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Héctor Tizón: Yala, el mito y el Nobel por Rodolfo Quiroga (Jujuy)

13.08.2026 11:40 |  Noticias DiaxDia  | 

Existen grandes escritores que uno busca, también aquellos que los docentes de literatura nos enseñan –con irregular éxito-. Existen otros, que uno encuentra en los paseos erráticos por librerías comerciales, donde nos dejamos llevar por sensaciones de papel nuevo, por promesas entre estantes, y por la efímera satisfacción de comprar y poseer un best seller intacto.
Pero nada de esto ocurre con Héctor Tizón. No se encuentra en esos lugares.

Él fue a mi encuentro, primero, con toda la energía de su mundo literario. El mismo universo que empecé a recorrer al robar una novela del estante de libros prohibidos de mamá: “Sota de Bastos, Caballo de Espadas”. Corría la última época militar, Tizón era un escritor exilado, censurado; era una novela escrita en los ’70, no apta para un imberbe de once, doce años.

Éste fue el argumento definitivo para que emprendiera su lectura a escondidas, de un tirón. Leí lo que no suponía encontrar: la animalidad de una guerra, la fragilidad de abandonar el hogar y las cosechas quemadas, también la intensidad de los cuerpos en toda su violencia y sexualidad, con un castellano crudo, épico. Fue la primera vez que comprendí el drama del Éxodo Jujeño, fuera del relato heroico y un tanto ingenuo que se usaba en la escolaridad. Tuve que releer “Sota de Bastos…” con menos morbo y más curiosidad.

Pero Tizón insistió, llegó también a acompañarme en el miedo a perder todo en pandemia. Maldecía el régimen de encontrar un café abierto a menos de quinientos pasos, la prohibición de abrazar a mi abuela y a mi madre. Había perdido la esperanza de regresar para verlas. Cometí el error de leer “La Peste” de Camus, la alienación de la libertad me subvertía, los protocolos florecían como distopías imbéciles.
Entonces fue Héctor Tizón quien volvió a encender en mí la esperanza del regreso, con aquel primer cuento titulado “Ligero y tibio como un sueño”. Publicado lejos, en México, en 1960. Nadie es capaz de expresar esa esperanza como él:
“Sólo cuando estamos de regreso descubrimos y comprendemos la importancia de todo aquello que habíamos ignorado hasta entonces; la tenue luz del sol sobre el tejado, la hierba que crece a nuestro pie, el monótono cantar de un gallo en la siesta abandonada…”
“Todo era allí como un recuerdo (…). Todo sonaba allí a pasado, a viejo bosque sucedido. Hasta la luz caía como una memoria de la luz…”


Así descubrí uno de los elementos esenciales del universo tizoniano, con todo el filo de sus aristas: aquel del Éxodo, de la angustiosa permanencia en el exilio y de la nostalgia, de la felicidad del regreso. Porque como Proust y Borges, Tizón tiene esa cualidad de crear profundidades existenciales, misterios y climas reconfortantes o crudos, trágicos, invitadores a recorrer su mundo literario.

Yala, “A un costado de los rieles”

¿Quién es Héctor Nicolás Tizón? Su nombre evoca héroes homéricos, antiguos mitos troyanos y santos. Su padre fue Viriato Tizón, jefe de la estación de ferrocarril de Yala, poseedor de una biblioteca de clásicos, nombrado como aquel líder militar hispano que se resistió al Imperio Romano. El tren, los rieles, los libros fueron la conexión del niño al mundo amplio, el traquetear puntual de pasajeros, ida y vuelta desde los valles templados hasta la Puna y Quebrada, y el diario , las revistas de suscripción que recibía cada mañana, todas órbitas de abordaje a lo que sería el universo de Héctor Tizón Tizón no es un simple “escritor de la tierra”, aunque dijo:
"¿Quién escribiría la historia de esta tierra, la verdadera historia, la de su oscuridad y su derrota?"
Fue más bien, un “escritor del tiempo y la distancia”. Tampoco fue un escritor a tiempo completo:
primero estudiante combativo varias veces apresado en La Plata en la década del 50, manifestándose contra la censura de los medios; después abogado, diplomático y al retorno de la democracia, convencional constituyente y juez del Superior Tribunal de Jujuy, desde donde ejerció su firme y misericordiosa visión de justicia.

Pero para conocer a Tizón como escritor cabalmente, hay que conocer Yala, que en aimara quiere decir “región montana” o “comarca”. Una antigua villa, cercana a Jujuy capital, flanqueada por el río Grande o sagrado de Humahuaca y el cristalino río Yala. Multitud de acequias atraviesan las quintas y seis lagunas coronan el pago, en lo alto, en el parque Potrero de Yala. Tres de esos espejos, vedados para la pesca y la caza, aparecen y desaparecen, entre la seca y las brumas; el mito dice que sirenas comehombres las habitan. Cuentan también que, al fundarse Jujuy en 1593, existía ya la encomienda de los naturales yaleños y el fundador, para su comodidad, encontró allí “casa, lagar y chácaras”, lo que le garantizaba el vino y el pan de trigo. Yala es un nudo gordiano, el último beso verde de las yungas antes de entrar en la quebrada, tierra de frontera y de confluencia, pisoteada por batallas de la Guerra Gaucha.

Me gusta pensar que mientras jugaba en esa villa veraniega, empachado de moras y con la infancia agrandada por primos, tíos y abuelos, Tizón se expandía desde ese mismo pliegue vital con las que serían sus obras maestras. Se escucha en ellas su voz evocadora, feliz, lírica, sin tintes de ripio o cargado lirismo. Con sus novelas “Extraño y pálido fulgor”- una historia de amor y engaño por correspondencia- y con “La casa y el viento”, logró que me conmoviera.

Yala fue la patria chica donde Tizón quiso nacer, fue su refugio después del penoso exilio, fue el hogar y la felicidad recuperada con su compañera, la lingüista Flora Guzmán que siempre lo acompañaba.
Yala fue el destino y fin de lo que él llamaba su “vagabundaje profesional”, no había que dramatizar todo. Allí existe su tumba anónima, sin letras y sin lápida.

Una tarde del último verano, recorrí aquel pequeño cementerio del pueblo preguntando, buscándola. Pero el escritor, desaparecido en el 2012, se empeñó en evitar otro encuentro.

¿Quién es Héctor Tizón? Él mismo responde, fuera de su biografía en wikipedia– “Soy cada uno de los personajes que voy escribiendo”.

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El mito en Tizón. Ítaca

Así fue como el destino convirtió a Yala en una nueva Ítaca, desde la que Héctor Tizón y su familia partían, a la que volvían, en viajes infinitos por trenes, atravesando trópicos y océanos. Intuyo que Tizón desecharía por exagerada la metáfora, pero la realidad vital lo llevó a ser un Odiseo, y otras veces, el Homero. Así encontramos la fuerza gravitante de su universo literario: el Mito.

Tizón bebió de los mitos de la tierra y los escuchó de boca de sus niñeras criollas, originarias. Ellas lo protegían, aunque también lo asustaban en las tormentas veraniegas tan frecuentes en la selva jujeña, lo participaban desde guagüita de sus ceremonias y relatos de la quebrada y la altipampa. Se expresaban en un idioma que lo dejó “perplejo”: no era el mismo castellano de la biblioteca de su padre Viriato, estaba salpicado por términos locales y al mismo tiempo, sólo encontró su pureza en pueblos recorridos durante su exilio ibérico. Los Mitos lo sumergieron en el territorio más antiguo: el de la tradición oral. Mitos sin tiempo que reverberan hasta conquistar la propia existencia, y que Tizón supo reflejar en sus cuentos y novelas. Entretejió éstos con la mitología clásica, los situó en Yala y en la Puna jujeña, en un tiempo innominado. Dio vida a sus personajes: gente sencilla con cualidades heroicas en el combate, frágiles en el amor y flexibles en la resistencia. Hasta llegó a ubicar a un Edipo que fabulaba entre las piedras del río Yala, un amante quizás de alguna de sus niñeras.

El Mito es lo que hace a Héctor Tizón universal, la marca de identidad que lo destaca entre otros autores argentinos. A diferencia de aquella literatura rioplatense que busca el éxito editorial, de la que apunta su proa a lo urbano y lo europeo, sus obras se enraizan a nuestra tierra e historia. Se preguntó:
“Si los griegos tuvieron sus novelas épicas, si la creación literaria occidental se edifica sobre la batalla de Salamina, la invasión de Troya, ¿nosotros no tuvimos nuestra batalla de Quera?”

Quera fue una histórica batalla en 1875 en la que nativos jujeños y criollos campesinos de la Puna, se rebelaron contra los terratenientes y anteriores encomenderos, los herederos del marqués de Yavi, reclamando su tierra. Yo me pregunto:
¿No tuvimos diez invasiones realistas? ¿No tuvimos, acaso, traiciones, triunfos, éxodos, y más de un centenar de combates en la guerra de la Independencia? ¿No tuvimos marqueses, dragones, generales, gauchos y sirenas hechiceras?”

“¿Qué otra cosa es el mito? ¿El mito no es acaso una opinión improbable que va en auxilio de la razón, cuando ésta no alcanza? Esto es lo que Platón decía del alma. Cuando la historia no puede (no se anima) a localizar ni datar, acude en su ayuda el mito”
(H. Tizón, Tierras de frontera)

Fue en este cenit de su pensamiento donde Tizón concibió su mítica trilogía de novelas: “Fuego en Casabindo” (1969) sobre la que luego se escribió una ópera, “El cantar del profeta y el bandido” (1972) y “Sota de bastos, caballo de espadas” (1975). Después de ellas su obra adquiere una dimensión más íntima.

El caballero y el Prix de Deux Océans. El premio Nobel

No necesito exagerar, Tizón mismo huía de la desmesura y del lenguaje artificial. Tampoco el hacía alarde de su valía, ni le importaba la etiqueta “escritor del interior”. Debió sentirse incómodo cuando recibió un diploma al mérito Konex en 1984, en la categoría “escritor regional”

En los exilios fue dejando un surco de amistades en los que se contaba Juan Rulfo, Eduardo Galeano, el poeta español Félix Grande y otros notables. En Francia o en Londres, al presentar sus libros le preguntaban:

“- Por qué en Argentina dicen escritor del interior? ¿Cuáles son los escritores que no son del interior? - La verdad es que no lo sé. En Francia a nadie se le ocurriría decir que Flaubert era un escritor del interior o provinciano porque vivía en Rouen. William Faulkner vivía en un pueblo donde nadie sabía que era escritor, al punto que cuando murió “el borracho Bill”, el alcalde tuvo que explicar, para que cerraran los negocios del pueblo cuando pasaba el cortejo, que “Bill es el premio Nobel”. Aquel pueblo de Faulkner, llamado Bayhalia en Mississippi, no pasaba de los 500 habitantes.

Fue el gobierno francés quien primero lo reconoció, otorgándole el título de Chevalier de l'Ordre des Arts et des Lettres (Caballero de la Orden de las Artes y las Letras). Valoraron su contribución al prestigio de las artes y las letras en Francia y en el mundo con esa distinción, aunque Tizón no había recalado en Francia en su devenir profesional. Apenas hablaba el francés, pero la traducción de gran parte de su obra ejerció una fascinación entre la crítica, esa mitología de fuerte raíz andina y universal en su temática existencial. Y si en París hay una moda literaria….

Cuando publicó “Extraño y pálido fulgor”, recibió el Premio de los Dos Océanos a la mejor novela de autor latinoamericano (Prix de Deux Océans), en 1999. Con un precioso discurso "En un lejano arrabal”, título muy tizoniano, acepta el homenaje de una de las grandes capitales culturales, pero se presenta a sí mismo como un hombre que viene de un lejano arrabal, Yala. Desconozco porqué escogió el término “arrabal”, quizás como una concesión al costumbrismo rioplatense

En el 2004 llegó el reconocimiento tardío – casi como secreta reparación- y le otorgaron el Konex de Brillante y Konex de Platino en la categoría Novela (quinquenio 1999-2003).

El año pasado, en la Feria del Libro de Jujuy , dimos una charla “Mirada sobre la Literatura Jujeña y del NOA” y el plástico y escritor Sergio Zago, especie de guardián legendario del arte jujeño, mencionó la participación de un jovencísimo Tizón en la revista Tarja, hito fundacional de nuestras letras. Luego deslizó que Tizón fue candidato al Premio Nobel. Hubo un silencio prudente, en mi caso absolutamente ignorante. Reparé en ese comentario, pensé que se trataba de otro mito al que Tizón nos tiene acostumbrados. Crípticamente, con oficio de escritor, Zago me respondió: “Fue realidad pero esas realidades suelen ser ocultadas”. Es cierto, las candidaturas al Premio Nobel se mantienen secretas por cincuenta años, aunque trascienden con fuerza de imparable rumor, como una antigua tradición escandinava de la que Borges, eterno candidato, fue víctima o beneficiario tantas veces.
Yo tampoco necesito exagerar: así como fui a buscar el acta de nacimiento de Héctor Tizón hasta las Termas de Rosario de la Frontera, así como salí frustrado al no encontrar su cruz y su nombre en el antiguo cementerio de Yala, encontré varias entrevistas en diarios nacionales y del exterior sobre esa postulación al Nobel, en el año 2005.

El olvido es la forma más cruel del exilio

El olvido de los propios paisanos, es un exilio más definitivo por no ser físico, un desafío para un escritor que trasciende, una sombra espesa con poca esperanza de retorno. Un ostracismo inmerecido para el admirado Héctor Tizón. En un próximo conversatorio en la Feria del Libro 2026, los escritores de Ahora o Nunca Jujuy, procuraremos traer su memoria a escena. Estamos legitimados porque lo conocimos, porque la sede de nuestras tertulias está en el pliegue mítico de Yala.

Leer a Tizón es volver al hogar. Es entrar en aquellas habitaciones de la memoria donde todavía viven los sauces, los ríos, las voces familiares y los silencios de la infancia.

Es volver a “Extraño y pálido fulgor”. Es volver a “La belleza del mundo”. Es dejar que sus palabras nos recuerden que, mientras exista la memoria, ninguna tierra está perdida. Todavía poblamos la antigua villa y sus mitos. Aunque el tren no corre ya, aunque la estación de Yala está abandonada.
Solo basta leerlo y dejarse encontrar por Tizón.



Rodolfo Quiroga
Nacido en 1971 en el jujeñísimo barrio de Los Naranjos, en una familia de docentes de las letras, escritores, músicos y actores. Lector ávido primero, ingeniero industrial (UBA) después. Movido por su vocación humanística, completó en sus años porteños el grado de bachiller en Filosofía en ocho cursos de verano de la Pontificia Universidad de la Santa Cruz, Studium Generale Argentinae donde adquirió el latín y nociones de los clásicos.
Colaboró como editor y corrector con don José María Fontán Gamarra, miembro del
Instituto de Cultura Hispánica en la crónica "Historia Gráfica. La Cumbre. Córdoba (19002000)”. Impulsado por el grupo literario "Ahora o Nunca Jujuy" hizo diversas publicaciones en antologías "Senderos de la Memoria II" (2023) y “Testigos del agua” (2025) y “A la luz de los ancestros” (2026). Escribe ensayos en diarios digitales y revistas nacionales , como ser “Mirada sobre la literatura jujeña (desde el exilio tucumano)”, “Veronico Cruz, un héroe”, “Monumento a los Héroes de la Independencia. El coloso de bronce.”
. Escritor y explorador en la tradicion literaria jujeña y rioplatense, procura profundizar y también divertir con sus ensayos y narrativas, no siempre cándidas, pero amigables para el lector corriente.Es miembro del Capítulo Jujuy de la Academia Norteamericana de Literatura Moderna, promoviendo la identidad cultural y la lengua castellana



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