Mar 28.Abr.2026 12:31 hs.

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Materiales de Daniel Freidemberg, editorial Mora Barnacle. Por Pablo Queralt

28.04.2026 10:22 |  Noticias DiaxDia  | 

Se podría decir aún muerta la rosa, la palabra rosa no ha muerto, parafraseando la conocida frase y es que en el bello juego que nos presenta el autor hace vivir, revivir, pensar, repensar las cosas y los actos y circunstancias de los hechos en poesía, a través del valor de la palabra, en sus conjunciones, repeticiones, yuxtaposiciones, conformando una estética performática. La luz, la lluvia, la repetición, la variación, como combinaciones estéticas dan el ritmo y el sentido que transcurre en los versos. El sujeto se transforma, transmuta en estados, lluvia-perro-precariedad conformando universos incorporales que expanden y crean sentidos. Aniquilando la entidad espacio/tiempo todo es hoy en esta nueva temporalidad del transcurrir sus páginas. La materia se hace carne de ánima y estamos en un existir allí, en el fluir de las cosas. El transitar en lo que fue y ya no es ¿o en lo que ya no tiene raíces? Un movimiento que opone en existencia complejidades. Una respiración y a su vez una observación territorial del estado y sentido de las cosas. Los sentidos inundan los versos, lo sonoro –el pum, el crash, chocó- los pasos-el diálogo-el camino- el corte de las palabras hacen su clima. Lo visual del ver lo que la realidad pone a mover, las cosas del mundo en un estado de eternidad que crea el poema, y los que miran por la ventana, en un conversatorio con el poema, es por ahí lo ínfimo, la palabra, en el todo irse, sacudiendo lo inamovible, la mentira de lo establecido, desterritorializando dimensiones amarradas a antiguas materias de expresión y valorizando figuras rizomáticas, que dan el flujo y la máquina. Lo mínimo en el valor de lo máximo en una estricta o causal coalición de tiempo y espacio, como rigor estético. Un expertiz en el manejo de las palabras con la pericia donde el poeta utiliza distintas velocidades que oscilan entre la nada y el infinito, entre el orden y el desorden dando el estado de las cosas, crea sentido entre límites y coordenadas. Lo concreto lo que está allí y el mundo puso transmuta en esencias que transcurren en la página haciendo sus territorios incorporales, va y vuelve en la versificación creando una atmósfera amable a la lectura donde el corazón dibujado de tiza, fue? Es? Tiene por vivir? Corazón coraza? De todos? De lo que no fue? Rumbo a lo mismo? Se creen que eligen? Donde observación y posición hacen su camino, su tránsito, alguna forma de belleza, las cosas y las palabras se mueven se potencian en intensidades creadoras, materia y signo rimados por tiempo y espacio. Hace con ellas su caligrama- grafía, el poema que necesita su imaginario. Hay algo en esta escritura del rumbo que toma la poesía de Cummings, o de Luis Hernández donde de fondo se escucha su canto lírico, se escribe se relata bajo un fondo urbano lo que está a la orilla, lo de lado, lo visible pero subyacente, lo que no es centro de la mirada, ese mundo captado que es sentido y sombra del sensorio que emerge, el herrumbre dado a ser el entonces. Cosas en su hacerse, lo que el revoque no pudo tapar, crean bloques de sensación y así va el poemario de verso en verso creando su performance, haciendo más bella la vida.

Las florecitas en la grieta, violáceas,
sin permiso ninguno,
como si no se hiciera tarde,
ni hubiera
tregua o versiones
en darse ahora acá.

Los poemas se hacen impersonales, el yo sale sin paraguas bajo ese sol que es para y de todos, donde se baila, se mira, se entona, y el “se” reemplaza al yo,- se empieza a empezar, se sale del closet -y la enumeración agranda el panorama y expande sentidos en su abarcativo promulgar un unitivo común. Hace su sistema, crea su artefacto de imágenes, sentidos y versos.

“Se enciende el motor,
se le va a uno la mano,
se ama por fuera del amor,
se ordena todo.

Se busca la cara con que
presentarse en público,
se buscan las caras
      que uno dejó olvidadas,
se cambia de tema,
se va llegando al trotecito,

se agrega una coma,
se pasa a otro nivel,
se espera el diagnóstico,
se la emboca justo,
se compara el largo,

se enlata,
se enluta,
se cuelga de un hilo,”

Como buscar entrar a la vida por el reverso de la historia, un dar de vuelta, barajar, recomponer, mover las piezas, acomodar un nuevo orden, romper con los órdenes establecidos, para entrar en otro día, el que viene, apostar para sentir el tiempo correr y agradecer lo dado. Se celebra, se aterriza, se restaura, se reinicia. Como diría Vico un corsi e ritorni, explicando las vueltas del giro del mundo, como sabemos después del ulular de un poemario el mundo no es el mismo, crea otra forma de estar a la que se vuelve y se vuelve, andamos para regresar adónde? cómo? Porqué? Se desprende la gotita de la rama, la contemplamos, es esa luz que nos hace seguir. Los versos cortos regularmente ordenados hacen juego con el migrar de las palabras como piezas movidas en una musicalidad tenue de fondo que está, y susurra como aire silbado, sus estrofas.

Para que dure un poco más

Las florecitas en la grieta, violáceas,
sin permiso ninguno,
como si no se hiciera tarde,
ni hubiera
tregua o versiones
en darse ahora acá.

Tregua o versión que al viento leve
rompe el consenso, lleva la
mente a barquinazos
que el viento se pone a mover también.
Nomás como una florcita violácea
entre las cosas que no saben ser flor,
sacada de contexto, perhaps.

O es al contexto al que se lo llevaron.
“Florcita”, dícese de eso violáceo,
para que dure un poco más,
florcitavioleta, cosas del florecer.

El pum, el crash

Chocó, se
fue, de
cara, era
su gran destino,
entró,
como si
fuera su in
tención
a la farmacia:
el crash, el
pum, la
correspondiente alarma
sacu
diendo el mundo
a través de las almas.
Su crash, su pum y en
cama de vidrios rotos, yace:
su gran
reposo entre
lo roto,
cierto, como
si hubiera sido el plan.
No hay buitres en
este paisaje,
no hay diablos
prendiéndose a
cobrar la presa,
ni el orden
se corrió
ni un poco,
ni los cielos temblaron.
Orden de lo chocado y lo
que choca, ¿no?,
sin diálogo.
O será eso el diálogo, quién sabe
¿De dónde hacia adónde?

El tipo de gorrita azul,
     que no sé quién es,
el que hace su camino
        que no sé cuál es,
que vaya uno a saber si él
     sabe cuál es su camino,
si es que hay camino, y si
bajo la gorra el
                tipo hace camino
                o qué será lo que hace.

O en todo caso, ¿qué es que sabe?
¿Si, por ejemplo, habrá camino?
¿O por “camino” dícese un caminar?
¿Con gorra o sin gorra?
¿El caminar respuesta será a todo?
¿De dónde hacia dónde?
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No es el mismo el mundo
            antes o después
del ramo de rosas (rojas) en la mesa.

No forma parte de la escena, la horada,
el ulular de la sirena,
ahí, desde el brillo
              del día que crece.

Desde otra manera de estar en el mundo
vino, oscuro, el alguacil,
inmóvil, junto a la lámpara de la cocina.

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No en una pantalla,
ni en un papel, ni en
                   la mente:
hojas que balancea el
aire de la mañana, acá.

Esa hoja que tiem-
           bla está ahí.

No sabe de los ojos
que se detienen en él,
cuerpo semidesnudo entre las sábanas
bajo los grises de la primera luz.

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“Es un mensaje”,
pensé, cuando
se apagó la luz
en la escalera.
Y este era el
           mensaje:
“no hay mensaje”.

Picotea algo la tortolita, a la sombra
del peugeot rojo, estacionado junto al fresno.
Otra se mueve, reflejada
en la mampara de vidrio del balcón.

En cualquier momento
va a desprenderse
de la rama del fresno
                  la gotita.

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Entran y salen
del rayo de luz
y brillan
             por un instante
dos moscas.

La brasa del
cigarrillo, en
la oscuridad
de la ventana de enfrente
                          se apagó.

Las gracias que
quiero darle
por florecer
al malvón no le importan.

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Plumita de
paloma que,
ya sin paloma,
baja
en el aire, despacio.

¿No tiembla un poco
la peonía
cada vez que la tocan,
en la lluvia, las gotas?































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