cultura-de-jujuy-a-tierra-del-fuego |
Pastizal de Yanina Audisio. Por Pablo Queralt. Editorial detodoslosmares
29.11.2025 10:37 |
Noticias DiaxDia |
Captar el lenguaje, sus raíces en el aire, dar con el rio, la mojadura, la soledad allí donde todo sucede y no siempre de la misma forma, señalar el lugar del tesoro en una randomización de retazos vividos, primeras palabras que jugando con el vacío de la boca, son la apetencia de bestia viva sucedida con impronta presente “en las cosas cada esencia”. En cada poema expande ese territorio existencial hacia una geografía emocional en palabras que esconden para sorprender, fascinar y sucumbir como pedidos de socorro. Como testigo de distracciones domesticando lo desconocido, a velocidad de ser en su ser mismo como máquina de sentido que se considera y bombea tambaleando, tartamudeando al corazón lo que huye para adentro y sale de un solo resplandor como suspiro de lo que se absorbe, se incorpora, nutre. Sonido, cuerpo, tormenta, música, viento dan la medida del abrazo, como pájaro en uno, la agotadora indolencia, ser en todo y allí el sí cósmico, el para-sí subjetivo, palabras ancladas en los gestos, sentidos, los hechos y los sentimientos de universos extraños y familiares. Fisiología del alma del cuerpo y sentidos corporizados auscultados órganos y percepciones de ceremonias y espíritus, fantasmas de infancia, sueños inconfesos lleva como un carruaje el poemario.
Oscilando entre lo corpóreo y el sentido de lo que se mira y el inteligible que comprende.
“En la boca, un puñado de palabras busca recuperar el agua.
La que atestigua no se aparta, no se fatiga.
Observar requiere una distancia mínima,
una trampa que al cerrarse
dicta lo mismo que la caricia: escapatoria no hay.”
Una sabiduría de bosque, la naturaleza como elemento revelador, en esos flujos van las categorías tiempo-espacio, en una relación existencial, animados por la voz de la poeta-voz de la naturaleza marcando ritmo y velocidad. Un cuerpo “rizomatizado” por una intersección de componentes de sentido y ritornelos hacen la máquina creativa. Hace ecosistema el conjunto de poemas sentido y sentimiento decodificados en la travesía rimando tiempos y espacios, mitad alma, mitad cuerpo, mitad naturaleza dando el sinécdoque. En ese flujo la efusión hace su territorio existencial, el universo incorporal latente allí, singularizando la estética. Están allí las maquinas “deseantes”, la consistencia enunciativa, en cada coordenada que trabaja para existir y marca una danza. Poemario potente anclado en el corazón del devenir en un existir en nosotros.
“Tuviera que escarbar en un territorio
alumbrado por la maravilla y señalar:
nuestro cuerpo,
el aire que es de agua
suspende en el tramposo laberinto del oído
una palabra enardecida,
oscuridad que se prodiga en desgarritos,
terrones del jardín donde no me esperabas
y la traslúcida espesura que llaman espíritu
abre la carne como una semilla.”
En estos versos se encabalga un trueque- cambio de fichas entre el adentro y el afuera en una fuerza atroz, como dos formas sella drenando, poniendo una voz a todo. Escritura polifónica y a la vez intimista que busca dejar constancia del amor, sellar ese tejido. Dejar memoria de cuando el cuerpo en el movimiento incesante pierde el paisaje, modelizando nuevos estados. El compás interior para nada separado del exterior, viaja en ritornelos, receptáculos, impasses, la sensación en la materia. El oído del corazón en la canción de las piedras como estaciones del mundo, un mundo donde se está fuera de este y a la vez observando este. Es un poema de amor, tanto del amor unitivo como el universal hacia todas las cosas, lo que nos dice el río en esa ingravidez: saber escuchar su escándalo de luz, lo que besa el aire, su agua estremecida. Es en ese pastizal donde se ha olvidado la ruta, y la marca queda encarnada donde cabalga el brío, una verdad, una segunda sangre que busca su cauce.
Nunca digo te quiero antes de escucharlo.
Recién entonces declaro, como si capturar
un eco para iniciar una canción. Siempre es verdadera
y el otro se mece extasiado.
Sigo así: extrayendo de la boca
un puñadito de brasas incandescentes. Las coloco
sobre un pastizal. Allí el viento ha olvidado su ruta.
En esa marca quedo encarnada. Y si se acaba el terreno
donde cabalga mi brío, sobre el lomo vuelven las brasas
a cobrar con ardor su chisporroteo.
Todos mis amores llevo en el cuerpo:
cuenco impregnado de pétalos ineludibles.
Abrojos, sus miradas del final. Duelen, existen.
Alumbramiento del néctar, hay revelación
porque hubo desgarro.
Aquella verdad punzará bajo mi piel
en una segunda sangre que busca
su cauce con terquedad. Quiere para siempre,
sin pronunciarlo.
Las piedras escriben con palabras veloces
corro a leerlas se mezclan en el cielo y hay que aprender
cuando ellas se van con las nubes es decir de la página.