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Monteverdi variaciones sobre el deterioro de Lucas Margarit. Por Pablo Queralt

26.02.2026 15:39 |  Noticias DiaxDia  | 

Venecia en lo oscuro de una oscuridad donde flota un ataúd entre barcas, la nave va, sin ropaje, ni velos ni mortaja va, en un movimiento veloz que nos acerca a la muerte. Abrimos un diario con sus páginas que el músico de la corte nos da a conocer venciendo al silencio y a su vez a la vejez con su sentido. Invierno, desdicha y llanto son sinónimos que inundan el cuerpo del texto, son papeles, vestigios del derrotero, un sentir más la muerte que la vida, en un ir del corazón a los asuntos, donde no se perdona la vida oscura, donde inventar un canto que salve, un escarbar para recuperar la potencialidad de la infancia en oposición a la decrepitud, en la peste encontrar un sonido que escribir. Un volver o imaginar, soñar con un volver a los brazos fraternales, a la CASA, esa triste belleza que acuna el dolor y la pesadumbre que solo la música redime. Es un poemario, liturgia de pasiones y desgracias, un madrigal que no deja esperanza, el rincón más frio, la desolación, anclado en el corazón de cada dominio. Vida de un creador, descubridor de sonidos, voces, sinfonías, entre olivos, ríos, buscando la misericordia de las horas lánguidas de la tristeza como un dulce anzuelo. Como alguien que se contempló triste cuando cantó. Palabra y ruido, escucha de ese movimiento que es el ruido del mundo, en una égloga, llena epifanías, en una voz que atraviesa la niebla, con imágenes contrapuestas excelsas plenas de potencia dan la intensidad de friso, de paraíso arrasado y sepulcro, niebla y frio, que habita el ser en un retrato perdido, en un comienzo de morir. Monteverdi o Margarit tira alegorías busca clivajes donde la eternidad pueda coexistir con el instante vivido en su versificación creando un ritmo, una tensión de sinfonía, territorializa recorriendo la pasión que es una sola cara, aunque transita la bipolaridad de la dinámica alegría imaginada- tristeza en los sonidos de las palabras donde se desvanece, mecido por el ritmo de las aguas y lo que duerme en el silencio de cada murmullo. Como repetir el sonido de lo que se escucha, oficio del buen músico, buen poeta, es el acorde del poema. Sombra y sonido de la sombra, partitura sin terminar, réquiem escondido en el silencio, el sombrío canto de la ninfa y el olvido de todo al mirar detrás de la tristeza, un preguntarse, un descubrir en una ciudad o mundo perdido? Ayer como ahora. Es un compendio amplio del sentir y del viaje del sentido fragmentado en conjuntos de versos cortos, otros prosados. Hace el poeta una máquina estética con la pesadumbre y su triste pasar por el territorio que le toca, una musicalidad, tono que el poeta reterritorializa, da vida y dice esto es Monteverdi. Todo es sonido, es un poema audible, sus objetos reliquias, pentagramas, el cuerpo de Orfeo, en el ámbar del rio, el sepulcro, secreto del boticario y médico, la cara del que mira y escucha. Es deambular en el rezo como un fresco por calles y riachos venecianos que sigue el canto, la esencia del músico que hace bella la tristeza, y permite comprender el sentido como palabras abandonadas para leer otro lamento. Ariadna en Naxos ocupa cierta centralidad en la obra con la sonoridad de sus pasos como imagen de todo lo que no es oscuro. Hay una dupla performática estética en marcha: oscuridad de lo oscuro- luminosa piedad que trae la música a lo largo del recitado, sin orillas, ni cielos, ni patria, salmo como un caballo que pasa y no se detiene, y anuncia otro canto “el nacimiento de lo que no tuvo muerte” rimado en tiempo y espacio de los compases asimilados.             
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
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