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Luciana  Reif

Por Luciana Reif

 Socióloga y Poeta  


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Crónica en bici

 
Crónica en bici

25.11.2015 10:55 |  Reif Luciana  | 

Me subo a la bici para cruzar el charco. Vivo en Avellaneda y voy hasta La Boca. Me pongo el casco y si están desinfladas las gomas les pongo aire en una estación de servicio que está a cinco cuadras de casa. Agarro el camino interno para llegar al puente Bosch, un puente pequeño y escondido que está al lado de Estación Avellaneda. Se accede por una calle angosta que tiene acoplados estacionados a ambos lados. Me hago pequeñita y paso entre los camiones como si pasara por el borde de un acantilado sin siquiera tambalearme. Andar en bici es un poco eso, siempre estar al borde, conservar el equilibrio se vuelve una cuestión fundamental. El cartel que indica el nombre de la calle dice Mariano Ferreyra, lo cambiaron hace unos años después de que asesinaron al militante del Partido Obrero por acá por donde estoy pasando, nunca entendí de qué lado fue, si de Avellaneda o de Capital. Casi que da igual, porque lo que está en los márgenes de los puentes es un todo difuso que no le pertenece a nadie, y que como una pelota en un partido de tenis pasa de una cancha a la otra, como las responsabilidades políticas pasan de provincia a capital, y de capital a provincia.

Cruzo el puente Bosch, la humildad y la miseria es una masa dura y compacta: las casitas de chapa, y los hombres y mujeres tomando mate y jugando a la pelota, los perros infinitos que como guardianes custodian el lugar y le chumban a todo, le chumban a la nada, a la melancolía propia, a la indiferencia ajena. Cada tanto se exasperan y te siguen chumbado por una cuadra entera, ya aprendí como todos en esta ciudad a no darles bola, a no escuchar sus ladridos, a seguir andando, a hacer oídos sordos y después cuando se cansan se terminan callando. Acá los perros parecen los punteros del barrio, siempre hay algunos mansos que se tiran al piso te miran con desdén y no hacen nada. Después están los otros, los que te vienen al humo con la boca abierta, capaces de sacarte un dedo, los perros patovicas, los que no quieren que les pises el barrio. Lo humilde tiene esa belleza áspera, que si la miras está todo bien, pero si le pasas el dedo raspa. Hago un par de cuadras y llego a la ribera del río, se amontonan los coches chatarra, descansan en la entrada de las fábricas abandonadas y las parejitas se besan al lado de los transas. Para mí que miro todo desde mi bici es una linda postal, un dibujo del mundo triste, pero sigo andando y las imágenes se alternan como si fueran parte de un albúm de fotos. Don Pedro de Mendoza es la Avenida que recorre toda la ribera del río, hace poco pintaron uno de los murales más grandes de Latinoamérica, lo pintó Alfredo Segatori en homenaje a Quinquela Martín. En una nota del diario leí que los vecinos empezaron a pedirle que siguiera pintando en el frente de sus casas. En algunas partes del mural pueden verse retratados los mismos vecinos, como una marca de inmortalidad en donde guardar sus cuerpos cansados y desesperados.
Sigo andando por la ribera, a uno y a otro lado del río veo las fábricas cerradas. Avellaneda y La Boca fueron grandes polos industriales en la época del peronismo, ahora los perros son los dueños de los huesos que quedaron, y los puestos de patys acompañan el paisaje cada tres o cuatro cuadras. Subo con la bici a la explanada que está al costado de la vereda, en algún momento debieron llegar los barcos y cargar y descargar acá donde estoy parada, Me quedo mirando la mugre que se acumula en el río, lo que no se puede tapar sale siempre a flote. A pocos metros hay un barco oxidado y un pibe sentado encima fumando ¿que espera? ¿de quien?. Esta ribera es un margen, una nota al margen de la nota principal, un margen al costado de la hoja. De chicos garabateábamos los márgenes de la hoja cuando nos aburría lo que decía la profe, cuando lo que decía no tenía para nosotros ningún sentido. Así juegan a embellecer La Boca, pero La Boca habla, hablan sus fábricas ausentes, habla la casita de chapa, habla el perro que te ladra pero no muerda, pero hay que morder, hay que morder fuerte, porque hay que lastimar más para sacar a flote lo que nos está hiriendo.
 
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