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Abelardo Castillo: La escritura para mí es casi paralela al pensamiento (Entrevista: Claudia Ainchil)

Fotos: M Cecilia Antonakakis

11.02.2019 23:44 |  Noticias DiaxDia  | 


Los ruidos de la calle con sus autos y colectivos invadiendo la tarde se contraponen con el ambiente cálido de una casa, estilo antiguo, en donde un gato apoya la cabeza contra la estufa como una forma de guarecerse. Su cuerpo extendido sobre el piso de madera, los ojos entornados quieren incorporarnos en el espacio del tiempo, en la calma. El dueño de casa se pregunta cómo no se quema.

Dos sillas enmarcan la figura de una mesa, en el centro, como figura principal, un ajedrez. Es lo primero que uno ve cuando entra, esa presencia tan personal nos habla de Abelardo Castillo.  

-Nos remitimos a la infancia, la adolescencia. Como fueron sus primeros encuentros con la literatura?

-Los libros caían sobre mí. En mi casa no había biblioteca,  me hice fabricar una para poner unos libros que salían en esa época que se llamaban Pequeños grandes libros, tenía cinco o seis años. Aprendí a leer solo antes de ir al colegio.

Hubo siempre una relación directa con los libros,  eran como cajas que tenían una historia adentro y para que te contaran esa historia vos tenías que descifrar un código que era el de la escritura.

Recuerdo haber leído un pequeño poema, si se le puede llamar así, en esa colección. El ratón Mickey había desaparecido y Tribilín estaba con una enorme guitarra cantando y decía: Y lo enterraron con sus ropas de vaquero y su guitarra y se marchó al báratro y el que en vida matara a más de cuatro de difunto no asustaba ni a un cordero. Mi problema era que había una palabra indescifrable, báratro, hasta que me enteré que era una especie de infierno.

Lo que me fascinaba de los libros era que pudieran estar parados en la biblioteca. Esa fue mi primera relación con la literatura. A los ocho años estaba leyendo a Daniel Defoe. A los nueve internado en un colegio salesiano, Don Bosco, el Padre rector me prohibió la lectura de Robinson, dijo que no era un libro para mí, a esa edad ya lo estaba leyendo. Necesitaba leer y me gustaban los libros como objeto.

- Que siente al leer?

Si fuera Borges te diría, una especie de felicidad.

- Qué autores lo marcaron?

- Llegamos a la adolescencia en San Pedro. Aunque el amor a la lectura empieza antes, en el Don Bosco. Una hora después del almuerzo íbamos los chicos a un salón gigante, lo recuerdo rodeado de libros y de enorme silencio. Podías leer lo que quisieras, hacer los deberes o no hacer nada, el asunto es que tenías que estar en silencio. Creo que el silencio y la lectura lo aprendí ahí.

Mis autores predilectos fueron los poetas alemanes a los dieciséis, diecisiete años. Tuve por primera vez mi encuentro con Rilke, estoy casi convencido que es el poeta más grande del siglo xx. En una traducción de Carlos Estrada sobre los poemas de la pobreza y la muerte está el famoso poema de la muerte propia. Después por alguna razón me encontré leyendo a Novalis. Otro de los libros que me marcaron, del que no podía prescindir es el Lobo Estepario de Hermann Hesse. Esto no significa que en el periodo anterior, no leyera Los Tres Mosqueteros o hasta los doce años la revista del Pato Donald.

-Que sintió al leer a Rilke, que encontró en él?

La poesía, sentí que eso era la poesía.

-Y después leyendo a otros poetas…

No encontré la misma certeza y profundidad con que me tocaron los poemas de Rilke cuando los leí por primera vez. Poetas de lengua española, como Miguel Hernández, Lorca, Machado, incluso los grandes poemas de Unamuno como Aldebarán, creo que es uno de los mejores poemas de la lengua española, aunque no era un buen poeta ha escrito sonetos que son notables.

Entre los poetas argentinos diría que el mejor Lugones, porque hay un Lugones que no lo tolero, el de Lunario sentimental. Me parece, en términos bruscos, un mamarracho. Pero el Lugones de Las horas doradas me parece uno de los grandes poetas de la lengua. Pedroni, Raúl González Tuñon, el ultimo Borges, el de la ceguera, que tenía que escribir dictando. Y los poetas griegos como Kavafis.

-Qué es lo que lo llevo a escribir?, porque no todo el mundo que le gusta la lectura, escribe    

Siempre necesité escribir. Cuando estaba en el secundario no podía estudiar sin un lápiz en la mano y anotar. La escritura para mi es casi paralela al pensamiento. Un día me encontré escribiendo versos, mis dos temas predilectos eran la muerte y el amor.

-Como pasó de escribir poemas a los cuentos?   

El paso fue una gran desilusión conmigo mismo. Un día sentí que esos poemas que escribía (eran cientos), no eran la poesía,  sentí que era un mal poeta. Y que mi expresión normal iba a ser la prosa. Mi primer plan de vida cuando tenía dieciséis, diecisiete años era morirme a los veintitrés siendo un poeta celebre y que la gente comentara de mi  “que lástima, tan joven y tan talentoso se ha muerto”.

La prosa es mi manera real de expresión.  Eso lo descubrí a los veintidós años cuando escribí “El otro Judas” , una obra de teatro, sentí que la palabra pasaba por lo que se llama prosa y que a veces la verdadera poesía también está en la prosa, porque la poesía no es una forma literaria. Es una manera de ver el mundo, de situarse un escritor ante el mundo. El poeta ve las cosas de otra manera. Del mismo modo que cualquiera que ha visto un cuadro de Picasso sabe que aunque la cara estuviera de perfil pintaba los dos ojos, pintaba el ojo que no se ve. He sentido que un poeta y un artista es justamente eso, el que nos habla del ojo que no se ve, pero que está ahí.  

-Con respecto al cuento, como surge, corrige mucho?

Hay cuentos que he escrito de una sentada, y otros tardé meses en escribirlos y años en publicarlos. Uno de mis cuentos más antiguos, Triste le ville, la idea la tuve cuando tenía diecisiete, dieciocho años. Estaba mal escrito y mucho tiempo después lo empecé a corregir y se publicó en mi tercer libro de cuentos “Las panteras y el templo”.

Es algo que cae sobre uno, te viene y está en una especie de cronotopo, de punto universal entre el tiempo y el espacio, un objeto poético que se va a llamar cuento donde están sucediendo las cosas.

El cuentista siempre sostiene que lo más importante del cuento es el final. Quiroga decía que las tres, cuatro primeras líneas son casi tan importantes como las tres últimas. En La madre de Ernesto, por ejemplo, el cuento es el final. Una mujer que pregunta por su hijo que no está mientras se cierra el deshabillé, esa imagen es todo el cuento,  el sentido general. Lo que tengo que hacer luego es justificar la historia hasta llegar a ese momento. No es una receta literaria, es la misma teoría que utilizó Poe y los grandes cuentistas. Ese final no es una cuestión formal, es de fondo. Cuando el final es sorpresa el cuento es malo, todos los cuentos policiales tienen finales sorpresivos, en general eso no sirve. Nadie lee un cuento policial dos veces porque ya sabe lo que va a pasar. Sin embargo, podemos leer dos y cincuenta veces el Hombre de la esquina rosada.

-Con respecto a la novela, el teatro

Es como escribir poesía, sucede. No tengo ninguna técnica para escribirla, ni me interesa tenerla. Hay una historia que aparece de la cual no sé el final, y tal vez treinta años después la termine. Me pasó con Crónica de un iniciado, comencé a escribirla en 1961 y se publicó en 1991.  

En lo referido al teatro, Shakespeare prácticamente no inventó una sola de las historias que escribió, ya estaban hechas. Algunas eran cuento, otra especie de ideas tópicas que andaban por la literatura y lo único que hizo fue dialogarlas. La obra de teatro está hecha antes de que el escritor se siente a escribirla, la ha concebido en plenitud o la sacó de algún lugar. Cuando escribís una obra sobre Julio Cesar sabes lo que va a pasar. En el teatro donde la imaginación funciona a pleno, el autor dramático sabe la historia que quiere contar, lo único que le falta es dialogarla.

-Dirigió tres revistas literarias

El Grillo de Papel, El Escarabajo de Oro y El Ornitorrinco. El Grillo de Papel fue una ruptura con otra revista que se llamaba Gaceta literaria. En esa revista se hizo un concurso de teatro, mandé una obra, El otro Judas y gané. En ese momento decidieron sacar una revista que tuviera las características de la Gaceta  pero con un modo distinto de ver la literatura y la vida. Intervine en ese grupo que estaba conformado, entre otros, por Humberto Constantini, Oscar Castelo, García Robles, y un día terminé dirigiéndola. El nombre tal vez sea idea mía, alguien tenía en sus manos un libro de Pedroni y un poema que se llama El grillo, dijo y si le ponemos “El grillo”, y yo  o alguien dije/o “de papel”, como si fuera una metáfora de la poesía. No me gusta ni dirigir ni tomar ciertas responsabilidades, me gusta participar cuando tengo ganas. Con el Ornitorrinco que se publicó en 1977, mi idea era sacar una revista literaria en contra de la dictadura militar.

-Cómo fue escribir durante la dictadura?

Igual que antes. Se escribe siempre de la misma manera con un pequeño agregado que a veces tienen los gobiernos muy dictatoriales, lo que voy a decir parece una herejía, pero lo lamento por los espíritus sensibles, esos gobiernos terminan mejorando la literatura. Aquello que podías decir con toda libertad hace una semana ahora no podes dejar de decirlo pero tenés que buscar una forma que llegue a los demás y que pase por encima de la censura. Así escribió Dostoievski La casa de los muertos, una de las grandes novelas de la literatura rusa y la preferida de Tolstoi, bajo los zares. No hay un solo gobierno nuestro que haya tenido la virulencia que tuvieron los zares en la Rusia previa a la revolución. Qué ocurre en esos gobiernos muy fuertes? Que el escritor no puede escribir con facilidad, tiene que elegir muy bien las palabras, tiene que volver a ser astuto. Eso en algún sentido es beneficioso para la literatura, suele ser pésimo para la gente en general, porque los matan, van presos, los genocidios que todos conocemos.  

-En la actualidad hay alguna revista cultural que le llame la atención?

No las leo. Porque en general salen por internet y me es incómodo leerlas así. De ninguna manera creo que haya una sola revista que ni remotamente se parezca a las revistas del 60.

-Roberto Arlt

Es junto con Leopoldo Marechal y Borges una de las personas de la Santísima Trinidad de la literatura nacional.

-Quiroga

El fundador del cuento. Tengamos en cuenta que cada vez que hablamos de Quiroga nos lo apropiamos, era uruguayo. Como nos quedamos también con Florencio Sánchez y Onetti, sin la influencia de ellos sería otra la literatura.   

-Sartre

Fue el pope de la literatura de esos años. Un dramaturgo excepcional, ¿Por qué no se dió otra generación así?.  Da la impresión que la literatura se da en ciclos y de montones, de pronto están todos juntos, Lope de Vega, Quevedo, Cervantes, Sartre, Simone de Beauvoir…y en otros momentos hay vacío.

Estamos viviendo una especie de vacío y de fin de mundo cultural que creo va a tardar varios años en recomponerse. Estamos como en una especie de catástrofe de la cultura y la ética.

-Cómo ve la cultura en la actualidad?

Si hablamos de aquella cultura que es la que uno vincula a las grandes obras del espíritu, filosofía, música, literatura, religión, no la veo casi en ninguna parte.

-Cuando va a publicar su obra poética?

Eso es más difícil de vaticinar pero la voy a publicar. El libro se llama, La fiesta secreta,  y es eso, mi fiesta secreta. Cuando escribo en general se que hay un lector como alguien que esta agazapado en alguna parte esperando ver ese libro o juzgándolo al mismo tiempo que lo escribo. A veces cometo el error de escribir para ese lector porque como todo escritor pienso que dirá el que lo lee. Con la poesía no me pasa eso, la escribo para mí.

-Como lector que espera encontrar en un libro?

Lo mismo que esperaba cuando leía de chico, esa historia encriptada en esa caja mágica. Empiezo a pensar que un escritor es bueno cuando me creo sus historias. Quiero creerme todo lo que leo y si no lo creo dejo el libro.  Lo que busco es el misterio que está encerrado entre las dos tapas de un libro.

-Que siente al escribir?

Muchas veces ha pasado encontrarme con una página escrita hace una semana y decir está bastante bien o es horrible, quiere decir que en el momento de escribirla no tenía conciencia de lo que estaba haciendo.

La literatura no es un adjetivo, un atributo, la literatura es esencial. Mis libros son lo que yo soy, yo soy a través de mis libros y soy mis libros. Por eso cuando escribo la literatura es la vida.     

(Entrevista realizada en el 2016)         

Cuento: La madre de Ernesto de Abelardo Castillo
Si Ernesto se enteró de que ella había vuelto (cómo había vuelto), nunca lo supe, pero el caso es que poco después se fue a vivir a El Tala, y, en todo aquel verano, sólo volvimos a verlo una o dos veces. Costaba trabajo mirarlo de frente. Era como si la idea que Julio nos había metido en la cabeza —porque la idea fue de él, de Julio, y era una idea extraña, turbadora: sucia— nos hiciera sentir culpables. No es que uno fuera puritano, no. A esa edad, y en un sitio como aquél, nadie es puritano. Pero justamente por eso, porque no lo éramos, porque no teníamos nada de puros o piadosos y al fin de cuentas nos parecíamos bastante a casi todo el mundo, es que la idea tenía algo que turbaba. Cierta cosa inconfesable, cruel. Atractiva. Sobre todo, atractiva.
Fue hace mucho. Todavía estaba el Alabama, aquella estación de servicio que habían construido a la salida de la ciudad, sobre la ruta. El Alabama era una especie de restorán inofensivo, inofensivo de día, al menos, pero que alrededor de medianoche se transformaba en algo así como un rudimentario club nocturno. Dejó de ser rudimentario cuando al turco se le ocurrió agregar unos cuartos en el primer piso y traer mujeres. Una mujer trajo.
–¡No!
–Sí. Una mujer.
–¿De dónde la trajo?
Julio asumió esa actitud misteriosa, que tan bien conocíamos –porque él tenía un particular virtuosismo de gestos, palabras, inflexiones que lo hacían raramente notorio, y envidiable, como a un módico Brummel de provincias–, y luego, en voz baja, preguntó:
–¿Por dónde anda Ernesto?
En el campo, dije yo. En los veranos Ernesto iba a pasar unas semanas a El Tala, y esto venía sucediendo desde que el padre, a causa de aquello que pasó con la mujer, ya no quiso regresar al pueblo. Yo dije en el campo, y después pregunté:
–¿Qué tiene que ver Ernesto?
Julio sacó un cigarrillo. Sonreía.
–¿Saben quién es la mujer que trajo el turco?
Aníbal y yo nos miramos. Yo me acordaba ahora de la madre de Ernesto. Nadie habló. Se había ido hacía cuatro años, con una de esas compañías teatrales que recorren los pueblos: descocada, dijo esa vez mi abuela. Era una mujer linda. Morena y amplia: yo me acordaba. Y no debía de ser muy mayor, quién sabe si tendría cuarenta años.
–Atorranta, ¿no?
Hubo un silencio y fue entonces cuando Julio nos clavó aquella idea entre los ojos. O, a lo mejor, ya la teníamos.
–Si no fuera la madre...
No dijo más que eso.
Quién sabe. Tal vez Ernesto se enteró, pues durante aquel verano sólo lo vimos una o dos veces (más tarde, según dicen, el padre vendió todo y nadie volvió a hablar de ellos), y, las pocas veces que lo vimos, costaba trabajo mirarlo de frente.
–Culpables de qué, che. Al fin de cuentas es una mujer de la vida, y hace tres meses que está en el Alabama. Y si esperamos que el turco traiga otra, nos vamos a morir de viejos.
Después, él, Julio, agregaba que sólo era necesario conseguir un auto, ir, pagar y después me cuentan, y que si no nos animábamos a acompañarlo se buscaba alguno que no fuera tan braguetón, y Aníbal y yo no íbamos a dejar que nos dijera eso.
–Pero es la madre.
–La madre. ¿A qué llamás madre vos?: una chancha también pare chanchitos.
–Y se los come.
–Claro que se los come. ¿Y entonces?
–Y eso qué tiene que ver. Ernesto se crió con nosotros.
Yo dije algo acerca de las veces que habíamos jugado juntos; después me quedé pensando, y alguien, en voz alta, formuló exactamente lo que yo estaba pensando. Tal vez fui yo:
–Se acuerdan cómo era.
Claro que nos acordábamos, hacía tres meses que nos veníamos acordando. Era morena y amplia; no tenía nada de maternal.
–Y además ya fue medio pueblo. Los únicos somos nosotros.
Nosotros: los únicos. El argumento tenía la fuerza de una provocación, y también era una provocación que ella hubiese vuelto. Y entonces, puercamente, todo parecía más fácil. Hoy creo –quién sabe– que, de haberse tratado de una mujer cualquiera, acaso ni habríamos pensado seriamente en ir. Quién sabe. Daba un poco de miedo decirlo, pero, en secreto, ayudábamos a Julio para que nos convenciera; porque lo equívoco, lo inconfesable, lo monstruosamente atractivo de todo eso, era, tal vez, que se trataba de la madre de uno de nosotros.
–No digas porquerías, querés —me dijo Aníbal.
Una semana más tarde, Julio aseguró que esa misma noche conseguiría el automóvil. Aníbal y yo lo esperábamos en el bulevar.
–No se lo deben de haber prestado.
–A lo mejor se echó atrás.
Lo dije como con desprecio, me acuerdo perfectamente. Sin embargo fue una especie de plegaria: a lo mejor se echó atrás. Aníbal tenía la voz extraña, voz de indiferencia:
–No lo voy a esperar toda la noche; si dentro de diez minutos no viene, yo me voy.
–¿Cómo será ahora?
–Quién... ¿la tipa?
Estuvo a punto de decir: la madre. Se lo noté en la cara. Dijo la tipa. Diez minutos son largos, y entonces cuesta trabajo olvidarse de cuando íbamos a jugar con Ernesto, y ella, la mujer morena y amplia, nos preguntaba si queríamos quedarnos a tomar la leche. La mujer morena. Amplia.
–Esto es una asquerosidad, che.
–Tenés miedo –dije yo.
–Miedo no; otra cosa.
Me encogí de hombros:
–Por lo general, todas éstas tienen hijos. Madre de alguno iba a ser.
–No es lo mismo. A Ernesto lo conocemos.
Dije que eso no era lo peor. Diez minutos. Lo peor era que ella nos conocía a nosotros, y que nos iba a mirar. Sí. No sé por qué, pero yo estaba convencido de una cosa: cuando ella nos mirase iba a pasar algo.
Aníbal tenía cara de asustado ahora, y diez minutos son largos. Preguntó:
–¿Y si nos echa?
Iba a contestarle cuando se me hizo un nudo en el estómago: por la calle principal venía el estruendo de un coche con el escape libre.
–Es Julio –dijimos a dúo.
El auto tomó una curva prepotente. Todo en él era prepotente: el buscahuellas, el escape. Infundía ánimos. La botella que trajo también infundía ánimos.
–Se la robé a mi viejo.
Le brillaban los ojos. A Aníbal y a mí, después de los primeros tragos, también nos brillaban los ojos. Tomamos por la Calle de los Paraísos, en dirección al paso a nivel. A ella también le brillaban los ojos cuando éramos chicos, o, quizá, ahora me parecía que se los había visto brillar. Y se pintaba, se pintaba mucho. La boca, sobre todo.
–Fumaba, ¿te acordás?
Todos estábamos pensando lo mismo, pues esto último no lo había dicho yo, sino Aníbal; lo que yo dije fue que sí, que me acordaba, y agregué que por algo se empieza.
–¿Cuánto falta?
–Diez minutos.
Y los diez minutos volvieron a ser largos; pero ahora eran largos exactamente al revés. No sé. Acaso era porque yo me acordaba, todos nos acordábamos, de aquella tarde cuando ella estaba limpiando el piso, y era verano, y el escote al agacharse se le separó del cuerpo, y nosotros nos habíamos codeado.
Julio apretó el acelerador.
–Al fin de cuentas, es un castigo –tu voz, Aníbal, no era convincente–: una venganza en nombre de Ernesto, para que no sea atorranta.
–¡Qué castigo ni castigo!
Alguien, creo que fui yo, dijo una obscenidad bestial. Claro que fui yo. Los tres nos reímos a carcajadas y Julio aceleró más.
–¿Y si nos hace echar?
–¡Estás mal de la cabeza vos! ¡En cuanto se haga la estrecha lo hablo al turco, o armo un escándalo que les cierran el boliche por desconsideración con la clientela!
A esa hora no había mucha gente en el bar: algún viajante y dos o tres camioneros. Del pueblo, nadie. Y, vaya a saber por qué, esto último me hizo sentir audaz. Impune. Le guiñé el ojo a la rubiecita que estaba detrás del mostrador; Julio, mientras tanto, hablaba con el turco. El turco nos miró como si nos estudiara, y por la cara desafiante que puso Aníbal me di cuenta de que él también se sentía audaz. El turco le dijo a la rubiecita:
–Llevalos arriba.
La rubiecita subiendo los escalones: me acuerdo de sus piernas. Y de cómo movía las caderas al subir. También me acuerdo de que le dije una indecencia, y que la chica me contestó con otra, cosa que (tal vez por el coñac que tomamos en el coche, o por la ginebra del mostrador) nos causó mucha gracia. Después estábamos en una sala pulcra, impersonal, casi recogida, en la que había una mesa pequeña: la salita de espera de un dentista. Pensé a ver si nos sacan una muela. Se lo dije a los otros:
–A ver si nos sacan una muela.
Era imposible aguantar la risa, pero tratábamos de no hacer ruido. Las cosas se decían en voz muy baja.
–Como en misa –dijo Julio, y a todos volvió a parecernos notablemente divertido; sin embargo, nada fue tan gracioso como cuando Aníbal, tapándose la boca y con una especie de resoplido, agregó:
–¡Mirá si en una de ésas sale el cura de adentro!
Me dolía el estómago y tenía la garganta seca. De la risa, creo. Pero de pronto nos quedamos serios. El que estaba adentro salió. Era un hombre bajo, rechoncho; tenía aspecto de cerdito. Un cerdito satisfecho. Señalando con la cabeza hacia la habitación, hizo un gesto: se mordió el labio y puso los ojos en blanco.
Después, mientras se oían los pasos del hombre que bajaba, Julio preguntó:
–¿Quién pasa?
Nos miramos. Hasta ese momento no se me había ocurrido, o no había dejado que se me ocurriese, que íbamos a estar solos, separados –eso: separados— delante de ella. Me encogí de hombros.
–Qué sé yo. Cualquiera.
Por la puerta a medio abrir se oía el ruido del agua saliendo de una canilla. Lavatorio. Después, un silencio y una luz que nos dio en la cara; la puerta acababa de abrirse del todo. Ahí estaba ella. Nos quedamos mirándola, fascinados. El deshabillé entreabierto y la tarde de aquel verano, antes, cuando todavía era la madre de Ernesto y el vestido se le separó del cuerpo y nos decía si queríamos quedarnos a tomar la leche. Sólo que la mujer era rubia ahora. Rubia y amplia. Sonreía con una sonrisa profesional; una sonrisa vagamente infame.
—¿Bueno?
Su voz, inesperada, me sobresaltó: era la misma. Algo, sin embargo, había cambiado en ella, en la voz. La mujer volvió a sonreír y repitió "bueno", y era como una orden; una orden pegajosa y caliente. Tal vez fue por eso que, los tres juntos, nos pusimos de pie. Su deshabillé, me acuerdo, era oscuro, casi traslúcido.
–Voy yo –murmuró Julio, y se adelantó, resuelto.
Alcanzó a dar dos pasos: nada más que dos. Porque ella entonces nos miró de lleno, y él, de golpe, se detuvo. Se detuvo quién sabe por qué: de miedo, o de vergüenza tal vez, o de asco. Y ahí se terminó todo. Porque ella nos miraba y yo sabía que, cuando nos mirase, iba a pasar algo. Los tres nos habíamos quedado inmóviles, clavados en el piso; y al vernos así, titubeantes, vaya a saber con qué caras, el rostro de ella se fue transfigurando lenta, gradualmente, hasta adquirir una expresión extraña y terrible. Sí. Porque al principio, durante unos segundos, fue perplejidad o incomprensión. Después no. Después pareció haber entendido oscuramente algo, y nos miró con miedo, desgarrada, interrogante. Entonces lo dijo. Dijo si le había pasado algo a él, a Ernesto.
Cerrándose el deshabillé lo dijo.  


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