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Luciana  Reif

Por Luciana Reif

 Socióloga y Poeta  


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Hanoi: un parque, un lago y un puente rojo

 
Hanoi: un parque, un lago y un puente rojo

10.03.2016 06:32 |  Reif Luciana  | 

Las ciudades las recorremos de a poco, olemos el pasto de los parques, degustamos las comidas que nos ofrecen en las calles, nos guardamos una mirada, devolvemos una sonrisa, estamos atentas con la piel sensible a la temperatura ambiente. Hanoi, la capital de Vietnam, es un caos hermoso, vibrante, el transito lo manejan las motos, caballos enormes que no te ceden jamás el paso, para cruzar adiestramos el cuerpo y esquivamos los charcos.  Los que no viajamos con preconceptos ni expectativas tenemos a favor el don de la sorpresa, y así se me presento Hanoi, separé los pétalos de la flor de loto y fui descubriendo el aroma de sus calles, los filamentos que la atravesaban.

En el centro de la ciudad, un parque, en el medio del parque un lago, y atravesando el lago un puente rojo que brillaba al anochecer. Nos sentamos frente al puente y lo miramos una y otra vez, Hanoi proyectaba su belleza en nuestros labios, sonreíamos sin parar, incrédulas, locas de amor sin importar el tráfico o el trajín cotidiano.

En frente del parque ese bolichin que nos hizo conocer una guía vietnamita. Los tres días que estuve en Hanoi me senté en sus mesitas diminutas y tomé el café con huevo más rico que jamás haya probado. A veces el placer no está en recorrer hasta el hartazgo, por eso me quedé más de una tarde tomando café y mirando sentada desde el balcón que daba al parque. Cuando hay imágenes tan permeables a la experiencia, aquello que disfrutamos hay que retenerlo como una naranja de ombligo que apretamos fuerte con los labios hasta que absorbemos todo su jugo.

Lo que paso en Hanoi, pasó alrededor de ese parque, como si fuese una lámpara enorme que iluminaba el resto de las calles, las motos alrededor aceleraban las imágenes y todo cobraba una velocidad, un ajetreo vehemente: las vietnamitas con sus vestidos de novias se sacaban fotos con sus parejas, las flores envolvían sus vestidos y el amor las volvía invencibles; la gente corría alrededor del parque y entrenaba, los veíamos pasar con sus zapatillas deportivas, trotando, poniéndose en forma, mientras alrededor las motos fumaban y escupían el humo, el estrés cotidiano y los turistas se sacaban fotos mientras los guías hacían una pausa en su speach y los esperaban.

La última noche en Hanoi para despedirnos, dimos la vuelta al parque hasta que vimos enfrente la plaza iluminada y escuchamos música de fondo. Corrimos, nadie nos apuraba, pero el galope te acelera el pulso, y te hace saltar el corazón, la magia se enciende y un espectáculo de baile en la plaza pública nos encontró sin que lo buscáramos.

Siempre lo que acontece sin planificación tiene el hermoso gusto de lo inesperado. Una mujer cantaba en el centro del escenario, con una voz suave y melodiosa, no logré entender la letra pero repetía Vietnam varias veces como un mantra, como un punto rojo en el mapa que resplandece y da calor. Si bien las motos en las calles le daban a la ciudad su pulso acelerado, en ese instante, en ese terreno, música y baile lograban detener el tiempo, y devolver la calma. Hanoi fue tratar de retener una postal en continuo movimiento, un ir y venir, un compás violento y una chica argentina sentada en un café mirando. 

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