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MANUEL J. CASTILLA Y LA POESÍA LATINOAMERICANA, por David Antonio Sorbille
31.01.2026 10:17 |
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En el lenguaje de los antiguos griegos, el vocablo “poesía” significaba “creación”, es decir, el producto artístico de la imaginación humana. Desde entonces, la poesía se ha transformado en el medio de expresión apropiado para distinguir la cultura de los pueblos. El concepto de su propuesta comunicativa se ha enriquecido en forma y contenido hasta asegurar definitivamente, la trascendencia de su innegable originalidad. En esa “puesta de relieve del lenguaje común”, como dice Ariel Bignami, la poesía reúne todos los matices y recursos que definen la dialéctica de una comunidad. Precisamente, en la historia de los pueblos, el material poético es el que más se conserva y determina su vigencia en el tiempo. Su itinerario expresado en verso, ha variado desde el ritual anónimo de los orígenes hasta el vigoroso énfasis de la actualidad. El espíritu de una comunidad nutría canciones guerreras, hazañas y lamentos que se fueron transformando en el registro de poetas reconocidos en los sentimientos e ideas que respetaban estrictas reglas de composición. Luego, privilegiando el ritmo de la creación, se sucedieron rupturas en las formas que demostraron la vitalidad constante de su sentido innovador.
La poesía, o al decir de Pavese, “la nueva realidad que ha sido iluminada”, trasciende como épica, lírica y didáctica, y sus clásicos ejemplos destacan: “La Iliada” y “La Odisea” de Homero, las “Odas” de Horacio y “Las Geórgicas” de Virgilio, en donde por caminos diversos, encontramos narrativa, sensibilidad y enseñanza en función de una admirable unidad orgánica. Este antecedente, es absolutamente válido para todas las obras posteriores que podemos sintetizar en la genial “Divina Comedia” de Dante Alighieri, y, también, en la maravillosa poética de William Shakespeare y Francisco de Quevedo y Villegas. Pero, la característica perceptiva de la poesía adquiere determinados signos estilísticos que logran revitalizarla de acuerdo a las exigencias de las distintas épocas. Poe, Whitman, Holderlin, Baudelaire, Mallarmé, Verlaine, Rimbaud, Rilke, Yeats, Apollinaire, Eliot, Pound, Maiakovski, Pessoa, Montale, Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez, Vicente Aleixandre, Rafael Alberti, Federico García Lorca, Miguel Hernández, son algunos nombres que fueron promoviendo la vigencia incuestionable del arte poético. En ese camino extraordinario, el lenguaje cotidiano incorpora su propia revolución y el verso libre rescata la versatilidad contemporánea. Es así, como en la universalización de este proceso cualitativo, la poesía latinoamericana incorpora sus propios factores de identidad histórica y geográfica, en un esfuerzo genuino que inicialmente recibió la influencia europeizante, a la que nunca resignó la plena autonomía intelectual. La dimensión alcanzada por Rubén Darío y José Martí en los albores del modernismo, derivó en experiencias vanguardistas y coloquiales, nutridas con el aporte aborigen y afro americano, que fueron rescatando la esencia del continente, hasta consolidarse en su prodigiosa sensibilidad nativa. Paradigmas como César Vallejo, Pablo Neruda, Vicente Huidobro, Jorge Luis Borges, Leopoldo Marechal, Juan L. Ortiz, Raúl González Tuñón, Nicolás Guillén, Roque Dalton, Octavio Paz, Elvio Romero, Ernesto Cardenal, Carlos Drummond de Andrade, Manuel Scorza, Nicanor Parra, Gonzalo Rojas, Mario Benedetti, Armando Tejada Gómez, Hamlet Lima Quintana, Nicomedes Santa Cruz, Juan Gelman, Antonio Preciado, Javier Heraud, Alejandra Pizarnik, Miguel Angel Bustos, Olga Orozco, son huellas consagradas entre innumerables que exceden el marco regional.
El profundo lirismo de los poetas latinoamericanos y la popularidad indiscutida del genero gauchesco representado por el “Martín Fierro” de José Hernández, ha perfeccionado el intelecto para lograr integridad conceptual en función de su propio testimonio, como símbolo trascendente de su comunidad. La obra poética en su variedad estilística ya no es sólo una apreciable manifestación subjetiva, sino una determinante comprobación de fecunda e indeleble creatividad.
En este contexto, cabe referirnos a Manuel J. Castilla, el mayor poeta del Noroeste argentino. Había nacido el 14 de agosto de 1918 en la casa de la estación ferroviaria de Cerrillos, provincia de Salta, donde su padre Ricardo Anselmo Castilla, era jefe. Sin terminar el Colegio Salesiano entró a trabajar en su juventud en el diario salteño El Intransigente, junto a notables columnistas.
Luego, se desempeñó como titiritero, primero con Jaime Dávalos y luego con Carlos García Bes. Se casó con María Catalina Raspa, con quien tuvo dos hijos, Leopoldo (Teuco) y Gabriel (Huayra). Entre los años 1945 y 1947 fue integrante del grupo de poetas y pintores vinculados a la revista “La Carpa”. En ese ámbito se encontraban entre otros, Raúl Galán, Julio Ardiles Gray, Mario Busignani y Raúl Aráoz Anzoátegui.
Posteriormente, participó en la revista “Tarja”, en Jujuy, con Jorge Calvetti, Mario Busignani y Héctor Tizón, entre otros. En ese contexto, compartió la gestación de una verdadera revolución del acerbo tradicional junto al “Cuchi” Leguizamón, con quien creó la “Zamba del pañuelo”, “Maturana”, “La pomeña”, “Zamba de Lozano”, “Zamba de Juan Panadero”, “Carnavalito del duende”, “Juan del Monte”, “Canción del que no hace nada”, entre otras notables composiciones. En ese entonces, Castilla había publicado “Luna muerta” (1943), “La niebla y el árbol” (1946), “Copajira” (1949), “La tierra es de uno” (1951) y “Norte adentro” (1954), con el que obtiene en 1957 el Primer Premio Regional de Poesía de la Secretaría de Cultura de la Nación.
Escribió, también, las glosas para importantes programas radiales, y en colaboración con Falú: “La volvedora” y “No te puedo olvidar”. En 1959 aparece su único libro en prosa: "De estar solo", y el poemario “El cielo lejos” donde su visión poética alcanza nuevas dimensiones. En 1963 publica "Bajo las lentas nubes", donde se destaca su poema "Esta tierra es hermosa". Luego publica "Posesión entre pájaros" (1966), "Andenes al ocaso" (1967), "El verde vuelve" (1970) y "Cantos del gozante" (1972). En este mismo año, edita "Coplas de Salta", y en 1973 recibe el Gran Premio de Honor de la SADE, el Primer Premio Nacional de Poesía y es nombrado Doctor Honoris Causa en la Universidad Nacional de Salta. Sus últimas obras fueron "Triste de lluvia" (1977) y "Cuatro Carnavales" (1979).
El 19 de julio de 1980, Manuel J. Castilla, fallecía en su tierra natal. La huella imperecedera de su obra continuará siendo la palabra, aunque su razón de ser, así como el valor de la poesía latinoamericana corresponde a la belleza, que siempre vendrá por nosotros.
Bibliografía:
CASTILLA, Manuel J. El gozante. Ed. Corregidor, 2000.