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Cuento : Ele…Por Carlos Boragno

30.09.2019 13:57 |  Noticias DiaxDia  | 

 Nadie jamás, le pudo mantener la mirada por más de cinco segundos, luego de ese brevísimo lapso de tiempo no había hombre alguno sobre esta tierra que no la imaginara en sus brazos, oníricamente dentro de ella, hasta desearla por más de 342 días en su lecho, tiempo mínimo de ese pensamiento desesperado. Ele, así se llamaba, tres  letras que jamás me habían causado dolor, hasta que la conocí. La primera vez que pase a dos metros de ella, sentí una veloz taquicardia, y el párate mecánico de mi viejo reloj. Con el paso de unos días en La Rada, –una aldea costera con apenas 30 casas, bañada en sus costas por el límpido y majestuoso Mar Caribe, al sur de Colombia– escuche a viejos campesinos detallar que, muchas veces estallaban los vidrios de estos cronómetros inútiles en esas latitudes caribeñas.

Luego de alejarse unos metros de Ele, uno sentía un principio inmaterial que se sirve de la materia como instrumento, vacío, sórdido, turbio, viscoso como cuando en el final el alma se aleja de nuestro cansado cuerpo, como una sustancia espiritual e inmortal, capaz de comprender, desear y sentir. Y de la misma manera que Afrodita, la diosa del amor y la lujuria, la belleza, y la sensualidad, había nacido en el mismo  mar ‘surgiendo de la espuma’. El primer día que le pude hablar después de seguirla 22 kilómetros, sin poder decirle una palabra siquiera, sentía que mi espíritu se iba acostumbrando poco a poco a concebir su presencia con mayor claridad y distinción, en ese mismo momento, detuvo su marcha de repente, hizo un desplazamiento lento de su cabeza, todo su pelo rubio giro un instante después de su  rostro, su mirada era profunda, sensible, soñadora, pero a la vez muy segura de si misma, en ese instante no supe que decirle, quede paralizado cuando note que su boca, en un milésimo instante estaba por producir una palabra, –hola– me dijo, en ese momento sentí un estremecimiento, fue  como ver el cuerpo de Héctor  atado por los tobillos al carro de Aquiles, arrastrándolo frente a las murallas de Troya.

En ese lapso de tiempo, paso muy velozmente la historia de Perséfone raptada mientras recolectaba flores en los campos de Nisa por Hades, el Dios de los muertos y de los infiernos, para hacerla suya. -¿Como estas?- pregunte,– ¿porque me sigues?– pregunto, en ese instante ya no supe que decir, el terror de perderla sin aun poseerla me estremecía, pensé en decirle que iba para el mismo sitio, pero mi rostro manifestaba mi amor que se  escapaba por todos los poros, pensé nuevamente la respuesta, y al final le dije –desde que te vi, estas dentro mío, no sé cómo ni porque, simplemente estas, invadís cada parte de mi cuerpo, cuando te veo y cae el sol, necesito salir cerca del mar para no ahogarme por el deseo que me inunda, penetra y envenena. Sin darme cuenta que en ese mismo momento, abría la caja de Pandora sobre mí, para cambiar las horas, minutos, segundos de toda la vida que quedaba en mi cuerpo. Para mi asombro esbozo una sonrisa entre sensual y maternal a la vez, –que tonto eres– dijo, –¿porque no hablaste antes, se que deseas de mí?, conóceme no te fíes de mi belleza–. Jamás pensé que conocerla era también conocer a su hombre. Desde ese día trate de no pensarla, pero era en vano, fluía en mi mente, como algo onírico, lo cual me tenía despierto toda la noche, sintiendo esa contienda pasional, aunque evidentemente, jamás me había mentido, ya que yo nunca había preguntado sobre su soledad, hasta que vi a su hombre en esa casa, la de ella. A el le decían Rojo, tenía la virtud de enamorar sirenas, en la orilla del mar, cuando caía la tarde,  Luego de varios días de agonía y desencanto partimos junto a Álvaro, hacia Venezuela, quizá esa fue la desilusión mas magnánima que tuvo mi viaje a lo largo de 5 años, después de recorrer nueve países, jamás olvidare sus ojos, su cabello, ni su mirada la cual sigue siendo única y misteriosa para mí, ya que nunca iba a ver su rostro en el momento justo del éxtasis sexual. Ele, así se llamaba.

 

 

 

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