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Homenaje a Alejandro Nicotra (Sampacho 1931- Villa Dolores 2024). Donde duerme un secreto transparente, por Alfredo Lemon

23.04.2026 11:52 |  Noticias DiaxDia  | 

 “Estas son mis noticias de agosto/ fragmentarias: /las de quien sobre el fuego y las noches ve una flor y, /simplemente, /la nombra”

Poeta de la palabra absoluta, Alejandro Nicotra fue sin duda una de las voces más precisas e importantes de la literatura de Córdoba y el país. Despojado de toda grandilocuencia, pareciera que el poema es, para este autor, un diáfano diamante que es necesario pulir con el oficio de artesano, de un orfebre. Así como Baruj Spinoza labraba con aplicada devoción los cristales de sus lentes, su aguda pluma, tensa cada palabra, cada estrofa de su obra, hasta lograr la más pura eficacia: “¿Eres, /cuerpo de ópalo, el espíritu /del sol que ha caído en la piedra? / ¿El rayo de una rosa en el leño? /Norte o sur, no hay distancia, si te busca la muerte.”

Se trata de una poesía extremada, un impulso ascendente como si el mundo percibido por los sentidos y captado con vigilante conciencia, fuera llevado a un borde, fuera puesto ante lo último: “A orillas del silencio y las palabras, /entre los gritos altos de la ciudad, /mi vida se confirma y se deshace /en un cuerpo de humo.”

Sus versos son paisajes de una sobriedad superlativa, sitios propicios para que las palabras conjuren la perfecta dicción de una estética concentrada en sí misma que puja por justificarse. Lugares, escenarios naturales arrebatados por una fuerza sensitiva de quien es capaz de expresar y transparentar, una vida interior turgente de ritmos anímicos y contradicciones…“Fruto del hielo, estas distancias. / ¿Nadie lo prueba? /Pero yo muerdo en su carne sin nombre/ perdiéndome -y hallándote, /disueltos en el solo sabor.”

Hay zonas de nadie para rimar el pulso de los días; hay silencios desnudos para los vértigos exactos de las horas. Despertares, mañanas, montes, arboledas, patios, galerías. Si bien cada secuencia nace de una determinada situación histórica individual, supera su intimidad abriéndose al todo, dejando su huella inmediata: “Astros, corona santa/ hecha toda de dispersión enorme-/ pues huir y otro huir se equilibran, /sobre tu cabeza resplandece intacta /al fondo de la noche”.

El verbo en plenilunio
La exploración del lenguaje hacia variadas direcciones despliega un abanico de motivos abiertos a las revelaciones, un juego de claroscuros observado por una mirada lúcida; ya sea en la inapelable afirmación como en la duda. O en la convicción de que el presente movedizo, irrepetible, puede volver, transfigurado, en una escala circular: “Cuando cae la escarcha de los techos, /ella vuelve, fuego rosa, a sus árboles; /y grita un primer pájaro... / Invierno o primavera. / Hora fénix, que la muerte resigna /aún a su amante, el fiel del alba”.

Son tonos de sed y cansancio, ansia y desamparo, tiniebla y hechizo. La página es el lugar de una fiesta donde el oficiante agita las voces de la vida y de la muerte, del cielo y su tormenta: “¿Ya son los árboles invernales? / La pregunta regresa, /con más razón ahora. /Como de otros labios, /la escucha el hombre;/ sin sonido, parecida a algún pájaro/ lejos, sobre las cumbres. / Son invernales. / Los árboles en el alba, /tras el reflejo de una oblicua luna/ que aún se despide...”.

Si hay una hermenéutica que, como refiere Susan Sontag, necesita una erótica del arte, la entrega de Nicotra la pone en evidencia. El lector llega a aprehender el texto hasta gozarlo, tomar las palabras como frutas frescas agradables al paladar, sentir la ebullición de la garganta al pronunciarlas como un magma verbal, los labios sintiendo la inminencia del sonido y las pupilas que las leen -diría Roland Barthes- con “el placer del texto”: “En la ávida noche de las ciudades /acechamos a la hembra de mirada feroz: /la que vaga entre las ruinas de un tiempo/ que ella y nosotros compartimos /como un sueño o una creencia errónea. /Ahora con odio y con amor nos buscamos, /ella y nosotros, /más allá de la nostalgia y el deseo, /urgidos por un ansia, /última, /de selvas o cenizas”.

La luna y la mujer, los párpados de piedra y el susurro de la nieve sobre las altas montañas, la mutación y el devenir de los diferentes ciclos, son alegorías recurrentes. Incluso ciertos discursos nos elevan a la cima del alma, a donde el hombre asciende no sin “temor y temblor”; porque si toda ausencia es angustia, ciertas presencias con tanta claridad llegan y duelen. “Sube desde el ubicuo centro /que en las plantas se nombra como raíz u hoja y como cerebro o corazón en el hombre. /Sube a estallar en la flor, en el abrazo, en la palabra: /su intensidad es su sentido”.

El amanecer y el ocaso, el fulgor y la duermevela también se repiten. Aparecen entonces, presencias intangibles, musas desnudas, espectros que esbozan sus perfiles desde el papel y exigen ser idioma, expresión candente. “Sobre el alcohol y los poemas no escritos /-dices- cayó uno y los otros caerán también, si no han caído aún /con los ojos quemados por la soledad, /todos seremos destruidos /y no sé si algún verso/ valdrá, como pensábamos, estas muertes”.

Coherente consigo mismo y con una labor que no ha variado en su temática fundamental, los objetos cercanos resurgen en el lenguaje que el poeta celebra desde el íntimo ámbito de su biblioteca en su casa de Villa Dolores o desde cualquier bar frente a una plaza, cuando deja divagar su yo delante de una taza de café alrededor de la cual gira el eje del mundo mientras fuma su pipa: “Cae una cortina o un párpado, /y la vidriera, con su trozo de plaza /-niños, verdor, metales-, /es de súbito, noche. (Hay /por un instante, un resplandor /final, violáceo: el del jacarandá.). /Afuera, la mañana. Los otros.”

Son ecos, reflejos de la luz, composiciones de rotundo esplendor. Entre la insoportable fugacidad del ser y el arraigado deseo del escritor por nombrar el instante para siempre, sucede la inspiración. Resulta evidente, sin embargo, un puntilloso proceso de depuración que en el hacer sobreviene. Utilizando metáforas delicadamente equilibradas, tanto la emoción como el intelecto alumbran los crepúsculos, los cuerpos de la vigilia. Cada línea resulta un sortilegio, una totalidad, un cosmos encendido para la boca que desea decir el nombre certero de las cosas, el sentir del misterio: “Tensa la noche su arco, norte a sur, /apuntando el alba. / (El alba, / ¿quién me grita en su carne /el llamado mordiente del cielo?). /Pon mis dedos en tu cuerda de sombra; /mi mano, noche, ávida de luz”.

Tarea a cumplir
Llega un punto en que las revelaciones son obsesiones, aventuras y riesgos del sentimiento, heridas, sal en los labios obstinados en cantar, cicatriz en la llaga existencial. Intuyo que es ahí donde la presencia de la mujer (qué mejor manera de imaginar la poesía) armoniza el universo circundante y como con un puñal de furia es capaz de redimir al hombre de su historia triste. “Mujer, seno de marzo: /con el grito de un pájaro se abisma el tiempo; /y no el agua, /mi muerte es quien sonríe /en la hierba, a tu pie”.

Un timbre de contenido erotismo hace vibrar las cuerdas del cantante en relámpagos intensos, breves certezas hurtadas a la fugacidad. En otros versos antológicos, desde el más nítido horizonte del amor, murmura: “Apenas unas dunas /que sobrevuela un pájaro /y un caballo contempla desde su blando límite. /Alrededor, el cielo. Las distancias. /Un sol sin sol, un viento oculto, /mueven su cálida respiración, apenas. /Uno sueña las fuentes. /Despertarlas con crines y con furias. /Cavar con cascos hasta el grito. /Sólo es posible enredarse las alas en espinas /y morir”.

Como en una oscilación que se debate entre la espera y su martirio o entre el génesis y el apocalipsis del momento, los destellos surcan la penumbra del penitente y sólo el presagio de la luna en un cielo de nostalgia puede aplacar tanta angustia, tanta desazón por dejar de permanecer. “Ya un parpadeo de brasa que muere, /es el palpitar de la noche. /Y lo que fue aparición /-espectro o veste de una luna- /no más que huida, pie de escarcha. / Otro será el azoro que prepara esta hora /Ahí, cuando en las cimas quiera saltar, sobre el valle de invierno, / tu salto: ojos y garra”.

Todo se renueva y el conocimiento de las cosas próximas (las montañas, los leños del hogar, la nieve -precisamente lo más frío y más blanco-, el transcurrir del presente y las distancias, la cena sola, las grietas y los círculos...) conforman motivos de búsquedas de exploración metafísica, y los fantasmas danzan su lógica de enigmas hasta desvanecerse en espejismos: “Al pie de la antena de hierro /que escucha sin tregua a la ciudad,/ habla, muere en un cuarto blanco /y negro./ Alguien: /mi espectro./ Destino mío sin cumplir, /él lo padece ahí, /ahora. /Muere sobre los poemas no escritos. /Torpe la lengua entre los dientes de piedra, /lo que ya nunca habré de oír, /eso dice.”

La percepción del profeta cifra la fragilidad que conformamos; es entonces cuando atisbamos con William Shakespeare, que somos apenas un soplo en el viento del tiempo, cenizas del olvido. Es cuando la razón se sensibiliza y dicta: “El sur /abre en el alba su cumbre traslúcida; /y todo en torno, es hoja /a la deriva...”. Y también cuando alude: “Como un sabor, la incierta cualidad de la luz:/ su dejo a una promesa y un desierto sin tregua, /sobre la huella blanca /que ha tendido la noche...”.

Última cita


Alguna vez el poeta reconoció que escribía “en un estado de trance” intentando convocar (o acaso ahuyentar) las visiones que lo acechaban. Y emergían después, tras de un arduo peregrinar por los senderos del espíritu, escenas, pinceladas sugestivas al tipo de un dibujo oriental: “¡Vértigo de rota luz! / Un pájaro grita en la grieta el adiós: /como si el cielo fuera a huir.../Y sola, cada nube se cierra sobre sí misma”.

Como intenté sugerir en este muestreo, Alejandro Nicotra renueva en cada lectura, la lucidez artesanal del sabio, capaz de conjugar la equilibrada sinfonía del cosmos con el latido más íntimo de un corazón iluminado; el cuño personal de un estilo que perdurará siempre por ineludible. “Ella está ahí, esperándome, a pocas cuadras, en la plaza final: / yo camino, despacio, abierto al mundo de la acera -sus árboles, sus pájaros- por si me entrega aún una palabra, /ya última, que darle: ofrenda, sí, de reconciliación.”


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