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Omar Ramos

Por Omar Ramos

 Escritor / Periodista

Versiones y sentires sobre el amor

Omar Amadeo Ramos 

03.10.2017 11:56

No creo como decía Sigmund Freud que el hombre no ha venido al mundo para ser feliz. El temía que la pulsión de muerte saliera ganando. El hombre puede hundirse y luego comenzar de a poco a flotar. Yo sigo creyendo que va a prevalecer la condición moral y amorosa del hombre. Sin embargo, también podría plantearse el hecho de que nadie es totalmente feliz en la felicidad, pero hay momentos, instantes, que pueden ser sublimes y duele mucho ese dicho de Freud “la vida es una sucesión de pérdidas”. La vida se hace de pérdidas, pero también de goces, de ideales y de sus concreciones o por los menos de intentos, sin ellos nada, nada vale la pena. 
 
Es cierto que nunca nos acercamos tanto al sufrimiento como cuando amamos y no somos correspondidos. Al respecto dice mi personaje, Manuel, en la novela El Amor Revolucionario. “La verdad en cuanto al amor, a veces puede ser siniestra, torpe, ruda, destroza todo lo que tiene adelante aunque lo que esté adelante sea lo más bello del mundo. Sólo en ese caso la mentira puede otorgar cierta belleza o cierto consuelo. Los minutos parecieron detenerse o por el contrario se prolongaban en un especie de esplendor perpetuo, esa pequeña muerte que es el orgasmo, y perdimos la conciencia de un tiempo cuya intensidad suplanta lo efímero, lo breve y convierte a la vida en vida, no en un mero pasar. Me acordé de Octavio Paz cuando define a ese instante como “diminuto e intenso”, dura unos minutos que también pueden ser horas, días, sueños, estallido, sosiego, caos milagroso”.   
        
Es en esa explosión, en esa pasión desenfrenada, que sería ideal que pudiera convertirse en sosiego, en placidez y bonanza donde adquiere relevancia lo que aconseja Pablo Picasso. “Di a aquellos que amas que realmente los amas y en todas las oportunidades y recuerda siempre que la vida no se mide por la cantidad de aire que respiraste, sino por los momentos que tu corazón palpitó fuerte: de tanto reír, de sorpresa., de éxtasis, de felicidad, sobre todo de querer sin medida”.        
 
Somos inmensamente infelices cuando perdemos el objeto de nuestro amor y se tiende a creer que hay sentimientos que se pueden sentir una sola vez en la existencia. O como dice. Clarice Lispector “Lo que se siente nunca dura, lo que siente nunca acaba, y puede no volver nunca. Se encarniza entonces sobre el momento, se traga el fuego, y el fuego dulce arde, arde, flamea. Entonces ella, que sabe que todo va a acabar, coge la mano libre del hombre y la enlaza con la suya, ellas dulce arde, flamea”.   
 
Pero debemos pensar que ese amor perdido no tiene por qué ser el último y podemos vivir y sentir otro con la misma o tal vez mayor plenitud e intensidad que el anterior. ¿Hay mayor realidad que un sueño cumplido? Aunque sea una utopía es grandioso pensar que un sentimiento amoroso, en disonancia con Lispector, puede durar y  volver. 
 
Hay amores, los menos, que duran hasta la muerte y que siguen más allá de ella, aunque sus incrédulos digan que aseverar esa eternidad en estos tiempos de post modernidad y post verdad  es una falacia. Hay otros efímeros y temporales, como ocurre en la mayoría de los casos hoy en día,  pero no por ello son menos intensos y grandes. 
 
El amor de Jean Paul Sartre y Simon de Beauvoir duró la mayor parte de sus vidas: fue sobre todo una alianza de mutuo respeto, de admiración y éxtasis, además de una amistad que resistiría las pruebas del tiempo y se alimentaría de todas las incidencias. Las cartas de Witness to My Life The Letters of Jean-Paul Sartre to Simone de Beauvoir, 1926-1939, dan cuenta de lo extraordinario y duradero de ese amor. La fórmula “relación abierta” es una descomposición inconveniente del tipo de pacto que unió a estos dos grandes escritores durante  sus vidas. Un amor, una adhesión recíproca, un romance en el sentido antiguo no podría dar cuenta de su vínculo: sus cartas no revelan el apremio del amante que seduce, sino del compañero que se presenta lo más transparente que puede frente al otro, como sólo lo haría frente a sí mismo.
Sartre pensaba que “ponerse a amar a alguien es una hazaña. Se necesita una energía, una generosidad, una ceguera. Hasta hay un momento, un principio mismo, en que es preciso saltar un precipicio; si uno reflexiona, no lo hace”. 
 
Concuerdo en que se necesita una gran generosidad y profusa energía, sobre todo tolerante y positiva para ponerse a amar a alguien y para que el otro nos ame. Pero no requiere de una hazaña. No es una gesta. Es una construcción conjunta que como toda pluralidad requiere de ambos, de la entrega y desnudez de las almas, de aceptar las flaquezas y falencias propias y del otro, y si se puede tratar de superarlas para el crecimiento del amor. Nunca el amor requiere de una ceguera, el no ver puede conducirnos justamente al abismo, a no ver al otro tal cual es, a idealizarlo, a enamorarnos de lo que el otro no es, a amar lo que no nosotros ponemos en el otro. Es ahí cuando nos encontramos con el precipicio y debemos reflexionar, abrir bien los ojos, asumir la realidad y saltar el vacío doloroso para no incrustarnos en la depresión y despegarnos de un amor ciego, falaz y enfermizo.    
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
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