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¿QUÉ SERÁ LA BELLEZA por Alfredo Lemon (Córdoba)

13.03.2026 11:35 |  Noticias DiaxDia  | 

Se puede empezar a reflexionar acerca de lo bello, recordando los versos del comienzo del poema “Endimión” de Keats: “A thing of beauty is a joy forever”. Pero, ¿cómo traducir sin traicionar el auténtico significado de lo escrito por el poeta inglés y la música que nos trasmite? “Lo bello es una dicha para siempre”. “La belleza es un regocijo para siempre”. “Una cosa bella es un goce eterno”. “Un objeto de belleza es un goce eternamente”. “Algo bello es una alegría para siempre”. La frase trasciende el mero decir porque no sólo define a la belleza con belleza, sino que, además, las palabras resplandecen al conjuro de quien al pronunciarlas las piensa, como fogonazos que hechizan de eternidad la definición y redimen al corazón del divagante en su finitud. “A thing of beuty is a joy forever”. El artista susurra con religiosidad: quien rozó o gozó la belleza, aunque más no fuese por un instante, la recuerda para siempre; no podrá olvidarla.
La belleza es la propiedad de los seres y de las cosas que, por sus perfecciones objetivas o subjetivas, las hace querer amarlas, infundiéndonos deleite espiritual. Impresiona a los sentidos, al intelecto y a la sensibilidad; ya como sentimiento, aspiración, deseo o posesión.
Platón la concibió como lo perfectamente manifiesto en proporción y medida; lo acabado en sí y lo que inspira amor. Quizás siguiendo a Sócrates tenía la idea objetiva de belleza, donde la hermosura de la figura humana, por ejemplo, debía expresar por fuerza, la belleza del espíritu. “La belleza es la expresión del amor”, decía.
Plotino en cambio, sostenía que la belleza es inmaterial, es lo inteligible y no sensible que se identifica con el ser puro, con el bien supremo; siendo el resplandor que este bien vierte en las cosas materiales y visibles, lo que las hace bellas.
Para Aristóteles, lo bello es lo preferible por sí mismo, digno de elogio o lo que, siendo bueno, resulta placentero.
Tomás de Aquino, Dante y Boecio coinciden en que la belleza particular de cada cosa deriva de Dios -la belleza absoluta- que es inasequible a toda inteligencia humana.
Agustín de Hipona la redujo a la unidad o a la relación exacta de las partes de un todo entre sí y a la relación exacta de cada parte considerada como un todo. Para Burke, la belleza es un instinto social y para Hutchenson, una realidad perceptible mediante un sentido especial que no exige razonamiento o explicación.
Diderot también la identificó con la proporción y Voltaire la juzgó en su relatividad, al depender del sentir de cada persona.
Kant, por el contrario, refirió que la belleza es aquello que place universalmente, sin concepto: finalidad sin fin; agregando que poseemos un principio trascendental, indeterminado e indeterminable, en virtud del cual, juzgamos si algo es bello o no lo es.
Hegel estimó que la belleza es la perfecta adecuación de lo externo a lo interno (forma y contenido); armoniosa integración dentro de un ámbito de pertenencia; consonancia de lo ideal con lo real, del espíritu con la forma, la aparición de lo infinito en lo finito.
Igualmente, y en relación a otros valores morales como la virtud y la bondad; lo bello ha sido considerado como uno de los principios espirituales superiores: lo bello es esplendor del bien; la belleza es ciertamente, un modo de ser de la verdad.
¿Algo es bello porque gusta o gusta porque es bello?
Algunos piensan que la belleza no está en las cosas sino en el espíritu que las contempla. La identifican con la idea que ciertos objetos provocan en nuestra alma (sentido interno).
Mientras que para Kant la belleza consistía en la perfección de los objetos, independiente de toda apreciación subjetiva; Hume entiende que la belleza no es calidad de las cosas, sino que está en el espíritu que las contempla. No se puede dar razón de por qué el alma busca la belleza, pero sabemos que, frente a lo bello, el hombre siempre es Narciso asomándose a la fuente…
¿Los objetos son bellos porque causan en nosotros cierta complacencia o la causan a propósito de ser bellos, independientes de nuestra consideración? Miguel Ángel advirtió este problema de la objetividad o la subjetividad de lo bello, manifestando: “Dime, oh Dios, si mis ojos realmente / la fiel verdad de la belleza miran / o si es que la belleza está en mi mente/ y mis ojos la ven doquier que giran”.
Perspicazmente, Durero afirmó que la belleza escapa a cualquier definición: “no sé qué pueda ser la belleza, aunque se encuentre en muchas cosas”.
Pareciera que no hay belleza en ningún ser u objeto que no tenga relación con la mente que lo percibe; aunque sin que medie un sujeto, los objetos carecen de referencia.
Ahora bien, ¿La belleza es cosa de la razón o de la sensibilidad? De ambas cosas. Como ocurre con los grandes temas de la existencia, la belleza es un misterio que no descifran ni la psicología ni la retórica.
Sin precisiones conceptuales y de acuerdo a las aproximaciones precedentes, se observa que lo bello es aquello cuya contemplación o aprehensión deleita y emociona.
Hay belleza en un rostro, un cuerpo, una música, un crepúsculo, una rosa, una nostalgia, un paisaje, una obra de arte.
Hay belleza en un comportamiento, en una actitud; en el conocimiento.
¿Quién sería capaz de cerrar la enumeración de todo cuanto puede cautivar nuestros sentidos e inquietar nuestro ánimo?...
La armonía parece ser un elemento importante. Pero como bien señaló Oscar Wilde, “los que trabajamos en el arte no podemos aceptar teoría alguna a cambio de la belleza misma; y así, lejos de pretender aislarla en una fórmula dirigida a la inteligencia, procuramos materializarla en una forma que otorgue alegría al alma por medio de los sentidos. Intentamos, en definitiva, crear belleza, no definirla”.
A más del placer que convoca, el signo característico más seguro para reconocerla, está, no en su esencia, de por sí resbaladiza; sino en el efecto que en nosotros produce. Este efecto puede ser admiración desinteresada, amor, anhelo, ansia de posesión, bienaventuranza.
El inmortal apetito de belleza es lo que a veces hace considerar a las cosas terrenas como con cierta correspondencia divina.
Lo bello es el recuerdo de un paraíso perdido; la levísima eternidad de un soplo; un deleite para siempre.

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