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Poemas de Santiago Sylvester (Salta)

15.02.2021 12:21 |  Noticias DiaxDia  | 

EL INACTUAL

A ver si se me entiende: soy etrusco.
No sé qué significa esa música, desconozco el guiño
de complicidad, lo que me cuentan del ciberespacio atareado
por un tráfico múltiple:
y no sé si pedir explicaciones o
darlo por no entendido.
Hasta aquí llega el lenguaje traído por el perro del vecino,
por usted
que ha cruzado el puente sobre el río de deshielo: traído por

que acarreo lenguaje a esta intemperie
donde el mundo no es tema de conversación.

Ahora ese caballo se ha puesto a relinchar
y yo he quedado de este lado del alambre, fuera
del centro que relincha.

De todo esto
necesito explicación, pero ya es tarde para pedirla
y temprano para explicarme yo. Dicho
sin exhibicionismo: sé llover, nublar, tomar el valle por
asalto cuando a las seis de la tarde caen la noche, el frío,
el silencio
y algo dice en el oído a cada cosa
«acabas de nacer».

....

Una frase común: soy
todo oídos, pero
sólo es cierta de forma parcial.
También soy todo boca, todo abdomen, como una oruga
dedicada a mascar: todo nariz, todo bazo, que
no sé para qué sirve y sin embargo lo uso;
soy todo fémur, todo sacro,
hasta completar los doscientos huesos que me abastecen de
imaginación, de angustia,
de ganas de ver llover. Y soy
bastante más: soy todo aburrimiento, todo olvido, todo
obsesión: soy
en la dificultad.
Pero hay que empezar por otra parte: esto
viene de esa ventana a la que me asomo, y
lo que no es ventana es espejo.
Me gusta
asomarme a la ventana, ver el mundo que podría no existir y
sería una pena;
y no importa si los fragmentos miran todos en la misma
dirección: nunca
miran todos en la misma dirección.
Como
ese hombre ojeroso del espejo, que no mira en una sola
dirección, inquieto
por lo que trae o deja fuera su impaciencia,
me mira o no
según le pido,
conoce el secreto que me rodea, y él
está de acuerdo con mi decisión si le digo
que se esconda o vuelva a escena; hasta que
como yo
también está cansado.

....

Una mujer, joven y demacrada, como era y
por lo tanto como siempre ha sido, me dice sin sonreír, sin
ninguna carga de emoción: sí, soy yo.
El amigo que se mató
salta por encima de los treinta años y
también me dice que está aquí.
La casa al borde del
río espeso del verano, con la higuera
y las chirimoyas que siguen dando sombra,
me hace saber que es inmortal.
El
perro que me mordió
me sigue mordiendo: y
¿quién es el que trae los libros de mi padre, los apila sobre
el escritorio, y abre la ventana hacia la calle para que
charlemos en paz? ¿quién se lanza temporal abajo y sigue
llegando con el pelo en desorden, sin nombrarme pero
intensamente reclamando por mí? ¿quién se distrae un
instante y luego deja que pasen los años para recordarme
que los años han pasado?

Restos de memoria: materia intangible que se arma y
desarma como la niebla alrededor de un aeropuerto: unas
veces
para dar consistencia a una cara, otras para saber
algo más de lo que ya sabía.
Y sin embargo
no es esto lo que quiero decir: siempre hay algo de vida
propia, algo
de vida que no es nuestra; y ya no se sabe qué es recuerdo,
engaño de la memoria o
como se llame el agua removida que se junta cuando
conocemos demasiadas cosas
con las que no sabemos qué hacer.


Ese bicho que se arrastra por mi pierna buscando altura,
verde y rojo con estrías blancas,
lleva a cuestas su dificultad: una liturgia que lo obliga a
hacer un alto, desandar
y otra vez arriba: esta
caparazón de supervivencia
con las alas cortas que
no se ve si sirven para volar: sus patas trabajadoras con las
que come, saluda a las arañas
y mueve como si pedaleara cuando
en realidad parpadea
porque ya es noche cerrada, está quieto el viento, y él se
aferra como yo, a lo Quevedo,
al tiempo que ni vuelve ni tropieza.
Que suba en paz.

...
Palabras como guancoiro, urpila o quimpe
usa mi vecino para vivir: una idea combinada con otra para
esta densidad de comidas, útiles de labranza, medicina,
transporte, flores: lo que vuela o silba, lo que se queda
quieto: un limón, una víbora entre las cañas.

Allá viene la majada que pastorea mi vecino;
aquel brillo seco es el atolladero de las motos y luego
la palta sobrecargada: la derivación del verbo ser, que aquí
no es más que una manera de adivinar el temporal.
Y no hay secuencia sino todo a la vez: no
de un modo armónico o crispado sino
inevitable: y yo aquí, con el centro inseguro, entrando y
saliendo como un resucitado, con la noticia inesperada de
haber sido el elegido en pleno vuelo para que la
simultaneidad exista.

Alguien junta, mezcla, entrecruza y
vuelve visible lo que debe ser mostrado: una palabra
debe ser mostrada: la palabra que no suena,
la palabra chilcán.

UN CASO COMÚN

Qué puedo decir de este hombre que ocupa mi lugar,
conquista los litorales
o me expulsa hacia ellos
mientras despliega un esplendor ficticio.

Escribe un poema completamente falso,
opina sin meditación
sobre cosas que ignora,
desea a una mujer que yo no amo
y se asoma a la ventana con esta ansiedad inaceptable
que yo quisiera esconder en un cajón.
Ninguno cree en el otro;
sin embargo, unidos por el cigarrillo,
por la misma camisa
y una forma común de estar en desacuerdo,
entramos juntos a la escena
y corremos los dos contra reloj.

LA RÓTULA

De una rótula conozco, sobre todo, la palabra rótula.
No sé qué sabe la rótula de mí, tal vez que hablo solo y
duermo de a pedazos,
pero ocurre que nos necesitamos, nos debemos favores, y
eso cuenta al hacer el inventario.
Ella es un énfasis entre vocales graves,
yo un peso arbitrario, propenso a caminar sin rumbo.
Ella viene del latín, de boca en boca,
yo vengo de Salta, de tropiezo en tropiezo.
Ella se incrusta como un acorde haciendo fuerza,
yo digo mi opinión: enfermedad sagrada que agradezco a
Heráclito.
Y aquí estamos los dos, sin saber el uno
casi nada del otro, pero ambos
capeando el temporal cuando lo premonitorio
habla de una dura década
que ya habrá comenzado,
y el dato de ese cálculo soy yo:
pieza llena de mañas
que ha llegado hasta aquí
gracias a la complicidad de lo que ignora.

POSIBLEMENTE EL UNICORNIO

Un unicornio mira desde tierra firme el Arca de Noé: lo
olvidaron al cerrar la compuerta.
Después vino la lluvia, y otra vez la lluvia. Peces,
pájaros y caimanes, más los zancudos que caminan sobre
el agua, tenían su habilidad
y no sufrieron sobresalto en la cuarentena más húmeda
que se recuerda;
el unicornio, sí.
Elefantes, caballos,
quirquinchos y corzuelas
estaban bajo techo en la chalana célebre
cuando se vino abajo el cielo inhóspito: cabras, gallinas
y tortugas (“ese
interesante animal que es a la vez
animal y domicilio”)
iban a salvo de cualquier diluvio;
el unicornio, no.
Por este olvido llegan de vez en cuando noticias de algo
que se perdió en un mapa antiguo, en algún
pergamino tapado varias veces por el polvo: señales
confusas que ya vienen de ninguna parte: restos flotantes
desde antes que el tiempo se volviera historia.
Y sólo queda el olvidado, el que no pudo ser,
el que dice cuando un artista atacado por el virus místico
lo rescata en un tapiz o en el cuadro de alguna sacristía:
“nací perdido y no quiero que me encuentren”; y mira
desde tierra firme.

(CAMINATA)
La senda lleva hacia donde no se sabe: detrás del alambrado
empieza la loma suspendida contra la ley de gravedad:
se expande en círculos, en caranchos allá arriba, en la agitación
de los pilpintos;
y a ras de tierra la menta, algunas tunas y más atrás el ceibo:
la masa verde lava el abuso de civilización: el hormiguero
surge como una protuberancia del infierno: la senda
atraviesa el cerco, los helechos...

...y reaparece en el pinar: no me gustan los pinos: en el pinar
no hay pájaros: hay silencio: en el corazón del pinar la soledad
es absoluta. La respiración contenida, el oído
en guardia: el ojo no deja de mirar: no puede
no mirar: hay
una falsa paz.

EL ALIMENTO
Está comiendo, come desesperadamente,
traga la comida, sostenido
de la pata de pollo como un náufrago,
unido a la vida por el plato de sopa,
abrumado sin embargo
por la momentánea anulación del mundo,
reducido el mundo al plato de sopa,
al plato de lentejas
por el que todavía
se venden todas las primogenituras
y otras cosas de más actualidad.

Todos los días, a esta hora, come
y no sabe (no tiene tiempo para saberlo)
que la oficina, los Bancos, la familia,
la Vía Láctea,
el viejo eje del mundo,
lo obligan a comer
porque necesitan que siga viviendo,
que se fortalezca,
que engorde como un pavo de Navidad.
Él es el alimento.

SOBRE EL AMOR
No importa dónde nace el amor
(los nacimientos son asuntos de registro o
de parroquia)
pero sé que no dura al aire libre,
en ese prado aséptico con un molino al fondo.
Nace en cualquier parte
pero no prospera en la ilusión bucólica:
busca la complicación,
no el caos pero si su orilla,
un cuerpo espeso de tejidos
y de material residual,
y busca sobre toda la armonía
que es donde, si nos descuidamos un instante,
muere por falta de necesidad.

LA SOMBRA
No conozco su límite sino un alarde de lealtad que le
agradezco:
península confiada,
casa poblada de preguntas,
insaciable de opciones que se desplazan por azar.
Yo usurpo su dispersión
para entender la mía: estaba previsto el espectáculo de los
dos cantando a coro:
y si halla mi identidad en su entrevista
es porque uno explica la complicidad del otro:
ella es mi frontera,
yo soy su tierra natal.

CAMINAMOS POR LA CIUDAD
En un mercado compramos unas algas
y nos dijeron
su nombre quiere decir hierba del mar,
después leímos los titulares de los diarios,
caminamos por la recova
y en la Plaza de Armas
vimos cómo un hombre-orquesta
tocaba su música y bailaba,
pero no lo hacía para nosotros
sino para su hijo.

Toda la tarde
caminaste por la ciudad conmigo.
Tal vez no lo sabías
porque estabas demasiado lejos,
pero tan intensamente
has recorrido la ciudad
que cuando todo sea dispersión de la memoria
todavía te encontrarán
mirando los escaparates de una librería
en la calle San Diego,
y el fotógrafo borracho de la plaza
cuando revele sus fotografías del domingo
verá que entre los naranjos
una mujer que él no conoce
le sonríe.

LAS CASAS
Las casas se pusieron inhóspitas
y tuvimos que abandonarlas a su suerte.
Primero fue la casa de los patios
donde la infancia ponía expectativa en ciertas plantas
que todavía ofrecían protección.
y en una muy querida forma de llamarnos a la mesa.
en otra casa las chirimoyas ordenaban una majestad
y el juego de los hermanos se escuchaba
como una premonición que sería demasiado dolorosa
si alguien insistiera ahora en recordar.
Después fue la casa donde la humedad del río
se nos pegaba al cuerpo como la piernas
de una mujer que nos enloquecía,
y hasta la sombra crujía de deseo, y una lengua
nos buscaba la lengua
con la voluntad desesperada.
Y las otras casas, con amigos hasta el amanecer,
con hijos, con poemas,
con pequeños olvidos (apenas distracciones
que sin embargo después
venían a buscarnos desmesuradamente)
De todas las casas nos hemos ido.
y cuando creíamos que ya nada quedaba de ellas
apareció una hoja en el suelo, un grito subrepticio
en un cajón, el cuaderno de la escuela
con los cuidados de la madre, un botón, el canto del gallo.
Qué hacer entonces,
si no queremos coleccionar fracasos
ni objetos distraídos que se olvidaron de morir,
sino juntar los pedazos que sobreviven dolorosamente
y dejarlos caer por la ventana de este cuarto piso
como quien tira una corona de novia al mar,
como un globo lamentable que aligera su carga.
Restos queridos a los que decimos adiós con memoria trastornada.

NUESTRO AMOR SE PARECE
Nuestro amor se parece
a un viejo reloj que encontré en el fondo del ropero:
está detenido en una hora cualquiera,
vuelto a sí mismo,
intentando una hora contra el tiempo.

Nosotros sabemos
que es inútil conservar, como el reloj,
la sombra de lo que llega y pasa,
una hora perdida de las otras.

Sin embargo, por costumbre
o por piedad de nosotros,
conservamos también
(como el reloj las ocho menos cuarto)
una hora de besos y palabras
que alguna vez existió
o que jugó a existir,
y que espera el olvido en el fondo de un ropero.

HISTORIA NATURAL
Un monje está atareado en su propio laberinto,
suspendido por una visión
que le insinúa subvertir la materia:
cambiar la carne por moneda celestial,
el mundo por esta Colegiata de San Isidro
donde giran alternativamente el infierno y la salvación
mientras cruje el armario de los mendrugos.

Otro monje, sentado en la penumbra, come unas uvas
y piensa seguramente en la Historia Natural
cuando dice nada
creó la naturaleza sin su contrapartida.

De pronto una campana
irrumpe como una disgresión
y los convoca;
entonces el laberinto se adelgaza hasta desaparecer
y las uvas son dejadas en el plato.

Un monje reza, el otro come.
Ninguno de los dos termina su tarea.

EL BAR DEL PUERTO
Tendremos que buscar otra tabla de salvación
ahora que las razones se nos escapan de las manos
y no resuelven el porvenir.
Afuera cae una garúa interminable
y ese humo protege al que indistintamente
prefiere el bien
o el mal
o lo que debe ser;
mientras un hombre mira el mar que retumba
y que no le sirve para nada.

La vida sigue con sus anuncios, aquí y allá,
incluso donde se echa a perder;
y nosotros, a su imagen,
somos el comediante ruidoso, el penitente
con su gorro estrafalario,
el mensajero que desconoce la noticia que lleva.
Gente a manotazos, pero con el orgullo intacto,
con el viejo cuento del ángel caído,
que sin explicaciones llega al borde
y se detiene como puede.

(LA CONVERSACIÓN)
Los años no entran todos por la misma puerta
aunque terminen juntos,
siempre en trance de irse hacia otra parte: el problema
es adónde

Tampoco vienen del mismo lugar: cada uno con su avío;
y si terminan comiendo de la misma sopa, reflejados
en el mismo espejo,
no muestran siempre una cara triunfante sino
esta pregunta que cae por su propio peso: ¿hay años que ya no vendrán?
Y no hay una respuesta: hay
principios generales que terminan en desilusión: un secreto
que sólo muy pocos no conocen.

Aunque no entran todos por la misma puerta,
tienen el diálogo de los que están resignados a juntarse
y esa conversación,
lo que se dice en ella,
es lo único que no deja de existir
cuando de pronto un reloj se detiene para todos.

MUJER EN LA ESQUINA
De lo que se trata es del intercambio: ella tiene hambre, yo
no tengo conocimiento; y si cada uno espera que caiga su ración del cielo, ya podemos despedirnos sin aliviar la carga.
Siempre ha habido estos pactos: ella, con un naipe distinto
en cada caso, yo eligiendo la carta para ver si acierto;
ella, yegua de Parménides llevándome camino arriba, yo
olfateando el rastro con precipitación;
y así, necesitados ambos de lo que el otro tiene y no guarda
para sí, buscamos lo excitable de la especie para alcanzar el peso, la saliva del otro, la célebre unión de las mitades.
Ella siempre con historias exitosas (todas tristes), y yo
atestiguando lo que he dicho:
que si espera en la calle
se debe al intercambio,
si entra en el bar y llama por teléfono,
si disloca hasta morir la mandíbula del alma
y se ríe cuando corresponde llorar
se debe al intercambio: esas partes separadas en
busca de lo mismo.

Y es todo lo que sé.

Pero ella sabe más:

sin salir de la esquina
conoce el mar por el tripulante a deshora,
el mercado por el olor de una manos,
la vaca por el carnicero;
y si no quiere ni oír
hablar del corazón, acostumbrada
como está a la charla,
es porque sabe que ahí cruje la madera.
El corazón es puro esteticismo.

EL PUENTE
Esa mujer que corre por el puente, ¿no encontrará motivos para regresar?
El señor que camina soñadoramente con un paraguas en la mano, ¿no deja ningún triunfo, ningún fracaso a sus espaldas?
El ómnibus cargado con veinte pasajeros, ¿tampoco volverá? ¿Ninguno de esos hombres que miran por la ventanilla recorrerá el puente en dirección contraria? ¿Nada reclama a nadie? ¿No hay señales a uno y otro lado, fragmentos de un llamado vivaz e instantáneo?

El puente propone un dilema, no un desplazamiento.
La dificultad consiste
en saber si el puente es un comienzo,
un final o un vínculo,
la complicada frontera que cada uno es.
Cruzar un puente: ironía sintáctica
apoyada en dos extremos
con todo el cuerpo extendido en el vacío.

I
Siente piedad por sus testículos al borde de la mesa,
por su cabeza tan dejada de Dios,
por su hambre, porque nunca volverá a comer,
por su perra que ladra en el desierto,
por su memoria atolondrada
que lo hace orinar en los malvones.
Y luego de apiadarse, lo ata,
ausculta, desinfecta,
prepara los detalles: no siente piedad
dos veces por el mismo perro.

Santiago Sylvester, poeta y narrador, nació en Salta en 1942. 
Publicó los libros: "En estos días" (1963); "El aire y su camino" (1966); "Esa frágil corona" (1971); "Palabra intencional" (1974). "La realidad provisoria" (1977); "Libro de viaje" (1982) y "Perro de laboratorio" (1987). Cuentos "La prima carnal" (Barcelona - 1986). Entreacto, antología de la colección ICI-Quinro Centenario de Madrid, 1990; Escenarios, 1993; Café Bretaña, 1994; Antología poética, en la colección Poetas argentinos contemporáneos, del Fondo Nacional de las Artes, 1996; Número impar, 1998; El punto más lejano, 1999; Escenarios (Verbum,1993), Café Bretaña (Visor,1996), Antología poética (Fondo Nacional de las Artes, Buenos Aires, 1996), El punto más lejano (Ave del Paraíso, Madrid, 1999), Calles (Ediciones del Dock, Buenos Aires 2004), El reloj biológico (2007) y Los casos particulares (2014). Su antología ‘La conversación’ fue publicada por Visor en 2017. En 1986 publicó un libro de relatos, La prima carnal (Anagrama) y en 2003 un libro de ensayos, Oficio de lector.
En 2014 fue elegido como miembro de la Academia Argentina de Letras.

Recibió el Premio Internacional de Poesías Gil de Biedma por "Café Bretaña" y el Premio Nacional de Poesía. También el Premio Sixto Pondal Ríos -de la Dirección de Cultura de Salta- y del Fondo Nacional de las Artes, dos veces.
Realizó en el 2003, la antología Poesía del noroeste argentino, Siglo XX.


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