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II - Cuento: Álvaro. Por Carlos Boragno

23.09.2019 10:58 |  Noticias DiaxDia  | 

 Luego de pasar la frontera, con la demora lógica de un indocumentado, sin papel alguno y después de unos meses de haber vivido sometidos a la fastidiosa vigilancia de la cordura, como hurtando el último trago de una melancolía bohemia, sintiéndome muchas veces como Argos, el perro de Ulises, que hizo su último movimiento de cola recién cuando su amo llego a Ítaca, pudimos ingresar a Venezuela, a menos de treinta kilómetros de Maracaibo. Ese era el país de la tierra que había preferido para soportar ese extenso y empecinado autoexilio. 
         
Ese lunes me sentía como Rimbaud, grosero, inicuo y muy mal educado, pero sin el cojo de Verlaine. Esa quizá sería la primera resaca que había dejado  ella. Sintiéndome  un  verdadero huesped del infierno, mucho más que el mismísimo Hades.
 
Lo que siempre resultaba rescatable de Álvaro, -compañero de ruta- era su oportuno sentido del humor, el cual, salvo nuestro pellejo una noche con 6 grados de temperatura, luego de pasar una tarde de más de 40, y lógicamente lluviosa, en la ciudad de Moyobamba, Perú, una pequeña ciudad de muy pocos habitantes, rodeada por un cordón de montañas deshabitadas, como casi todas las ciudades sudamericanas que conocí, la primera fundada por los españoles en selva peruana. Recuerdo que hacía más de tres días que no probábamos bocado alguno, y eso perturba la mente, convirtiéndome  en un vagabundo, que poco tenía que ver con Diógenes de Sinope, teniendo con este,  solamente el exilio en común. 
 
Ese 25 de julio se celebraba como todos los años, la fiesta del patrón de Santiago, con toda su tradición y folclore peruano, o sea, todo el pueblo en las calles. Sus habitantes en su mayoría mestizos, y en un 90% católicos. Las comidas típicas, como los juanes envueltos en hojas de plátanos, con su relleno único, era de imaginar lo que representaba para nuestros estómagos. 
Las bebidas como la chicha de harina de trigo, pasaban frente a nuestros ojos lujuriosos como una verdadera pantagruélica procesión. 
 
Álvaro había estado en un monasterio alejado de la civilización por muchos años, queriendo ser abad, algo que nunca había podido conseguir por su poca paciencia, el problema del celibato lo tenía por demás preocupado. No podía concebir su vida sin pensar en lo voluptuoso. Ese siempre fue quizá el único problema que lo aquejaba en las noches tibias de calor insoportable, dilatado en su camastro, invadiéndolo un espíritu de infortunio y antagonismo, un demonio de insensatez, aislamiento y confusión, tratando de alejar sus pensamientos, los cuales sacudían su humanidad hasta tener que realizar su única y cotidiana masturbación, casi temida y lógicamente  pecadora.
 
Siempre estaba latente en mi mente el día que lo conocí, una tarde muy fría, en el colonial Angra dos Reis, un pueblo de pescadores al sur oeste de Brasil. Mi primera impresión de Álvaro fue confusa, su vestimenta era por demás surrealista, un hidalgo vestido a la antigua, con sombrero encastrado, pantalones de una pieza, desde el cuello hasta los pies, chaleco colorido con imágenes en  fantasía, un  dilatado  sobretodo  claro y paraguas, y el murmullo de las viejas barraganas, insinuando que debajo de ese estrafalario setentista atuendo, –mezcla de Sherlock Holmes y Bukowski– iba totalmente desnudo, con todo el pecado brillando al sol, de aquel frio día tropical, sin siquiera saber que se convertiría con el lento paso del tiempo en mi hombre de confianza  mi Hefestión.
 
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