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Ese exilio tan temido. Por Carlos Boragno

 “La muerte rápida es castigo muy leve para los impíos. Morirás exilado, errante, lejos del suelo natal”
(Eurípides)
“Y yo,hoy,27 de diciembre de 1871,me senté,con mis 76 años, cerca del brasero, y removí los carbones encendidos del brasero ,y pregunté a ningún espejo:¿Sabe alguien qué es el destierro?¿Sabe alguien cuántos son 27 años de destierro?”
Decía el Brigadier General don Juan Manuel de Rosas desde su exilio en Inglaterra.

04.01.2020 11:32 |  Noticias DiaxDia  | 

 Fue a mediados de los años setenta que comenzó la ola de emigración política y masiva, la determinación de abandonar el país. Tuvimos que emigrar por varías razones, pero, sobre todo, para no engrosar la lista de desaparecidos, para evitar la prisión y la tortura y, en definitiva, para salvar nuestra vida.

Los 24 de marzo ponen sobre el tapete el recuerdo de los horrores de la dictadura católica-cívico-militar de la época del proceso. También el infortunio de los destierros forzados que alcanzaron a miles y miles de argentinas y argentinos, muchos de nosotros aún padecemos el drama de la melancolía y el desajuste de haber estado forzosamente lejos de nuestra Patria.
 
El exilio, del latín “exul” (persona errante), es siempre una experiencia sumamente traumática en la que nos vemos forzados a dar un paso no deseado que cambiará radicalmente nuestra vida, nuestra existencia. Cualquiera sea el lugar de destino es un quiebre en nuestro proyecto de vida. Es la pérdida de nuestro espacio, llámese familiar, social, cultural, en el que uno se desarrollaba; la adaptación de por si es improbable a un medio desconocido y por sobre todo no elegido por uno mismo.Entre las mayores dificultades de adaptación es el aprendizaje de un nuevo idioma, lo que implica la dramática pérdida de la sutileza en la expresión oral cuando comunicarse bien es tan necesario, el esforzarse por comprender y adaptarse a las minucias del nuevo entorno.
 
Una de las leyes más penosas de la condición de exiliado es la ansiedad de hacernos un lugar bajo ese sol extraño, bajo un cielo que jamás será nuestro, no es el mismo que el de los locales, siempre se es visitante sin lugar a dudas. Lo más dramático fue la pérdida o, al menos, la licuación de la identidad. Porque esta se constituye especularmente en función de lo Otro. Así como el bebe reconoce su autoridad, el sí mismo, en la mirada de la madre, en el exilio somos desestructurados en nuestra
identidad por la falta de los ruidos, los olores, los hábitos, los sobreentendidos, todo aquello que nos constituye como personas correspondientes a un lugar y a un tiempo. El intento de cicatrización de esos cortes y rupturas me transformó, como a la gran mayoría de quienes compartían mi condición, en un obsesivo escuchador de tangos, bebedor de mate, lector de autores nacionales, o construir con otros desterrados en su momento un mundo cerrado.
 
Por aquellos años una de las dificultades mayores era tener siempre pendiente el regreso, la convicción de que el futuro transcurrirá en su lugar de origen, que el destierro es sólo provisorio. Pero es éste un tiempo fuera de control para el exiliado. ¿Cuándo se podrá volver? Mientras, estar siempre listo para el regreso.
 
Pero no fue esa la suerte de la mayoría de los exiliados. La cuenta todavía no hecha es cuántos, además de los treinta mil reales desaparecidos del Proceso, son los “desaparecidos” del camino que el destino les habría fijado. Cuántos y cuántas no llegaron a ser lo que deberían de haber sido. Cuántos talentos desperdiciados, cuántas vocaciones mutiladas, cuántos corajes malgastados. Quizás sea cierto que desde el 24 de marzo de 1976 argentinas y argentinos, somos sobrevivientes y que en eso se nos fue la mayor parte de nuestro capital humano.
 
Por eso es tan alentador comprobar que la juventud de hoy, aliviados del terror que devastó a las generaciones anteriores, hayan vuelto a la calle y a la política. Otra vez con alegría y esperanza.
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