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Cuento: Álvaro. Por Carlos Boragno

16.09.2019 11:59 |  Noticias DiaxDia  | 

                                           Amigo es uno mismo, con otro cuero ( Atahualpa Yupanqui)


Ya en Colombia, partimos de Maiaco con un tropical cielo nublado, -al sur del país- mi viejo Citizen marcaba las cuatro de la madrugada. 
 
Álvaro un colombiano de Bogotá, blanco y rubio como el sol, hacía varios meses que compartía mi ruta, veníamos juntos desde Asunción del Paraguay, era una buena compañía. Ese día habíamos salido del hotel “Guayaba”, pretendíamos llegar hasta “La esperanza”, el ultimo pueblito antes de cruzar la frontera rumbo a Maracaibo y de ahí a Caracas. Ella, ya se había convertido en  pasado, en  la  misma  sustancia  de  los recuerdos, después de eso pensé que existía un lábil límite que vuelve todo más impreciso, aquel que divide una aparente realidad de los mundos ficcionales y los confunde en la mente del artista, entre la locura y la imaginación.    
 
De ella, utópica y pasional, esas mujeres que se dejan crecer el pelo y se deslizan toda la noche aullándole a la luna, pero no la luna de los poetas, sino a la luna trágica y maligna, las mismas que se rebelan contra la bondad del agua. Siempre me perturbaron sus ojos verdes, carioca, pelo difuso hasta la cintura, ella ya había pasado por ho-menajes y decepciones, su dentadura más blanca que el mismísimo blanco, brillaba en el cuarto del hotel , cuando por las mañanas me despertaba diciéndome: –beijos beijos aquí–, señalándose sus  labios, –beijos che–.  Solía hacerme olvidar por un momento mi situación de exiliado sin un morlaco en el bolsillo y con mas pasado que futuro. 
 
Ella, jamás le había hecho caso a un sabio consejo de su abuela; Sé egoísta, porque la vida es demasiado corta para compartirla. Sus ropas siempre eran claras y coloridas, lo cual hacia resaltar su piel suave y morena como el azabache, sus caderas que parecían no moverse, sino volar como toda ella. Muchas veces la descubrí  levitando, desde el cuarto, hasta los pasillos del viejo hotel, por esos pasadizos de baldosones rojos con sus contornos claros, confundiéndose  detrás de los inmensos helechos que  oprimían  el techo  de  ese  mágico, pero tan innegable hospedaje donde dos almas, tan disímiles y exactas, encastraban en todo, como un antiguo mecano.
 
Hoy después de tantos años, aún recuerdo que nadie  podía resistirse  al  sortilegio de su exuberante y mínima belleza. La primera vez que la poseí, note que en la habitación no estábamos solos, percibí  imágenes blancas y brillantes a nuestro derredor, la puerta del baño estaba entornada y pude  reconocer a Baudelaire, duchándose plácidamente, ángeles fugases caminando por el borde de nuestras sabanas, y un fuerte olor a jazmines maduros.     
 
Entrar en ella era concebir una revolución, lo único que por varios meses me importo, olvidándome de mí mismo. Ella tenía que alimentarme, yo ya no poseía energía, solo quería estar dentro suyo todo el tiempo. Cuando nos disfrutábamos despegábamos más de dos metros con treinta y cinco centímetros, rozando el cielorraso, con ese olor a madera colonial inconfundible, y a sexo desesperado, casi funesto. 
 

 

 

 
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