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Valeria Zurano: Una sirena conduce por el conurbano.El tren no pasa una sola vez. Por Javier Romero

24.05.2020 15:47 |  Noticias DiaxDia  | 

Todos los caminos conducen a Homero. O por lo menos eso lo dice de manera acelerada y segura en cada recta, en cada curva de sus textos, la escritora premiada en el concurso Municipal de Literatura Luis José de Tejeda, en el rubro Poesía, 2017 por su obra La vida privada de los trenes. Con sapiencia, “el jurado destaca el manejo de la palabra poética, la profusión de las imágenes y un ritmo sostenido”. Lo que no dejó en claro es si estaba hablando de la escritora Valeria Zurano o de los trenes. ¿Alguien duda que hay poesía en los trenes como en los viajes de Odiseo? ¿O que por las ventanillas de los vagones pasan una profusión de imágenes como en un multicine? No se puede dudar de eso, ni del “ritmo sostenido” de los trenes.
Aunque pueda haber cierto paralelismo entre el manejo de los trenes y el manejo del ritmo de la palabra poética sosteniéndolo por la vía de los renglones, quizás lo haya más por su avance constante, imparable, (salvo en las estaciones que el yo lírico desee detenerse para dejar que algunas ideas pasajeras continúen hacia su destino por distintas vías mientras otras suben y se aferran al traqueteo del viaje). Las ventanas de los vagones no son las mismas para todos que para todas. Los ojos que se estacionan ahora en ellas son los ojos de la mujer. Hay una masa femenina que la impulsa, que la sostiene, que avanza irreductible como vagones entrelazados en una sola voz musical que se estaciona en los ojos de cada lectora, de cada lector, que se anima a pasar por esos rieles para escuchar en la intimidad de su fuero el eco in crescendo de la firmeza de su entonación.
Esa voz no es pasajera, es la de una mujer conductora de sus múltiples destinos. No es la mujer lanzada a trabajar para mantener un hogar, sino la que en su trayecto perfigura alguna adeudada forma de mujer, una que no se desprende de la costilla del hombre, una que ahora se empodera de la acción de viajar a costilla propia para aprender y sentir desde su experiencia, para dar una visión humana negada, reprimida, sin estancos, para darle una dirección y un sentido a la vida. Esas perspectivas son las que, desde Homero a Filippo Marinetti con el Futurismo, se perdieron: una mitad de la humanidad no ha viajado, que por milenios fue cegada. Como dijo alguna vez sor Juana Inés de la Cruz:
 
“… ¿qué podemos saber las mujeres sino filosofías de cocina?
Bien dijo Lupercio Leonardo, que bien se puede filosofar y
aderezar la cena. Y yo suelo decir viendo estas cosillas: Si
Aristóteles hubiera guisado, mucho más hubiera escrito.”
 
La contemporaneidad se podría cuestionar cuánto más habría escrito la mujer si hubiera viajado, o cuánto más habría avanzado la humanidad si las mujeres también hubieran conducido sus destinos. Porque la que habla de los trenes no es la voz del feminismo ni la matriarcal, es la voz de un ser humano dialogando e interpelando de igual a igual a la mitad de la humanidad que en la historia, milenariamente, le negó la posibilidad de andar libre por los caminos y la condenó a estar prisionera de una casa.
Hubo algunas estaciones populosas, libertarias, en la esfera literaria en el transcurrir de los siglos, pero fueron invisibilizadas en una cuesta abajo machista, Safo es un ejemplo conocido. Seguro hubo más que perecieron con sus textos en el anonimato. Recién cuando el mundo comenzó a andar por las vías de la Edad Contemporánea e ir cuesta arriba concediéndole más espacios sociales a la mujer, en la esfera literaria y cultural con las hermanas Brontë (sin embargo escudadas en pseudónimos masculinos) o con Mary Shelley, la creadora del género ciencia ficción, el tren de la historia de la humanidad comenzó a salir de la oscuridad medieval. Por estas tierras, desde “la blanda arena / que lame el mar”, las oleadas poéticas de Alfonsina Storni comenzaron a transitar a piacere con su lírica reflexiva desde lo femenino, como una sirena del aedo griego, que se adueñó de las olas en el mar marplatense para dejar la estela perenne de sus odiseas y sus obras.
Encontramos una cosmogonía de seres y elementos legendarios en la poética de Valeria Zurano. Ella es Homero y su épica, es la sirena que canta de manera irresistible, y es Odiseo que viaja. Vive odiseas cercanas en el tiempo, reconocibles, cotidianas. Se ciñe a una vanguardia todavía innominada de escritoras del conurbano que escriben para el mundo entero embarcadas libremente en todas las vías que se le crucen sin reverencias, así sean de pavimento, de metal, de tinta, de días y de noches, aunque para eso tengan que desdoblarse, multiplicarse, desplegarse. La intención es que descarrilen sus lectores.
A todo el abanico multifacético del mundo femenino se suma la necesidad de transitar a toda máquina por los rieles de lo vedado. No como una fiel acompañante o como un copiloto que asiste. Ahora está dispuesta a transgredir los mandatos sociales y a tomar el mando, a tomar el volante y elegir su destino al que le pone toda la potencia de su voz y la energía de su cuerpo entrelazado con metáforas del motor que la transporta en el tiempo y en el espacio.
 
“La fricción de los cuerpos
pone a prueba nuestra perseverancia, 
ahora somos los espacios y los materiales, 
un enorme embrague mecánico 
desoldado de la tierra. 
Ellos separan la lluvia del paisaje 
con motores anclados en la orfandad 
y una lentitud que es la espera desgranada de las horas. 
El tiempo es una trampa 
un resorte a punto de estallar 
contenido 
arrugado por el peso de la resignación.”
 
                                    En La vida privada de los trenes. 2017
 
Es imposible rehuir de la comunión del motor y lo visceral, de lo “desoldado de la tierra” (la madre tierra) y de los “motores anclados en la orfandad”. Aunque se desliga de algún futurismo y de su idealización de la velocidad con una sabiduría femenina, Zurano pronuncia que el tiempo (al que la velocidad empuja cronométricamente) es una trampa, un resorte más en esta máquina de la sociedad por la que circulamos o de la que somos solo una pieza atornillada en una contención. Pero interpela: esa contención, cómoda, ¿no es una resignación? ¿No es mejor que el motor estalle?
 
“Los trenes jamás fueron formaciones ordenadas, 
son túneles de luces intermitentes 
que llevan espejos 
para que el rostro agotado descubra 
su estrella plateada en una ventanilla. 
Los trenes lo permiten todo 
a fin de mitigar el hambre del viajero”
 
                                   En La vida privada de los trenes. 2017
 
La poeta nos habla de un no-lugar (según Marc Augé): habla del tren al que ha deconstruido como un túnel con luces intermitentes (con un ritmo sostenido) como cielo estrellado por el que se transita, como la bodega de un barco o el estómago de un caballo construido de la misma madera. Construye una identidad en tránsito, con un rol propio enrolado temporal, enajenante a la vista de esos espejos denominados ventanillas. El tren es el no-lugar del que la autora nutre su arte literario como un nuevo tópico cosmopolita en el que el personaje se significa y adquiere sentido en nuestra posmodernidad como constantes pasajeros durante varias horas diarias. Este transitar por las vías dentro de un túnel con espejos y el reflejo de luces como estrellas, entre otros seres desconocidos que transitan en el anonimato, son piezas constantes, móviles y transitorias para construir el extrañamiento propio de lo literario, que lleva al lector por su propio nomadismo subjetivo como en una nueva versión alegórica de Platón y su caverna.
 
Andando por una vía circular
En La vía circular los relatos transitan por el “mundo tuerca” del automovilismo, su folclore y del automovilista, un mundo que oscila entre un machismo violento, tramposo, criminal, suicida y el otro: pasional, amigable, lúdico, solidario, de afectuosa camaradería y aprendizaje. Entre ambas oscila el ser mujer que debe abrirse paso ante los atropellos del exceso innecesario de testosterona y el crecimiento de la protagonista, acompañada por los más honestos afectos de hombres y mujeres de amplia sabiduría adquirida por el amor entre el ser humano y la máquina. 
Desde que su abuelo la inspiró con su regalo de cumpleaños, un día en el Autódromo de Buenos Aires, la protagonista transita por distintas marcas de autos como por distintas etapas de su vida, en las que encuentra bondades en una interlocución constante entre los amantes de los autos y las carreras con una filosofía de vida. A pesar de las circunstancias que boicotean sus deseos de pilotear, se siente bien acompañada por amigas y amigos en su transitar por distintos circuitos de aprendizaje, donde logra identificarse con la nobleza de sus ídolos de las pistas de carrera.
Los relatos no solo se quedan en narrar el proceso de construcción de una mujer “fierrera”, sino que avanza hasta exponer el lenguaje propio del ambiente, de su mecánica. Es consciente que dominar el léxico propio de ese contexto es incluirse en el mismo, pertenecer e interactuar con un grupo de mujeres y hombres (en superioridad numérica reconocida) con sabiduría nacida entre los fierros y la velocidad, que ponen el cuerpo en las pistas o que ajustan tornillos en boxes para ganarle a la muerte, como un acto de férreo amor por la vida y pasión por los autos. 
Para la protagonista implica mucho más que eso: es un acto de compromiso con su propia libertad. Uno de los combustibles que la pone en movimiento es Dorothy Levitt con su libro La mujer y el automóvil, un manual amigable para todas las mujeres que compiten en automovilismo o desean hacerlo, la misma que ideó el espejo retrovisor y aconsejaba a las mujeres a llevar siempre un revólver como acompañante. Para esta autora, legendaria amazona de los caballos de fuerza y la primera mujer profesional del automovilismo, el auto era un medio de transporte hacia la libertad:  “(quizá) haya placer en tomar whisky por ahí con amigos y parientes o... con el chofer, pero el verdadero placer intenso solo se alcanza cuando se conduce el automóvil propio".
Otra de sus modelos fue Virginia Wolf con su ensayo Una habitación propia, que le enseñó a construirse para su vida una habitación propia. Levitt, Wolf y su abuelo fueron los motores que la llevaron a configurar su “lugar ideal”, su no-lugar, su lugar itinerante y aventurero que, aunque pecaba de pequeño, le brindaba infinitas posibilidades libertarias para recorrer las rutas de la Provincia de Buenos Aires a la vez que rutas literarias.
 
“Fue así como el Fiat pasó a ser el cuarto propio de un auto propio, se transformó en el lugar ideal para la reflexión del manejo, el recitado de un poema, la música acompañando las imágenes, las palabras fluyendo en la conciencia, escribir con el pensamiento, el gesto detenido de la mano sobre los cambios, el andar en todo sentido, esa escucha atenta al sonido de los motores: el motor del pensamiento y del lenguaje.”
                              En La vía circular. Buenos Aires: Los lápices editora, 2019.
 
Valeria Zurano, una escritora exquisita que hay que leer.
https://valeriazurano.com/
 
Valeria Zurano (Morón, Buenos Aires, 1975) poeta, escritora, profesora de literatura. Obtuvo el Primer Premio de Poesía de la Municipalidad de Córdoba 2017. Primer Premio de Poesía del Fondo Nacional de las Artes 2010. Tercer Premio de Cuento en el Concurso Nacional Leopoldo Marechal 2010. Primer Premio en el Concurso Internacional de Cuento Breve Babel 2009, Provincia de Córdoba. Primer Premio de Poesía Concurso Nacional Leopoldo Marechal 2008, entre otros. 
 
Libros editados: 
La vía circular, Argentina, 2019. 
La belleza del resentimiento, Argentina, 2012. 
Conjuro para detener el temblor, Chile, 2010. 
Operación Claridad, Argentina, 2009. 
El libro de las hormigas, Chile, 2009. 
El Gran Capitán-Crónica de un viaje al Litoral, Chile, 2008. 
Las Damas Juegan Ajedrez, Argentina, 2007. 
Barco en Llamas, Argentina, 2003. 
 
 
 
 
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