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Arroz. Fernando Ayala. Por Pablo Queralt
06.03.2026 11:59 |
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Bienvenidos todos a la fiesta de la palabra, hay una para cada uno, la del color y la pasión que quiera, vamos en ellas, que seriamos sin ellas suaves, fuertes, erguidas, sombrías y brillosas, pasen y vean, nos dice el poeta como un gran animador a las puertas del teatro. Es que el teatro de las palabras no puede esperar. Decir amor sobre el papel porque todo lo demás ya está escrito, desde el lugar donde todo acaba y comienza con la historia que escribimos, donde las palabras esperan para ser habitadas en el viaje que deban afrontar para observar, la paz de un instante, del aire, de las chicas paseando, del caer la tarde, del prodigar de los besos, la foto del lugar que permanece en la memoria hasta extraer su sentido pleno. Un calendario que se juega entre el sueño, la utopía y la injusticia. El deseo que busca su camino a lo largo de todo el poemario por el bien anhelado, soñado, marcando el ritmo, el tono, la melodía del melodrama. Montando un escenario que da máquina a esta composición estética que muestra el mundo del sueño, de la realidad y su contraposición, presente en todo ser que quiere existir como forma de liberar sus sentimientos de lo mandado, lo ordenado, lo convencional para existir más allá del “deber” de consumir, de ser triturado. Un ritmo, que marca una intensidad y musicalidad que va territorializando riquezas existenciales. Modalidades maquínicas ponen en evidencia la oposición de valores del deseo o estéticos singularizando enunciaciones de potencias y diferenciación. Parar la mente y crear posibilidades es el leitmotiv para esta patria de muertos vivos a la que cantaría Charly, el músico que sabe de los fines de mundo, de niños separados de la madre, de los guachos, del tiempo lento, de su mundo que crece “oscuro firmamento” donde debe haber luz, se intuye, se desea. Efectos maquínicos en la escritura: Eco nomía, arte facto que visualizan la imagen del friso, “uste o pior” enriquecen el decir, en un ir y venir de voces y tonos que a su vez plantean 2 o 3 o más inteligencias. Para saber de qué hablan los nombres, al fin son las palabras, ¿de qué hablan? que quieren? Allí en cualquier esquina para darle dulzura y voz al corazón para que sea ancestral, en el movimiento del alma, son ellas las palabras y en el poemario se las ve moverse como el caballo de Lezama Lima levantando el polvo, para que el poeta haga su canción, su poema, la piña que te manda al hospital. La sabiduría del poeta que nos dice:”la mente manda” la suelto pero no la corto, me sirve “la máquina funciona porque alguien la creó y ese no fui yo”. Como quién buscando el olvido se da a la bebida en un leerse el libro de un saque que te da sonrisas con los dedos, el avatar del yo solo, caricias, el recuerdo de una última vez, porque el amor es así y el poeta entiende ese despertar de cama ancha. Conoce el secreto que la ciudad no puede devorar, cosecha la utopía, el sueño, el sonido de las vocales para volver a ser camino, recreos de ensueños. Navega el silencio entre verso y verso, ese que va entre la mente y el corazón, y allí en su sitio elegido pone su bandera, para besarle los pies a Dios y cantarle su canción. Negro sobre negro, el negro es efectivo, un cheque al portador, siempre paga como el tic-tac, el bobo que no descansa y sabe de números y de qué hablamos cuando hablamos de amor, ¿y cuando hablamos de tiempo? Y después dicen que no da certezas la poesía, si este poemario no es certeza no sé qué será la certeza, la certeza de vivir hasta que nos lleve a la muerte de la cual la mente no da respuesta y la poesía y los sentidos intuyen, pero no aclaremos que oscurece. El poema fluye en su capital de emociones, con sus universos de valor, su implosión mental, conjurando situaciones más allá del espasmo.
Arder, arder, arder, sin pensar.
Sad but true, sad but true, sad but true.
Años de calesita, con la sortija al cuello
con caballos enclavados al frío metal,
con los dientes fijos para morder, sin poder.
El niño aferrado a una ilusión, cree que hay tesoro
escondido; que hay humo bajo el agua, que hay
fiebre sin locura y alimento en el veneno.
La mente aburrida se engaña, subida al placer
de cabalgar, encalla. Río por momentos y sé,
que la felicidad y la tristeza, son sólo por hoy.
Así se pasa de palabra vacía a palabra llena y en ese interfaz cósmico en el control de los hechos, gestos, sentidos, anclados en lo escrito, es al fin la palabra, la fiesta. El noble servidor sabe que perder el hambre es la única necesidad. Todo lo que cabe en un grano de arroz. Quién sos es la pregunta que ni el DNI contesta, función denegada dice la mente aburrida que por no claudicar sigue el simulacro.