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 Oscar  Taffetani

Por Oscar Taffetani


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En vez de rejas, hay que lograr políticas de Estado

Un buen chiste sobre el macrismo circuló por las redes esta semana, tras el compulsivo vallado del Parque Centenario que fue preludio del enrejado perimetral y de otras reformas en marcha. En ese chiste se reproducía un supuesto manual de procedimientos PRO, aplicable en todo tiempo y lugar: "Si se mueve, se lo reprime. Si no se mueve, se lo pinta de amarillo. Si es gratis, se cobra. Si es barato, se aumenta. Si es abierto, se enreja..." y así.

06.02.2013 11:28 |  Taffetani Oscar  | 

Muy lejos de la verdad no está la caricatura, ya que la gestión de Mauricio Macri, con asesoría del consultor Durán Barba, tras una breve incursión por la "tolerancia" y la "diversidad" (cuando los afiches PRO se vestían con la wipala y rezaban BIENVENIDOS) volvió al discurso ingenieril, ejecutivo y militarista del comienzo, tal vez por intuir Durán Barba que en la polarización con el adversario kirchnerista y neokirchnerista, ésta será la manera de conservar el voto conservador y de clase media de gran parte del electorado porteño.

A decir verdad, la "solución" de las rejas en plazas, monumentos y espacios públicos fue ensayada antes de Macri por el intendente menemista Jorge Domínguez, por el jefe de gobierno radical Fernando de la Rúa e incluso por los funcionarios municipales que actuaron en las administraciones de Aníbal Ibarra y Jorge Telerman. Ocurre que las rejas, si bien en un sentido amplio nos hablan de una concepción autoritaria y militar del espacio público, representan una respuesta rápida y con resultados inmediatos al problema de la invasión y desnaturalización de esos espacios, que mucho impacta psicológicamente sobre los vecinos y usuarios habituales, particularmente en los barrios del centro y norte de la ciudad.

Pero está claro que echar a los homeless que han hallado refugio en una plaza, no soluciona el problema de los homeless, ya que éstos seguirán buscando huecos y hendijas en la ciudad hostil, que les permitan sobrevivir. Y echar a los manteros, artesanos y comerciantes informales de las veredas y bicisendas, tampoco resuelve el problema de regular y balancear su presencia en los barrios y espacios públicos, especialmente en aquellos de gran afluencia de público y de potenciales consumidores. Finalmente, y para no abundar, la reja no resuelve el problema de la inseguridad, la falta de vigilancia y la desprotección que perciben los vecinos en las calles, las plazas y esas encrucijadas donde la voz castiza de la relatora del GPS advierte: "Usted está entrando en una zona peligrosa".

La policía de la ciudad de Buenos Aires lleva el nombre de Metropolitana, y es un nombre mal puesto. Porque si fuera de verdad metropolitana, debería ocuparse de la seguridad de la CABA y del Conurbano bonaerense, puesto que ambas jurisdicciones forman parte de una misma "metrópoli", llamada Buenos Aires.

Y esa metrópoli, que representa un gigantesco escenario político, económico, demográfico y cultural, donde se realizan millones de viajes interurbanos por día, donde se procesan miles de toneladas de basura por semana y donde se despliegan las redes inagotables del comercio formal e informal, necesita --la pide a gritos-- la conformación de una verdadera autoridad metropolitana, que aborde los problemas en la escala y la complejidad que tienen y que deje afuera, al menos en los asuntos importantes, la confrontación entre "presidenciables" y candidatos varios.

Buenos Aires, una de las megalópolis del planeta, necesita políticas de Estado, si quiere sobrevivir al caos.
 

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