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Poemas de Stefano Branca (Buenos Aires)

27.09.2026 17:09 |  Noticias DiaxDia  | 

          Maleza

No me sirves, memoria, aunque simules este día
-Olga Orozco

Balde azul

Cae el hilo dorado. Primero un golpe
fino después un tambor suave que llena
el cuarto de una lluvia quieta. Adentro,
el agua tiembla como si despertara un
animal dormido.

El balde azul recibe todo.
Lo guarda.
Se lo bebe.
Y en su fondo crecen flores amarillas
con pétalos transparentes, hechos de
vapor y vergüenza.

Parece un planeta pequeño
con mares ácidos donde mi
abuelo solo orbita.

El balde queda tibio respirando y
aunque mañana lo vacíe aunque
lo enjuague con agua fría algo
de esa orina —un sol viejo, una
ternura áspera—seguirá
flotando flotando en su vientre
azul.

La camisa verde

Colgaba detrás de la puerta como una
parra dormida. La tela, verde bosque,
tenía vetas de helecho manchas de
polen pequeños hilos que parecían
lombrices.

Sabía que era la camisa de mi padre, también de
un ciervo que pastaba en la penumbra un soldado
que volvía con el pecho húmedo un ángel que se
revolcó en la higuera.

Por las noches se inflaba con
aliento de magnolias leche tibia
carne guardada en un altar secreto.
Y yo desde mi cama oía los
botones abrirse uno a uno.

Un amanecer el jardín entero entró en
mi pecho. Caminé y la camisa me guió
hacia un huerto enterrado donde mi
padre todavía riega las dalias y me
llama con la voz llena de abejas.

El ropero

Al abrirlo no estaban las camisas ni los
pantalones:
había un pasillo de piel reseca
una garganta de roble que
respiraba polvo caliente.

Entré.
El suelo crujió como costillas bajo un río
de los estantes colgaban racimos de uñas
medias mordidas por ratas de terciopelo
un uniforme escolar que lloraba con
botones de leche.

Más adentro, un altar de zapatos.
De cada uno salía una lengua
algunas en un rezo otras querían
lamerme las rodillas. La blanca,
rota en el borde, me preguntó si
todavía sueño
con el patio de
tierra roja.

El aire se espesó.
Sentí que el ropero se cerraba conmigo
adentro entre los huesos tibios de la
ropa usada.

La madre de las ortigas

En la pieza donde nunca entra el sol vive una
mujer cubierta de ortigas. Su cabello es un
racimo de tallos y sus manos, hojas que cortan
el aire al moverse.

Cuando me siento a su lado me peina con
ramas recién arrancadas del río y deja caer
sobre mi hombro semillas que se abren de
inmediato.

Al despedirme, me besa en la frente,
y un calor verde me sube por la nuca,
dejando mi voz atrapada en el tallo
más alto de su cuerpo.

El muelle

El río abrió la boca, y caí en
su garganta de hierro.

Entonces saltaste Tu cuerpo
rajó el aire, y la corriente,
desconcertada se apartó un
instante.

Te vi bajo el agua no madre, sino
un fulgor vegetal un animal de
fuego entre los peces.

Tus manos me arrancaron del fondo
como quien arranca un fruto que
aún respira en la rama.

El mundo aullaba de pájaros mojados
el muelle cerraba sus dientes.

En tu pecho mi cuerpo ardía
todavía una brasa rescatada
del agua.

Ampollas

“Lejos del mar, lejos de la memoria del sol”
Paulina Vinderman

Un animal dorado me lamía la cara,
sus dientes abrían ampollas, globos
temblorosos donde mi infancia hervía
en silencio

En el velero, el agua era todo:
una planicie azul sin orillas, un
altar de vidrio donde el día
enterraba sus agujas.

Viajábamos allí, mi
familia y yo,
agazapados bajo sábanas saladas, una
guarida de sombras.

Aquel astro rabioso perseguía
mis mejillas, quería marcarme,
dejar su firma quemada, un
sello feroz que aún despierta
cuando el verano vuelve para
arrancarme la piel.

Lucero de leche

En Colonia mordí un durazno: se
abrió como un corazón encendido y
mi diente de leche cayó en su altar

la boca era un cántaro rojo
lleno, de frutas extranjeras
reía con la encía ardida como
si el sol me consagrara.

El durazno sangraba conmigo sus
fibras eran velos nupciales, sus
jugos, un río de vírgenes

el fruto respiraba y en su centro
los ángeles bebían mi saliva, su
néctar, mi herida.

Solo entonces la noche cayó el
diente flotó en la corriente un
lucero de leche que al amanecer
floreció en la orilla como un lirio
nocturno todavía, húmedo de
sangre.

          Rotacista

El techo de la boca es una bóveda un
cielo de hueso donde el sonido
choca, cae, se hace a un lado.
Esquivo la piedra, elijo el canto liso
digo llanura para no decir el cerro
digo el llanto para no decir la lágrima
pero el cuerpo pide la fricción el
roce, la racha, el rastro
la fiera suelta en la jaula de los dientes.

****

La lengua es un músculo rojo
que raspa la bóveda busca la
roca, el roce, la raíz un ruido de
hierro que no rompe. Respiro
retengo el aire en la ranura el
paladar es una pista de tierra y el
sonido derrapa. Ruedo en la
saliva gruesa ruego por el rugido
pero la máquina rasguña la carne
y retrocede.

****

Mirar el río y no poder decirlo
como el agua lo dice
arrasando la orilla
mi río es raro
se arrastra, se enreda en los dientes
es un rumor que no termina de arder.
la herida es el resto
el rastro de la fiera
que quiso morder el mundo
y solo pudo lamerlo.

****

El torrente arranca el barro de la orilla
un remolino pardo que sumerge el ancla
aspira el charco, bebe la borra.
Es un arroyo roto
un cráter árido que reclama el río.
Soporta la tromba, frena la furia
hasta que el trueno parta
la madrugada.

****

Raspar la superficie del relieve
romper la red, reventar el nudo
correr por la hendidura de la roca
hasta que el pecho arda.
Pero la lengua recula
rebota en el alambre
regresa al centro del paladar.
Un rayo corto
una ráfaga seca
que se muerde la cola.

Stefano Branca (La Tablada, 2002) es estudiante de Bibliotecología en la Biblioteca Nacional Mariano Moreno. Se desempeña como asesor literario en la editorial Tiempo de Parque, donde codirige junto a Ramón Altamirano la colección Por la vereda. Ha dictado talleres de literatura queer y de poesía argentina. En 2025 publicó su libro Este lugar era un cuerpo por la editorial Copo de Nieve. Participó del III Festival Americano de Poesía en Hurlingham, fue residente del FIPR 33 y formó parte del Laboratorio de Letras del Centro Cultural Borges.
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