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Roberto  Goijman

Por Roberto Goijman

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Nació en la ciudad de Buenos Aires en 1953. A los 21 años aparece en las listas de la “Triple A” y pasa a la clandestinidad. Se exilia en 1976 perseguido por la Dictadura Militar.
Organizador de Encuentros literarios, difusor de la Poesía Patagónica. En 1997fue destacado por la provincia del Chubut por enriquecer a las Letras Chubutenses. Director de Ediciones Patagonia.

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Los años pasados y la prueba…


11.08.2014 11:52 |  Goijman Roberto  | 

En estos días la ciudad de Buenos Aires es húmeda, y también gran parte del país lo es. Pero esta vez, la misericordiosa humedad broto de nuestras caras, fueron tantas las lágrimas que a las dos de la mañana del jueves pasado, circundaba la ciudad en busca de ese templo mayor, que es la dignidad. Treinta y siete años de constancia, buscando a su nieto; treinta siete años recibiendo los hijos de los desaparecidos como suyos. Todos son nuestros hijos, todos son nuestros nietos, decía. Pero la espera a veces nos corresponde y otras no, y esta última parecía ser el destino de la presidenta de las Abuelas, y hoy, ante tanta tristeza humana por los muertos de Gaza, por aquellos otros que no conocemos y que se llaman, Siria, Irak, Irán, Ucrania. Una pequeña vida ya grande nos satisface, es el reconocimiento a la coherencia, a la incansable virtud de aquellos que no bajan los brazos, aún en los momentos más difíciles.
Recuerdo que de chico, y en uno de esos pocos domingos que la mente se empeña en recordar, mi padre, luego del vermut con sus amigos del bar de Juan B. Justo y Boyacá, y más tarde, después de los tallarines domingueros de familia, me llevó a la cancha, allí en plena Paternal. Por entonces jugaba Argentinos Juniors contra Racing, hacía poco tiempo que la hinchada del olor del riachuelo de la Boca había incendiado las tribunas del pequeño estadio, fue en aquel campeonato en que el Bicho salió Sub Campeón. Por el lado del Racing, sonada el nombre del loco Corbata. Mi padre nunca intento imponerme su fanatismo o equipo, menos después de aquel domingo donde me hice hincha académico y simpatizante de los bichos colorados. Tan es así, que si bien hoy sólo grito los goles de mi Academia, y por ella vivo amargado, he podido disfrutar a Maradona cuando jugaba con la camiseta roja en la cancha de Ferro, y que ahora el Riquelme mayor, no el de las inferiores, dará cátedra.
Nunca mi viejo me impuso un cuadro, tal vez ese derecho único y democrático desde la infancia, lo marca a uno de por vida y que para mí, marco mi historia. Gracias a esto iba a ver los partidos a la cancha de Atlanta, la del ruso Kolbovsky, con mis amiguitos de Villa Crespo, cuando vivía allí el Juan Gelman y ese otro D´Arienzo; y que desde sus tablones veíamos jugar al loco Gatti o al Luisito Artime, que tanto nos deleitaban. Tiempo en que los goles se escuchaban desde el patio de la casa en aquellos domingos de brasero y radio a válvulas. Ninguno de mis hijos salió hincha de los colores albicelestes, aquellos que tanto impactaron en los años cincuenta y sesenta, cuando el país era grande, cuando todavía nuestros presidentes, como ese tal Frondizi, eran recibidos con todos los honores en los EE.UU.
De chico oía decir a mis primos mayores que: todo hombre debía poner a prueba el amor de la mujer, de ahí que al poco tiempo, ante la chica que uno salía, novia o amiga sentimental (mi madre usaba el termino, filito), los hombres solían pedir “la prueba de amor”, esa prueba que, entre otras cosas, significaba tener relaciones. Época donde la virginidad era sine qua non deseaba por los padres, el orgullo y la honra; y puesta como condición por muchos para casarse.
Mi generación rompió con toda esa patraña hipócrita que significaba casi extorsionar a la mujer, ponerla entre la espada y la pared, sexualmente hablando. Donde muchas se ganaban el título de: Esa mujer, es una cualquiera. Y uno ya sabía, o se imaginaba. A las prostitutas de por entonces, se les decía: Mujer de la vida. Ese machismo generacional de los años ´50, o ´60, significo la destrucción de más de un matrimonio, de noviazgo ya comprometido. Si se aceptaba, ella quedaba al descubierto si ya había estado con un tercero, o si recién se iniciaba. El hombre, no debía escuchar a la mujer, el hombre siempre sacaba las correctas conclusiones. Así, la prueba del amor que a veces se pedía ingenuamente, terminaba mal.
Como hablar o entender hoy en día, de prueba del amor, cuando las relaciones sexuales forman parte de la vida cotidiana. Como imaginarse hoy pleno siglo XXI, una real prueba del uno con el otro, y ya no más sobre la mujer. El otro día un estudioso del tema me dio la respuesta. Que ambos se escriban mutualmente, que escriba uno al otro a mano y en bolígrafo, una carta de amor y la mande por sobre, por ventanilla de correo. Una mutualidad única de escritos a manos, que reconozca la dificultad práctica y que sea una virtud secreta para ambos. Cuán difícil es en la era de internet y del correo electrónico, de Facebook, imaginarse a uno, a puro silencio y a plena soledad, pensar en una carta al supuesto amor. Qué difícil es retomar la escritura de la palma de nuestras vidas desde donde uno se alimenta y construye a diario su actividad. Ni hablar de los actuales mensajes donde uno inventa palabras gracias a la psicosis del diccionario del Smartphone.
Sinceramente prefiero ir a comer antes de ir a tomar un café, son dos cosas diferentes, pero que uno debe analizar, no encuadra pagar un jarrito en 25 o 29.-$ cuando los almuerzos ejecutivos no pasan de los 70.-$, con bebida incluida. Es que existe en esta ciudad, el abuso a la amistad, a la soledad, o al descanso momentáneo del día laboral, y por eso, esa situación intimista que nos da el café, nos la cobran como prueba del amor.
*“Y en ese límite, en el que uno sabe que necesita del otro, siento la ternura y la mirada seductora de la Juana. La Juana, a pesar de sus años, todavía conserva el cuerpo de las mujeres de antes que competían con las de “Divito” de Barrio Norte, esas minas que en las calles de Villa Crespo generaban silbidos de vereda a vereda. Esas ancudas, cachetonas y de buenos pechos, esas minas robustas que siendo pibes mirábamos envalentonados mientras desde nuestras bocas se nos caía la baba que nos manchaba la ropa. Si por entonces la Juana hubiese andado por esas calles con esos tacos altos de más de siete centímetros, y con las medias oscuras de nylon, yo confirmo que hubiese rajado los empedrados antes de llegar a la avenida Corrientes, donde algún hincha bohemio, camino a la cancha de Atlanta la hubiese levantado para donarla por el bien del futbol a Kolbovsky y a su panteón de héroes. A plena hora del día se hubiese llevado las miradas y los más calientes piropos, hasta una guardia policial de la seccional 25° hubiese necesitado de escolta, para que las manos de los transeúntes no pellizcaran sus cantos y no se atrevieran a romper la moral de los argentinos; y de paso, para que la envidia de las mujeres no la dañara”.

*Extracto de mi novela “El último Kazarenko”



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