el estómago haciendo saber que estaba en la misma que todos. No hubo piedad para su pueblo. Prontamente se encontraron en un claro del campo llamado Rincón Bomba, muy cerca al pueblo. Sólo había un madrejón que les proporcionaba agua, lo cual no era poco. Eso y la compañía de otro grupo de la misma etnia.

Ante semejante cuadro  los caciques Paulo Navarro (Pablito), Nola Lagadick y Luciano Córdoba formaron una junta para pedir ayuda. Hablaron con la comisión de fomento y con el jefe del Escuadrón 18 de Gendarmería Nacional Comandante Emilio Fernández Castillo.

Juan Domingo Perón envió tres vagones con alimentos y medicina en septiembre a Formosa; pero el delegado de la Dirección Nacional del Aborigen, Miguel Ortiz, abandonó los vagones con la mitad de la mercadería. Recién diez días después salieron para Las Lomitas y llegaron en octubre, con evidentes signos de putrefacción. Igual fueron repartidos en el campamento Pilagá. Las consecuencias, nefastas, por la intoxicación murieron cerca de cincuenta personas, entre niños y ancianos. Esto, más la triste cuestión de los pasados malones, fomentaron el miedo a la población; era evidente que ahora sí los Pilagá se levantarían contra el pueblo. Asi fue como el campamento fue rodeado por cien Gendarmes prohibiéndoles la entrada al pueblo.

Navarrete padeció todas las humillaciones, al igual que sus pares. Ser tratado como paria y vago, por gente que no sabían o no querían, saber de su historia.

Fue el 10 de octubre, alrededor de las seis de la tarde. Un calor insoportable, hambre y tristeza también. Pablito, el cacique, pidió hablar con el comandante. Éste aceptó, pero a campo abierto. Mil mujeres, niños, ancianos y hombres Pilagá formaron la avanzada  junto al cacique, algunos iban con el retrato de Perón y Evita. Los gendarmes se apostaron en los márgenes del monte con sus ametralladoras.  La voz de mando del segundo comandante Aliaga Pueyrredón  dio la orden. La masacre fue instantánea, abrieron fuego contra un pueblo desarmado, desnutrido, lleno de penurias. Se dice que cien cayeron muertos allí nomás, sin embargo, entre ellos, el niño Alberto Navarrete y otros más pudieron escapar por el monte y esconderse entre los arbustos La consigna era clara para los gendarmes “que no queden testigos”. Pero Navarrete se salvó.

Ningún medio periodístico se hizo eco, no hubo diario que plasmara dicha masacre. La persecución duró por días. Algunos gendarmes tomaban a las pilagás más jóvenes y se las llevaban al monte para violarlas, recodaría luego de muchos años entre muestras claras de dolor una anciana de la comuna.

Desde El Palomar, Buenos Aires,  fue enviado un avión para dar nota de la situación en Formosa. Hizo escala en Resistencia, Chaco, le quitaron la puerta instalando una ametralladora Colt, ésta sobrevoló Campo del Cielo y Pozo del Tigre. Como consecuencia, entre 700 y 800 personas fueron asesinadas, apiladas y prendidas fuego. Sus restos removidos por topadoras y abandonados en campos vecinos. Continúan aún 200 personas desaparecidas.

Los pocos niños y adultos que pudieron huir de la masacre alrededor de 200 personas, corrieron por el monte durante toda la madrugada, algunos se refugiaron en Campo del Cielo, en donde encontraron el resguardo de Nicolás Curestes, un criollo que no dudó en protegerlos. Fue tanto el respeto que se ganó el hacendado que el pueblo lo elevó a Cacique y luego, al morir su cajón fue cargado por los propios nativos hasta el cementerio.

Han pasado más de sesenta años de Rincón Bomba, a Alberto Navarrete, hoy cacique Pilagá, le habitan canas en la barba y en su pelo. Amelia Presman, periodista de Momarandu.com, le consulta sobre los hechos del año 1947.  Alberto Navarrete contesta en un castellano cerrado con matices de su lengua nativa:

“Yo me estoy acordando del ´47. Gente amontonada en madrejón. Gendarmería disparó. Nosotros pudimos correr al monte. Yo visto eso. Yo declaré eso. Era 6 de la tarde. No teníamos armas nosotros. Correr nomás. Ellos tenían ametralladoras. (…) Antes ya habían muerto envenenados. Yo visto eso. Nos fuimos a Campo del Cielo. Muchos vistos tirados, no sé si los enterraron. Nosotros queremos saber. (…) Gendarmería nos corrió de madrugada. Dormimos en el monte, Nicolás Curestes nos ayudó. Estaba en defensa de nosotros y nosotros ponerlo cacique”.

El 10 de octubre (paradojas de las fechas en el mismo mes) quedará en la memoria de los sobrevivientes  y los perseguidos Pilagá como fecha de luto. Alberto Navarrete dirige la comunidad desde su cielo aún con muchas preguntas sin respuestas “¿Por qué los mataron? - No sé, queremos saber qué pasó con ellos. La verdad”.

Un interrogante quedó flotando en la historia de un pueblo que sólo quiso ir a trabajar.

 

 

 

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