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Perder el sur. Valeria Correa Fiz. Por Pablo Queralt

26.02.2025 17:00 |  Noticias DiaxDia  | 

Recordar lo que no había imaginado, como es eso que uno recuerda? es lo que realmente pasó o lo que uno imagina que pasó? o lo que ni siquiera hubiese imaginado? En ese malentendido va la memoria haciendo su ruta con su secreta herramienta, con la precisión de las estaciones de un tiempo que teje las distancias con las palabras en el oficio de olvidar lo que se ama hasta en las pérdidas. Perder el sur es también el coraje de marcharse a ningún sitio, detenerse en la locura hasta que uno mismo se tiende al sol con la felicidad de un perro, cuando el universo mueve los decorados grises en lo gris, y lo corpóreo indaga, espera, pierde los contornos en el movimiento para encontrarlos o reencontrarse con el hilo de Ariadna, es difícil salir del laberinto, estar perdido. Hay un movimiento en este conjunto de poemas como una ruta donde se va con un auto alquilado son los versos de imagen en imagen, donde hay un desierto, campos amarillos, un reflejo plateado, animales muertos al costado del camino, toda una escenografía del road- movie, tierra roja pegadiza, zapatillas sin cordones y las abandonadas, porque se trata de un abandono, de quien se va y quien queda. Parar para fumar para contemplar, cavilar, contar la vida en monedas lo que se deja y lo que se busca, lo que se mira con deseo allá donde los ojos alumbran. Se va en un sueño americano porque se sabe la dulzura es un arma poderosa, como el beso, la lengua en la lengua de otro. Un pensar el mundo en latitudes, sur, norte, este, oeste, carnal, donde se renace en el corte del otro, para ver lo que a nadie se le enseña, pronunciar un nombre para saber quién se es. Una zona ombligo del ser- no ser en territorios de universos explorados en el corazón de intensidades de sentidos y sentimientos habitados en el lado de la sombra delas cosas, lo que se rechaza, el mundo de lo áspero, secuencias del drama por rutas furtivas, ropaje y centro del poema que avanza, en el revés, en lo curvo del despeine de lo que se ve y la vigilia borra. Adentro de la corporalidad del poema va lo incorporal atrapado en el acontecimiento del encuentro, la ordenación y el eje de lo primordial. El cuerpo como intersección de componentes, en una autopoiesis trabajando juntos el cuerpo propio, el cuerpo fantasmático en configuraciones cambiantes, seno de ritornelos, lo imaginado y lo recordado, lo vivido, como esquema de un soma en verdaderas máquinas de sentido arrobando lo que alimenta y es combustión de los sentimientos, en el mundo de la incontinencia. El ritmo desbocado que se ordena y reordena, las extrañas posturas, el espejo que no importa, la respuesta es respirar para estar a salvo del mundo de los vivos. Al fin quien puede vivir siempre con los ojos abiertos. Irse, perder ciudades como perder un reino: un exilio es el temblor del cuerpo, encontrarse con la pérdida. Como una espuma blanca que deja la estela de un instante que no desgarra en lo efímero de su belleza. El fervor de estrellas que se lleva consigo, la cifra nocturna de una luz que pone el horizonte. En una verdadera estética de recomposición, en territorios parciales y campos de alteridad, constelación de lo consciente y lo inconsciente maquínico del ambiente que va con uno.



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