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HOMO FUTBOLENSIS, por Alfredo Lemon

29.05.2026 07:55 |  Noticias DiaxDia  | 

“El balón es redondo, el campo cuadrado, igual a la imagen del cielo y de la tierra. El balón juega sobre nosotros como el sol.”
Li Yu
poeta chino del siglo I A.C.


Por estos tiempos, por más de un mes, el hombre común, el individuo hipotéticamente promedio de distintas latitudes del planeta, en su cabeza tendrá, mayormente, una onda de frecuencia: el gol. Palpitará fútbol, transpirará fútbol, sufrirá fútbol, se cansará del fútbol. Una pasión difícil de explicar a ciertos teóricos o eruditos, que además de sentirse como emoción en el centro del pecho, permite pensarse con prevención: una cosa es reflexionar desde afuera (rodeado de una biblioteca) y otra, es hacerlo desde dentro (jugándolo en una cancha). Se puede entonces filosofar sobre este fenómeno global, sumamente real, alimento de sueños y fantasías colectivas, que puede ser observado como espectáculo, apoteosis, lenguaje y comunicación; más allá del negocio o la utilización política que muchas veces se hace del deporte.

La diosa de cuero

La relación entre el fútbol y los intelectuales siempre ha sido compleja: llena de odios o indiferencias, pero también de respeto y de admiración. Jorge Luis Borges, sin ir más lejos, primero preguntaba con ironía: “¿qué es el fútbol?” y seguidamente advertía: “la idea que alguien gane y que otro pierda me parece desagradable, hay una idea de supremacía, de poder, que me parece horrible, se hace de un triunfo o una derrota, cosa de vida o muerte; se trata de un juego brutal, feo estéticamente, innoble y agresivo”.
Desde otra óptica, dos existencialistas de la talla de Albert Camus y Martin Heidegger fueron considerados amantes paradigmáticos de esta práctica. El primero, autor de La peste y el Mito de Sísifo, fue arquero del equipo de la Universidad de Argel y llegó a sostener: “después de muchos años en que el mundo me ha permitido variadas experiencias, lo que más sé, acerca de moral y de las obligaciones de los hombres, se lo debo al fútbol, lo que aprendí en el equipo no puedo olvidarlo”. Por su parte, el segundo, autor de Ser y tiempo, jugó en su juventud de puntero izquierdo y confesó su excitación frente a la delicadeza con que Franz Beckenbauer trataba al balón.
Hace unos años, escuché decir a Umberto Eco que las imágenes televisivas del campeonato, nos convierte en seres pasivos, meros mirones de lo que los otros hacen. La paradoja fue que él mismo, hizo lo imposible para desligarse de la conferencia que estaba dando, para ver el partido que disputaban en esa instancia Italia con Noruega.
Desde la sociología, Juan José Sebreli en su libro La era del fútbol refiere que, en ese ámbito, desde el poderoso dirigente hasta el hincha anónimo, pasando por el ídolo, pueden analizarse en su actitud y proceder respecto del grupo en su conjunto y totalidad y comprobar, a través de esa “micro sociedad”, las tendencias latentes o manipulaciones de la “macro sociedad”.
La realidad del aquí y ahora en Argentina, a partir de un ideal político tantas veces frustrado, suele orientarse refugiándose en lo deportivo. La ruptura de una imagen total del país y la necesidad urgente de una pertenencia más firme y más cercana y popular, desencadenan necesariamente ese desplazamiento.

El fútbol no es solamente fútbol

Del mismo modo que lo fue el Olimpo en la antigua Grecia, el Circo en el Imperio Romano o el Hipódromo en el Imperio Bizantino, el estadio es un espejo de la sociedad contemporánea. Asimismo, se observa que la identificación apasionada con el propio grupo y la hostilidad hacia los que no pertenecen, son rasgos de la personalidad autoritaria que comparten por igual la ideología y el deporte. Pareciera que el fútbol no sólo resulta una mera diversión sino también algo serio que ha venido a reemplazar y a llenar el vacío existencial que dejaron las grandes religiones y ciertos sistemas políticos. Además, durante un Mundial, las ciudades adquieren una atmósfera particular, calles semivacías, pantallas gigantes ubicadas en esquinas estratégicas, bares y negocios con televisores encendidos, taxis con radios escuchando los partidos, escuelas que dejar de trasmitir educación, empleados que descuidan sus trabajos y principalmente, la imposibilidad de permanecer ajeno al fenómeno de esta omnipresencia deportiva.
Sin desconocer lo acertado o no de estas posiciones, comparto el planteo poético que hizo Eduardo Galeano en su obra El fútbol a sol y a sombra, donde enuncia entre otras cosas, la aguda metáfora del gol como el orgasmo del fútbol o cuando dice que a medida que van pasando los años y a la larga, ha terminado por asumir su identidad, siendo nada más que un mendigo del buen fútbol, yendo por el mundo, sombrero en mano, suplicando: “una linda jugadita por el amor de Dios...”. Y que cuando eso ocurre, agradece el milagro sin importarle cuál es el club o el país que se lo ofrece. El escritor uruguayo describió inteligentemente otra observación: “la historia oficial tiene un vacío asombroso, ignora el fútbol.” Es cierto, ni los textos de historia contemporánea -ni los diccionarios de teoría de la comunicación o de antropología- lo mencionan, incluso en países donde ha sido y sigue siendo un signo primordial de identidad colectiva.

Pasión redonda

“Juego, luego soy”: el estilo de jugar es un modo de ser que revela el perfil propio de cada comunidad y afirma su derecho a la diferencia.
“Dime cómo juegas y te diré quién eres”. Hace ya muchos años que se juega el fútbol de diversas maneras, distintas expresiones de la personalidad de cada pueblo, y el rescate de esa diversidad aparece hoy, más necesario que nunca. Nunca el mundo ha sido tan desigual en las oportunidades que ofrece y tan igualador en las costumbres que impone. En este mundo ansioso, contradictorio, descreído y solo, quien no muere de hambre, muere de aburrimiento o sosteniendo hasta el último aliento un celular.
Desde esta perspectiva, cobran fuerza las ideas de Jorge Valdano, ex delantero del seleccionado argentino campeón mundial de 1986 que además cursó estudios de filosofía en Europa, al afirmar en Sueños del fútbol que: “se juega como se vive, somos como jugamos y el fútbol es el juego que elegimos. Niños descalzos en cualquier arrabal de la América nuestra, niños con zapatillas prósperas en un parque de la Comunidad Europea; donde salta un balón se implica el alma de un hombre en proyecto”.
Fiesta y batalla, aplauso y conflicto, el fútbol es una cosmovisión, una “fiesta de la liberación” que moviliza desde los instintos más primarios hasta el éxtasis, tal como lo puntualizó el teólogo Leonardo Boff. Los que miran se involucran, juegan por delegación, más que de un modo virtual sino vivenciando los sucesos de la cancha en carne propia, en el recinto más íntimo de su ánimo. Estos impactos, estas fuerzas son más emocionales que cerebrales, más proclives al fervor que al raciocinio; tal vez porque lo adulto y lo civilizado tienen siempre que ver con lo venidero y el fútbol nos da la ocasión de manotear cierta dosis de placer presente o rasguñar algunos retazos de la infancia que nos devuelve al niño que fuimos y que, en irrepetibles ocasiones, nos conecta con la belleza y la intensidad más sublime. Esta es quizás, no sólo en nuestra patria, una de las pasiones más compartidas por el pueblo; en donde muchos adoradores de la pelota (o de los libros) aunque nunca hayamos sabido jugarla bien, integramos la tele platea comiéndonos las uñas, temblando al ritmo de la selección. Porque en los instantes del partido, sentimos esa pertenencia común y esos veintidós jugadores, durante noventa minutos, el césped de la cancha y la tribuna, son capaces de desplazar al universo. Porque durante ese breve espacio de tiempo “atemporal” brincamos también detrás de una pelota y pateándola, aunque más no sea con la mirada atenta, le demostramos amor y podemos ser felices.
Ante esa llama encendida en el alma de tantos hombres, cabe preguntarse: ¿es posible tamaña equivocación, estamos tan errados todos, en todas partes del orbe, los japoneses, europeos, africanos, latino americanos...? ¿todos somos engañados? ¿acaso a todos nos envuelve como un humo de opio esta ilusión generalizada?
Para quien sepa sondear en lo profundo de las vicisitudes de la vida, quizás el fútbol le descubra verdades del obrar psicológico del hombre o de los pueblos; perfiles de la realidad que sólo las grandes pasiones e intuiciones pueden develar.
Y ahora cierro esta divagación como quien patea el fútbol afuera. Le pongo un punto final con esa melancolía que podemos sentir después de escribir un poema, bailar un tango, hacer el amor, pasar la página o terminar un partido.
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