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RECORDACIÓN DE ANA MARÍA GUERRA: UNA OBRA VALIOSA Y DE RELIEVE. Por Sebastián Jorgi

06.10.2026 06:20 |  Noticias DiaxDia  | 

Conocí a Ana María Guerra en sus funciones como Bibliotecaria en la Iglesia San José de Calasanz de Caballito, en la época del inolvidable Párrooo Antonio García Ríos. Entablamos una gran amistad recordando nuestras lecturas de vida. E intercambiamos impresiones y libros durante muchos años. Compartimos encuentros con Bernardo Ezequiel Koremblit sobre todo, gozando de sus humoradas. Ana María venía de hacer taller de narrativa nada menos que con Roger Pla, el autor de Los Robinsones. Una mesa de trabajo junto con Marta Nos, Luisa Bragaña y Silvia Plager, entre otras. Para mí fue una hermana de ruta en las letras.

Y ya entrando en la zona propiamente dicha, es decir, volviendo a nuestro tema de la cuentística, es dable rescatar la obra de Ana María Guerra con Las visitas (Ediciones DEA, 1971) y Una voz en el desierto (Marymar, 1980). Es una pulsación muy original la de esta cuentista. Pero vayamos a la opinión más que autorizada de Guillermo Ara, que, en el prólogo a Las visitas, escribe: “El rápido análisis puede resultar insuficiente para mostrar la virtud de la narradora nueva, bien dotada para develar conductas y experiencias profundas, dueña de un lenguaje flexible y preciso. El lector reconocerá alguna huella de lecturas afines a su temperamento. Ese influjo no menoscaba el valor de la originalidad en la concepción y el tratamiento de sus relatos. Ha servido, en todo caso, para afirmar una personalidad, para que el vuelco afectivo, tan tierno, en el contorno humano y tan agudo en la institución de lo profundo, dé estos primeros testimonios, realmente válidos. La narrativa breve cuenta ahora con un nombre más que deberá afirmarse rápidamente para el futuro”.

Premonitoria opinión la de Guillermo Ara, pues la afirmación se dio una década después con Una voz en el desierto y con su novela Las mil y una noches de Venecia – editada por Fraterna pero que no tuvo distribución, otro de los horrores por los que pasamos los escritores argentinos –. Novela que ahora, actualmente, reescribe.

Un hombre viaja a Rosario en su auto por la ruta 9. Debido al cansancio y a las piernas entumecidas, decide bajar del auto. Se mete en una arboleda y pronto ve dos hombres que juegan al ajedrez, en un tablero apoyado sobre un cajón de madera. Al acercarse, se da cuenta que las casillas son tan grandes que él mismo podría caber en ellas. Es el momento del cuento en que la relación entra en otra dimensión: pasado y presente se conjugan, confundiéndose. El protagonista – narrador en primera persona, se halla en un colegio parroquial. Es que el hombre es parte integrante de la partida, mimetizado en el alfil. El cuento de síndrome surrealista, donde la muerte se precipitará a través de una jugada: Torre por alfil: tal el título, donde la realidad tiene un trazo onírico, cuasi fantástico. Distancia es un cuento elucubrado por una protagonista que derrama una catarsis confesional mientras un hombre se está dando una ducha en el baño. Como en un juego de cajas chinas la escritora esboza una pieza experimental – sin puntos apartes ni seguidos – desde el principio hasta el final. Un señor y otro, también otro hombre y tal vez el amor y la casa en forma de dado que desaparece. Pero la presente realidad vuelve, dice que suba el calefón. La sombra de la muerte aflora en esta experiencia catártica, la muerte lentísima, como para rebatirle al tedio, a la distancia imprecisa, indefinida. El hombre del teléfono era igual al del sueño, oración que entreteje el sueño y la realidad del otro hombre que aún está bañándose y dice que el agua sale fría, quién lo entiende. Inconformismo y fastidio se da en esta aventura interior, en esta fuga onírica que desliza un cruce existencial.

La ciudad de oro es una construcción montada, un encabalgamiento de historias a través de cuatro personajes – Vaños, Amarante, Delia y un oferente hombrón que invita a salir de paseo a la ciudad de oro, a lo que se agrega la señora que había salido de su casa –, pero ¿dónde queda la famosa ciudad de oro? Ana María Guerra teje la trama hacia delante, en el viaje y al mismo tiempo, desteje en raccontos las historias personales de estas criaturas. Es un viaje tan particular como imposible – quizá no esté ocurriendo – como una especie de jugada kafkiana, donde, como bien lo ha definido José Isaacson, se trata de la imposibilidad como proyecto. Un cuento atravesado por el misterio, recontado en las íntimas confesiones y en el ensamble estructural de cajas chinas, una historia dentro de otra y otra dentro de esta última y la unidad mayor de una “novela” que escribe alguien dentro del cuento. Creo que Julio Cortázar hubiera aplaudido esta pieza y otras como por ejemplo, Torre por alfil.

Sin vestido no es un monólogo de alta temperatura escénica: bien podría ser representado. La narradora protagonista parece tener todo planeado para casarse con el Faustino. Sólo le falta el vestido, que ella ha comprado con los ahorros de empleada doméstica. Claro que si estos ahorros no se los hubiera guardado su patrona – Nina – el Faustino se los hubiera convertido en vino. Sometimiento, cinismo – a través del autoengaño –, la protagonista no admitirá el casamiento – utópicamente para Reyes – sin el vestido. El mundo marginal surge de este monólogo expandido con destreza y con creciente dramatismo. Apuntaba con razón en el prólogo Guillermo Ara: “la ductilidad de una cuentista nata, ingeniosa y dotada estilísticamente para contar mundos crueles”. Las visitas, anticipaba para su posterior libro de cuentos, Una voz en el desierto.

Uno de los cuentos, La ciudad lacustre, relata la reclusión de una mujer en un convento, rodeada de los seres que ama: la Madre Superiora, las herramientas y el padre Damián, su confesor.

“Nunca sabré como llegué hasta aquí. Lo único que recuerdo es un cuerpo nadando en el agua oscura.”
La narradora, con habilidad psicológica, va desmenuzando el mundo interior de la protagonista en un monólogo que tiene estructuralmente cinco momentos y una última secuencia sin puntuación, de manera que el derrame psicológico se precipite estilísticamente con maestría. Al término de la lectura de La ciudad lacustre me convencí que estaba ante una de las escritoras del género cuento de fuerte vocación y de sólido manejo del lenguaje. Las llamadas es un cuento fantástico, cuasi extraño. Siempre que suena el teléfono hay una desgracia. Contada en primera persona, la protagonista vive alerta, sobresaltada, remitiéndose a Mamá y yo. Viven en Pergamino, pero cada vez que hay una llamada de Buenos Aires, algo malo ha sucedido. Es una pieza de discurrir de la conciencia donde lo extraño sobresalta al lector – nos estamos refiriendo a Frente al espejo –: la agonía de un hombre enajenado, que sucumbe en metamorfosis cronológica ante el espejo. ¿Es él mismo?
“No soy. No existo. Yo no soy yo.”

Una cuenta progresiva hacia el día setenta y tres, al mismo tiempo, una cuenta regresiva hacia sí, al reconocimiento del yo, a la identidad inexcusable. El hombre – tal como si fuese una máquina – se ha recompuesto y vive, es decir, vuelve a vivir y se reconoce frente al espejo.

Amarilis, momentos después de su alumbramiento, es visitada por un viejito de negro que le augura un sendero de rosas. Se trata de Una voz en el desierto, pieza que da título a su segundo libro de cuentos. Amarilis nos cuenta que tiene dos hermanos, Néstor y Cholo y de esta forma, junta los tiempos. Ante las torpezas de su familia, Amarilis decide un aparte de soledad porque sabe que es muy difícil luchar contra la incomprensión humana. Una abrupta toma de decisión hace que Amarilis llegue a una liberación. Es donde el humor juega su parte en este cuento. La textura de los mismos deja entrever en Ana María Guerra una carga reflexiva, un filosofar sobre la vida y las relaciones familiares, la intolerancia en el convivir diario. Hasta cierto pietismo por la criatura, un acercamiento al prójimo, se desliza en Ana María Guerra. Claro, no se trata de un rescate – pese a la religiosidad de la autora – de la condición humana, sino de hilar historias atravesadas por la ironía y de contar, contar, mundos tan extraños como cotidianos, haciendo honor al género cuento.

Ana María Guerra, (27-5-1928/ 6-5-2014) narradora y poeta. Sus cuentos y poemas han sido publicados en Clarín, La Prensa, Pregón de Jujuy, La Capital de Mar del Plata y El Tiempo de AZUL. Obtuvo Mención Especial en el Concurso Imaginación en Prosa de la Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires(1974), Mención Especial en el Cetamen Atilio Giraudo de Arecifes en Poesía(1987), Segundo Premio en Concurso de Cuentos de la Municipalidad de la Costa, Premio Accésit de Cuento y Mención Poesía del Club Italiano(Presidente del Jurado Jorge Masciángioli), Segundo Premio en Cuento en General Cabrera (Córdoba, 1999-2000) y Segundo Premio en el Concurso Victoria Ocampo (2003)..

Ha sido Bibliotecaria en la Parroquia San José de Calasanz de su barrio, Caballito. Su obra ha sido festejada por grandes escritores, Roger Pla, Guillermo Ara, Bernardo Ezeqiel Koremblit, Jorge Paita, entre otros-
Más que merecida esta recordación.




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