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Cuento - La desinfección. Por Omar Ramos

 Escritor y periodista

17.02.2018 11:31 |  Noticias DiaxDia  | 

El juez Gonzalo Ibáñez le ordenó al secretario Murúa, al auxiliar Rivero y al ordenanza que lo acompañaran el sábado al tribunal, ya que irían los empleados de la empresa de desratización. En dos oportunidades habían aparecido ratas en su despacho, habían hecho madrigueras en los cientos de expedientes que se apilaban y en algunos casos llegaban al cielo raso. Le repugnaban, podían surgir en cualquier momento mientras tomaba café o comía algún sandwich. Ese sábado fue al juzgado por un tema de seguridad, si no se hubiera ido al club a jugar al tenis, a almorzar con amigos o con su mujer y las hijas.
 
Llegó más temprano que de costumbre. Los encargados de la desinfección arribaron al rato y comenzaron con la tarea. Ibáñez los controlaba pero en un momento giró el sillón, se levantó y abrió las ventanas. El hedor y el polvo de los expedientes que se esparcía al sacarlos de los casilleros, sumado a la humedad, transformaron el espacio en un lugar inhóspito. Así pensó y sacó la cabeza por la ventana para tomar aire. Se asomó a la que tampoco era una atmósfera placentera. Comprobó que la plaza Lavalle estaba de-sierta y que una tenue garúa mojaba la estatua del prócer que se levantaba tras las palmeras y los palos borrachos. Era una mañana de otoño, donde el gris plomizo se confundía con el grisáceo de las carátulas de las causas. El paisaje, mechado de hojas secas, alcanzaba a dos fuentes sin chorros de agua y tras el brillo de la calle a las imponentes columnas de la Escuela Julio Argentino Roca. A sus espaldas, imaginó un chirrido seguido de un golpe seco. La presencia de las ratas lo asqueaba a pesar de los años de carrera judicial y de indagar como un policía. Me pone loco estar acá pensando que pueden aparecer en cualquier momento. Habían existido otras cosas que lo sacaban de quicio. Pero ahora, se dijo, los acontecimientos tomaron un giro firme, adecuado en los aspectos políticos, en la economía no tanto.
 
No aguantó más y lo llamó a Murúa:
 
–Quedate y vigilá bien, tengo la vista irritada, fijate que no falten cosas, si roban un expediente, se arma, entendiste, ¿no?
 
–Quédese tranquilo, doctor, yo me encargo.
 
–Me voy al despacho del oficial primero que ahí todavía no pusieron nada, avisame cuando pase el olor.
 
No bien llegó se recostó en el sillón y al rato se quedó dormido, se había acostado tarde, habían ido al cine con su mujer y después a comer. Las vio saltar por los resquicios de los estantes abarrotados de expedientes y efectos personales de los detenidos. La más osada se deslizó por los trastos de ropa roída y se entretuvo entre radios y grabadores destartalados, algún ventilador, herramientas, escobillones y paraguas. De pronto, vio los ojos pardos de una de ellas y un hombre que se balanceaba al andar, con una cabeza cubierta por un pelo gris platinado. Tenía una gran complexión y largos brazos con los que sacaba las causas de los casilleros. Ibáñez notó que era Arturo, el ordenanza, y que las ratas se movían enloquecidas como dando una alerta roja, pensó y sintió que los expedientes caían sobre su cabeza.
 
Muchas se abroquelaban en las madrigueras temiendo lo peor, al saber lo ocurrido días antes en otros juzgados. Vio cómo alguna de ellas se escondían en una causa de más de seis cuerpos cuyas hojas habían adquirido la forma de una cueva confortable gracias al trabajo persistente de dientes y patas. Imaginó, en ese sueño aterrador del que no se podía escapar, que la rata más vieja oficiaba de jefe de uno de los bandos y proponía salir del despacho del juez y tomar las oficinas lindantes a riesgo de perder la vida. También pensó que habían padecido varias disputas y que no eran pocas las que se arrogaban el mando y el destino de esa población. La de menor edad lideraba una fracción más audaz, proponía cruzar la sala y deslizarse por la ventana hacia los juzgados vecinos. El fin es ganar la calle, se dijo Ibáñez, de allí a la seguridad clandestina de las cloacas hay un paso.
 
El secretario Murúa estaba entretenido con Gustavo Rivero a pesar de que no soportaba el olor. Murúa se jactaba de ser actor y en ese momento ensayaba la representación de Las troyanas. Permanecía inmóvil, sosteniendo un palo de escoba, y cada tanto rugía su bocadillo: “Pasad soldados victoriosos, el rey os espera en palacio”. Como se había cansado de repetir la misma y única frase, preparó una broma para el juez. Colocó en su despacho una enorme foto de tres años atrás donde se veía a una mujer delgada, de rostro huesudo y pelo abultado.
 
–Mirá si no es una yegua, igual o peor que la Eva.
 
Gustavo, quien cursaba el cuarto año de abogacía, impostó una leve sonrisa. Con su mano derecha agarró la foto en blanco y negro.
 
–¿De dónde la sacó, doctor?
 
–Me la regaló un amigo que trabaja en un diario –contó Murúa–, parece que relincha frente a la manga de vagos, ¿viste?
 
–¡Qué cara de loca! –sentenció Gustavo para beneplácito de su superior, aunque la política no le interesaba, ningún político ni tampoco los militares le darían de comer.
 
Murúa se hamacaba en el sillón de Ibáñez diciendo hija de puta, hija de puta, ella y el mal parido que trajo el quilombo. La cara de Gustavo le resultaba amorfa y lo juzgó sospechoso por los comentarios acerca de la Yegua. Pensó que había fraguado una sonrisa y se limitó a decir qué loca. Podría haber sido más explícito, se dijo mientras sorbía el mate. No había que fiarse de ningún estudiante. Sea hijo de quien sea. ¿No habían matado en Tucumán al hippie Alsogaray, el hijo del general? ¿Quién era este empleaducho que sólo hablaba de fútbol y rugby?
 
El ordenanza Arturo comenzó a cebar mate, la guardia duraría el tiempo que necesitaban los empleados de la empresa de desinfección. Podían ser tres, cuatro horas, quizá más. Se quedarían lo necesario.
 
–El sábado está perdido –dijo Murúa y enseguida se retractó–, es imprescindible, te diría que es una cuestión de salud, que estemos acá.
 
Gustavo sorbió el primer mate, asintió con la cabeza y preguntó:
 
–¿Utilizan alguna sustancia nueva? No sea cosa que nos joda a nosotros, ¿no?
 
–Quedate tranquilo –aseguró Murúa–, el juez estuvo muy claro. Recién fui a verlo al otro despacho, se quedó dormido, mejor así, no aguantó el olor.
 
–¿Qué le dijo?
 
–Que esto viene de la Corte Suprema y quizá de más arriba. ¿Querés que nos coman vivos? Hay que pararlos, ¿entendés?
 
–Ya nos está molestando el veneno, vayamos a la mesa de entradas.
 
–Nos tenemos que quedar, si se roban algún expediente los que perdemos somos nosotros. Tenemos cientos de hábeas corpus rechazados que piden por los subversivos.
 
Gustavo movió la cabeza y le preguntó:
 
–¿Quiere otro mate?, doctor.
 
–Dale, che, cebá..., esto todavía no terminó, tenemos que vigilar, hay que estar atentos cuando salgan. Son dos tipos, miralos, ahí vienen.
 
Vieron los trajes que parecían de buzos o astronautas, las máscaras, los guantes de goma, las mangueras y los tanques de aluminio.
 
–Ah, si no alcanza, pueden recargar –aclaró Murúa– me contó Arturo, se quedó el sábado pasado en la otra secretaría.
 
Ibáñez seguía sumergido en un sueño espeso, sucio, viscoso. Estaba prisionero en su despacho, no podía salir, las puertas estaban trabadas, intentaba en vano escaparse. El olor le resultaba nauseabundo. A medida que inhalaba se le nublaba la vista y sus ojos se detenían en un punto fijo. Podía ser el retrato de San Martín, el granadero de bronce o la ansiada ventana. Vio cómo algunas ratas intentaban escaparse de esa cacería que las hizo desprenderse de los expedientes a veces a mordiscones por el hecho de morir aferradas a la calidez del papel que durante largo tiempo había calmado su apetito.
 
Mientras tanto, Murúa hablaba con Gustavo de la final contra Holanda.
 
–Qué bárbaro los goles de Kempes, qué genio, qué bien el Bigote gritando el gol. La Argentina fue una fiesta y en el exterior se dieron cuenta de que es mentira lo que cuentan los terroristas exiliados. Nunca los argentinos estuvimos tan unidos.
 
Gustavo impostaba muecas de agrado o disgusto conforme el giro de la conversación. Murúa dejó de hablar por un instante. Sintió hambre, con el apuro no había desayunado. Lo llamó a Arturo y le ordenó que bajara a comprar un sandwich de jamón y queso para él y otro para el auxiliar.
 
–Pregúntele al juez si quiere algo pero si sigue dormido déjelo, mejor que descanse y se despierte cuando pase todo esto.
 
–No quiero nada, con este olor la comida me da asco –dijo Gustavo.
 
Murúa lo dejó hablar de River, de nuevo habían salido campeones. Miró la cara del joven, se acercó y lo palmeó en el hombro.
 
–Son unos boludos, ¿me entendés?
 
Gustavo lo miró extrañado.
 
–Si hubieran declarado ante las Naciones Unidas un estado de guerra interno se habrían ahorrado estos reclamos de mierda que vienen de afuera.
 
Asintió moviendo la cabeza. Esperaba que el tiempo pasara rápido para ir por la tarde a jugar al rugby. Le gustaba mucho más que el fútbol, eran muy atractivas las chicas que iban a la cancha.
 
Arturo les recomendó que se encerraran en el despacho cercano a la mesa de entradas.
 
–Abran la ventana de par en par, yo me voy para la cocina, voy a comprar el sandwich, el juez sigue durmiendo, mejor así.
 
La pesadilla continuaba. No puedo salir de mi despacho –se dijo Ibáñez con angustia–, los chirridos me vuelven loco y los gritos, sí, no soporto los gritos. Seguro que se están retorciendo y se mueren, no quiero verlos, me dan asco.
 
Lo cegó una gigantesca nube de humo, con destellos grisáceos como el día que ya no alcanzó a ver por la ventana de la oficina. Se restregó los ojos, sintió como si le arrojasen un ácido. Movió una y otra vez las manos buscando algún resquicio dentro de esa turbulencia que lo llevó a tropezarse con el cúmulo de causas que estaban en el piso. Buscó afanosamente la puerta, palpó el escritorio, reconoció el granadero de bronce y envainó el cortapapeles. Trató de encontrar la ventana, añoró el paisaje de la Plaza Lavalle, la garúa sobre la estatua del prócer, los árboles desnudos por el otoño. Tropezó y fue a dar al piso. Sus manos tocaron una cabeza inerme, unos dientes que lo hicieron vomitar y arrastrarse como también lo hacían los que todavía quedaban con vida. Ibáñez no pudo dar un grito, sintió un nudo en la garganta, un torniquete que le impedía respirar como a ellos que ya no gritaban, sólo algunos deslizaban un movimiento tembloroso. Reptaba como un animal y con sus manos se abría paso entre los expedientes, lastimándose con los ganchos que anillan las hojas. Palpó un hilo de sangre entre los dedos. De pronto, vio que Arturo abría la puerta, lo levantaba del piso y lo llevaba a la mesa de entradas, con los ojos rojos en medio de náuseas. Comprobó que el juzgado era una inmensa humareda tóxica repleta de cadáveres. La pestilencia había capturado los despachos repletos de expedientes. Arturo argumentó un error de cálculo, un exceso en la dosis de veneno, imperdonable en profesionales, doctor Ibáñez.
 
Mientras tanto Gustavo y Murúa lo ayudaban a incorporarse. Presurosos bajaron por las escaleras de mármol del Palacio de Justicia. Todos sintieron los síntomas del veneno. Finalmente llegaron a la planta baja. Lo acomodaron a Ibáñez en un taxi. Desde el auto comprobó que el gris plomizo de la mañana se había trocado en una negrura ventosa donde arrasaba una tormenta eléctrica. A través de los vidrios empañados, distinguió las hojas secas flotando en el barro espeso que inundaba la Plaza Lavalle. Necesitaba aire, bajó la ventanilla. El barro pegó en el vidrió y le salpicó la cara.

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