Javier Adúriz
(1948-2011)
No tuve tiempo, no, de conocer tu ciencia, la sístole y diástole de tu paso por este mundo, no fue suficiente con haberte visto una vez y el que ahora descubro en tus poemas, el que me lleva con devoción a seguir la corriente de tu río por el cual fluye tu decir compenetrado con los dones de la vida, la idiosincrasia de la creación, la naturaleza de tu enseñanza, la humildad frente a la burda soberbia de los que rebuznan en el bronce, la palpitante sensibilidad de tus hallazgos, el sonido de ese silencio proverbial que acompañó la reflexión emotiva de tu filosofía contra el parche en el ojo de la metáfora vacía, el oleaje de lo diverso, el revés de la trama, y tu admiración por Marechal, Apollinaire, y Giannuzzi. Porque escribir es llegar a la otra orilla, dijiste como una sentencia, una máxima indispensable que justifica la construcción colectiva, ni más ni menos que eso. Pero, no, no tuve tiempo para retener tu infinita riqueza humana, no fue posible, apenas pude acercarme a tu cuerpo rodeado del cariño de los tuyos, pensar en tu herencia de magia y poesía, en tus libros que no me canso de leer y masticar como si fuera el alimento que me entibia el alma, y no pude Javier, te digo que no pude, no me alcanzó el tiempo para ser tu amigo.
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Ernesto Goldar
(1940-2011)
En algún rincón de la memoria tengo atesorado el primer encuentro con Ernesto Goldar. Fue en una librería de la Av. Corrientes cuando tuve la ocasión de adquirir su libro de ensayos: “El peronismo en la literatura argentina”. En ese texto elaborado con el rigor analítico que lo caracterizaba, sentí que Ernesto estiraba su mano para estrechar la mía, más allá de la presencia física que tuvo lugar varios años después. En efecto, cuando lo conocí personalmente en la SADE, él estaba entre los asistentes de la reunión de AERA conducida por Alejandro Drewes y Silvia Long-Ohni. En esa oportunidad, leí una serie de poemas que concluyeron con el dedicado a Juan Gelman. Al concluir, Ernesto se me acercó y me estrechó esa mano que había quedado pendiente desde el primero de sus libros que tuve el placer de leer. Desde entonces, era muy común encontrarnos en distintas veladas donde hacía honor a su amistad, al intercambio de ideas políticas y sociales afines, y a ese fervor que compartíamos por la poesía. Ernesto, era un verdadero compañero de ruta que nos brindaba su cariño y su sabiduría. En cada uno de los lugares que frecuentó, su imagen ha quedado grabada para siempre. El docente universitario, el notable escritor, el poeta apasionado, el porteño arquetípico, el discípulo de Arturo Jauretche, el biógrafo de John William Cooke, el hacedor de un estilo paradigmático. Ernesto Goldar, pertenecía a la galería de los grandes hombres imbuidos de una humildad conmovedora que se eterniza en su obra que debe ser divulgada, porque su perspicacia de fecundo intelectual y hasta su fino humor, han construido uno de los mejores testimonios literarios.
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Jorge Luis Estrella
(1944-2014)
Pasan las horas, los días y los meses, y la noticia me sigue golpeando desde el momento en que me enteré que el entrañable Jorge subió a su nube y enfiló hacia la estrella que lleva su nombre. Recuerdo que lo conocí en un bar cercano al Parque Centenario, después nos fuimos encontrando en innumerables tertulias literarias y nos convertimos en amigos inseparables. Él me decía que era agnóstico y yo siempre lo consideré un ser angélico porque solo había que observarlo para percibir las alas. Jorge tenía una sensibilidad extraordinaria y siempre buscaba el entendimiento, la reflexión, el puente que tenía que prevalecer entre los seres humanos. Sus enseñanzas, su talento, su bondad infinita eran algunas de sus facetas más valiosas, y al cabo, todos tenemos una parte de él, una señal que nos distingue porque fuimos la prolongación de su familia. Y no hay un día que falte en mi pensamiento, es como si su duende genial y noble, estuviera acompañando mis desvelos con un sentido juguetón de la vida, ese recurso que también respiraban sus poemas inspirados en la melancolía de su temperamento que tanto sufría por el dolor ajeno. Yo lo veía como a ese hermano que soñamos tener: humilde, sabio, portador de una ternura celestial inigualable. Por eso, Jorge forma parte de mi vida, lo presiento en cada momento para compartir una carcajada lejos de su habitual tristeza. Es que para los que lo apreciamos sinceramente, su fragilidad nos hacía rodearlo para protegerlo de todo, hasta de los que lo ninguneaban en sus recintos elitistas porque no entendían la profundidad de su lirismo. Y así pasan las horas, los días y los meses escalando cada peldaño de esta escalera que alguna vez me llevará a conocer su estrella. Mientras tanto, te ruego Jorge: amigo querido, que me sigas alumbrando con esa luz que conmovió a mi espíritu desde el mismo día en que te conocí.
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José Emilio Tallarico
(1950-2019)
Parafraseando uno de los títulos de sus poemas, José Emilio Tallarico fue huésped y testigo de su propia magia poética. Su inteligente acerbo le permitió concebir un universo pletórico de hallazgos y percepciones líricas que le dio el tono a su capacidad natural de observar la vida a través del fino mirador de un poeta ejemplar. El calendario dice que José Emilio partió el 24 de octubre de 2019, pero no es verdad que su ser nos abandonó, sino que renace en cada lectura que prodigamos a sus emblemáticas creaciones. La obra poética de José Emilio es coherente con un pensamiento convocante, agudo, perceptivo. Su trascendente temática nos propone un espacio vital en donde la palabra es el cincel que describe el mundo íntimo del poeta y la perspectiva que refiere a conceptos que profundizan el arte que lo nutre. Celebrado por varios compañeros de ruta, recordado en las tertulias literarias por sus firmes convicciones y su humildad, es necesario resaltar para siempre, que el oficio de combinar visiones, reflejos, emociones, fragmentos de la realidad y su trazo preciso y elaborado con sutil maestría, define al querido José Emilio Tallarico, médico de profesión, como uno de los poetas insoslayables de nuestro tiempo.