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Poemas de Juan Manuel Roca (Colombia)

20.09.2021 16:59 |  Noticias DiaxDia  | 

AL POBRE DIABLO
 
Al hombre anclado en la esquina del olvido, al hombre escupido por viejos matones de barriada,
Al jubilado de sí mismo, al muchacho humillado que se esconde detrás de su acuosa mirada,
Al que estorba en la fiesta de los audaces, a los que no han tenido oficio conocido y no podrían balbucir el retrato hablado de su madre,
A los que siempre parecen estar en otra parte, al que escapa de las miradas cuando lo buscan en el parque como pasto de burlas,
Al confinado al cepo del silencio en la ronda nocturna de los sabios, al que tartamudea como una vela encendida,
Al que está a punto de abrir la puerta de emergencia que conduce a un pasadizo de ingreso al otro mundo,
A la oveja negra de la familia que picotea fármacos y grageas para intentar espantar la jauría de sus miedos,
Al sumo sacerdote de la religión de las derrotas, a los despreciados por sus espejos, al que prefiere ser prófugo de su cuerpo antes que ser su propio carcelero,
A los que ignoran qué responder cuando preguntan “¿quién anda por ahí?”, al que “le daban duro con un palo y duro también con una soga”,
Al que cambiaría el becerro de oro por una charla con parias y tenderos, al aturdido, al turulato, al pestífero que pregunta en qué lugar queda la vida,
Al incierto cuya sombra cojea más que su cuerpo, a los que han sido más pateados que el balón de una escuela, al sospechoso de todas las aduanas por su morral lleno de vacío,
Al que no logra ser jinete de sí mismo, a los que ejercen el papel de niños clandestinos y solo juegan cuando no los obligan a mendigar,
Al hereje hecho a imagen de nadie, a los abucheados por la multitud en un país de dioses abolidos,
A los que desafinan en el coro, al que suena como el platillo de una batería que cae en el silencio de un velorio,
Al imprudente que no espera a que el flautista de Benarés duerma la cobra para mirarla a los ojos,
Al hombre de cristal que atraviesa en medio de una pelea entre dos bandos de picapedreros,
A los desobedientes que quisieran confinar en un rincón del museo del olvido, al que nadie espera al regreso de la guerra,
A los que desalojan de su casa y luego expulsan para siempre de su cuerpo, al espantapájaros burlado por el cuervo,
Al portavoz de sí mismo que odian los feligreses de todos los partidos, al que conducen a la comisaría mientras grita que la civilización es “puta vieja y desdentada”,
Al que jugó su corazón y se lo ganó la violencia, al que intenta dormir “en la carreta que lo conduce de la cárcel al patíbulo”,
Al perseguido que pretende esconderse en el poema de un gitano y al gitano que pretende esconderse tras la sombra de un violín,
Al impulsado a la plaza del escarnio, al asediado por la jauría de Salieris de parroquia que le ladran a su sombra,
Al calumniado por los sacristanes de la envidia que lo maldicen en la lengua de los muertos,
A los que no extienden su sombrero para pedir migajas de milagro, a los que están en la mira de los hacedores de villanos en los diarios y en las redes policiales,
Al que solo conoce la lengua del silencio, al que llevan al tribunal por negarse a vestir el uniforme de la muerte,
Al que devela la miseria que ocultan los himnos, a los hombres acosados que sospechan que todas las ventanas del mundo están a punto de saltar al vacío,
A los desplazados y sus muros de aire, al boxeador que cae a la lona sacudido por un gancho de derecha,
A los locos del pueblo que cruzan enfundados en una capa de harapos como reyes miserables,
Al músico envuelto en un gabán raído al que le indican los empresarios la puerta de servicio del lento salón de baile,
Al que se niega a escuchar el canto de los vendedores de humo, al gato escaldado por el carnicero, al caballo espoleado por el miedo,
Al sin suerte que practica el tiro al blanco y siempre atina en el centro del error, al niño solitario que espía la vida a través de los cerrojos,
Al aguafiestas. Al que llega tarde a su propio velorio. A los poetas enjaulados por todos los tiranos
Les dedico esta ronda de palabras sin blasones: algo de ellos convive sin remedio en mi pellejo.
 
LA ESTATUA DE BRONCE
(A la manera de Ossip Brodski)
 
Primero haremos, si el Cabildo de la ciudad lo permite, el caballo.
Un alazán en bronce con sus patas delanteras levantadas
Como ejemplo para cruzar obstáculos y abismos.
Luego fundiremos el hombre,
Pues un caballo sin jinete no es digno de una plaza
Y ni siquiera puede llamarse monumento.
Que todo el burgo aporte llaves, aldabones, candelabros,
Monedas, candados, espuelas, medallas y cubiertos
Para fundir el hombre a su caballo.
Después discutiremos el lugar para la estatua y la forma de su pedestal.
¿Un recodo cercano a las montañas
Entre bosques de sauces y eucaliptos?
No estaría mal construir en el sitio elegido
Un pequeño parque que permita a las mucamas
Citarse con sus novios al pie de la escultura.
Debe amoblarse el espacio con bancas de madera:
Los oficinistas comerían emparedados a la hora del receso.
Bella será la sombra al mediodía
De Caballo y jinete sobre la grava y el asfalto.
Las hojas caídas de los árboles
Tejerán un tapiz crujiente al paso de los estudiantes.
Los viejos fotógrafos
Sacarán los domingos sus cámaras de cajón
Y harán que los enamorados prolonguen el tiempo de los besos.
Todo concertado con autoridades eclesiásticas, civiles y militares.
Luego vendrá la discusión.
¿Quién debe ser el hombre encima del corcel?
Sabios hay pocos. Guerreros y héroes son dudosos.
Un filósofo a caballo
No puede replegar su pensamiento.
Los poetas viven recostados en la hierba.
Los campesinos no montan caballos de viento.
Los directores de orquesta no pueden dirigir
Desde una montura de bronce y el lomo inclinado de un caballo.
Los jubilados prefieren cabalgar nubes
Y permanecer sentados en los bancos.
Los pintores trazan caballos pero aman más los caballetes.
Los arquitectos pierden la perspectiva.
Los almirantes prefieren las crines de las olas.
Las bailarinas no necesitan pedestal para su vocación de aire.
Los astrólogos son una franca minoría.
¿Quién podrá ser el jinete de bronce
Sobre el imponente y brioso caballo de bronce?
Deberá ser alguien que muchos ciudadanos admiren.
Un hombre que sea su propio mentor,
Que haya luchado a brazo partido por su gloria y su fortuna.
Ya está. Levantémosle una estatua al asesino.
 
EN EL CAFÉ DEL MUNDO
 
Por la mañana,
Cuando un sol de páramo merodea la ciudad,
Las meseras del café
Limpian las sobras de una conversación
Y las manchas que dejan en el piso
Las voces nocturnas.
A alguien debió caérsele en el baño
La palabra amor,
Pues no se soporta el olor a flor marchita
Que invade sus muros.
Limpien, limpien las palabras regadas en el mantel
O esparcidas como cigarros apagados
En los rincones. Sólo son pavesas de voces,
Cenizas del verbo, frutas disecadas.
Las meseras espantan a las moscas con un diario:
Las palabras no son hadas caídas de labios del fabulador,
Ni cadáveres en fuga hacia el vacío,
Pero las moscas se frotan las patas
Frente a sus melancólicos residuos.
Tal vez al borde del vaso con restos de cerveza
La palabra país se haga recuerdo
Pues hay algo de tela de araña, de ruina de tiempo,
De un mestizaje de sueño y pesadumbre
En torno de la mesa.
Aún están las sillas con las patas arriba
Como carrileras o pirámides o torres
De una Babel silenciosa
Y las meseras se aprestan a barrer un otoño de voces.
Palabras que fueron mordidas con pasión
O arrojadas por la espalda,
Palabras titubeantes en labios del herido
O untadas de una tenaz melancolía,
Mariposas derribadas en su vuelo.
Las meseras ignoran que limpian y barren las palabras,
Que algunas recorrieron el mundo, muelles y hangares,
Para venir a morir bajo una mesa.
La palabra libertad que agitó su bandera de harapos
Se deshace entre los restos de la noche
Y no es fácil remendarla con agujas de lluvia.
Ni perros ni gatos husmean los escombros
Donde se acumulan los sinónimos del hombre.
Hasta la palabra miedo
Ha mudado de piel y ya no tiembla.
Ah, diligentes meseras que ponen orden a los objetos
Aunque nadie los nombre. Yo las veo
Recogiendo pedazos de la palabra cristal,
Entre enceguecidos Narcisos
Que fingen no verse en aguas pantanosas.
La palabra muerte no quiere deshacerse,
Se resiste a morir en el café de la noche.
Las pulcras meseras recogen,
Entre papeles arrugados y sombras y cabellos y fantasmas,
Las sílabas del día, sus inciertas potestades.
Limpien, limpien llanuras, suburbios, subterráneos,
Glaciares y jardines y patios y collares,
El eco del silencio que atraviesa la noche.
 
 
LAS HIPÓTESIS DE NADIE
 
Puede ser el viento.
La página en blanco. Puede ser.
Puede ser el que viene
Borrado por la lluvia.
Ahora recuerdo a un hombre ciego
Una dulce tarde de Friburgo.
Iba solo por la nieve
Con una sonrisa de beatitud
Y un bastón tan blanco como los copos.
Cruzó a mi lado sin verme:
Yo era su Nadie,
Un fantasma en ese reino luminoso.
Puede ocurrir que seamos
Los ciegos de Nadie.
Nadie acaso sea el que en la alta noche
Abre las ventanas con golpes sin acordes
Para hacernos hablar en la lengua del sueño.
Puede ser quien dejó
Para siempre un abrigo abandonado,
Un abrigo raído en la percha del café,
Un abrigo que se vuelve bandera del vacío
Hasta que desaparece un día, como su dueño.
No he visto tremolar la bufanda de Nadie
Pero es seguro que su tejido es de viento.
Puede ser el que nunca fue,
El que nunca será,
El que se cansó de haber sido.
Quizá sea en el país de los desaparecidos
El único aparecido que llamamos fantasma,
El que pone a traquear
Las escaleras en la noche
O tumba un sartén en la cocina,
El que cambia de sitio a los cubiertos
Que no logramos encontrar,
El ladrón de lejanías.
Puede ser el viajero de sí,
El nómada de sí mismo.
Ha ejercido mil oficios a destiempo:
Arrastra papeles en la calle solitaria,
Lleva diarios atrasados
De un extremo a otro en la ciudad,
Trae un olor de extramuros a su centro,
Rasga los carteles del cine de ayer,
Hace partir los trenes
Con sólo sonar una campana.
Puede ser el viento.
La página en blanco. Puede ser.
 
PARÁBOLA DE LAS MANOS
 
Esta mano toma un fruto,
La otra lo aleja.
Una mano recibe al halcón, se quita un guante,
La otra lo ahuyenta, prende una antorcha.
Una mano escribe cartas de amor
Que su equívoca siamesa puebla de injurias.
Una mano bendice, la otra amenaza.
Una dibuja un caballo,
La otra, un puma que lo espanta.
Pinta un lago la mano diestra:
Lo ahoja en un río de tinta, la siniestra.
Una mano traza la palabra pájaro,
La otra escribe su jaula.
Hay una mano de luz que construye escaleras,
Una de sombra que afloja sus peldaños.
Pero llega la noche. Llega
La noche cuando cansadas de herirse
Hacen tregua en su guerra
Porque buscan tu cuerpo.

EN LA GUAJIRA

Riohacha se yergue al pie de los espolones
De un mar que lame como un perro
Los pies blancos y pequeños de la playa.
Fue allí, frente a un barco desfondado
De tablones roídos por los colmillos del tiempo,
Frente a una nave desgalichada y sin dignidad
Que llevaba el nombre altanero de La Dama del Mar,
Donde abrí la puerta de arena
Que se extiende,
Que se extiende,
Que intercambia paisajes con el viento.
El mar seguía arrojando maderas a la playa,
Tufaradas de salitre, destellos de nácar,
Palabras como arpones llegadas de contrabando
Y la puerta abierta esparcía su fogaje.
Al desierto le gustan los acertijos,
Le gusta timar a los viajeros.
Son los suyos paisajes movedizos:
La montaña que cruzamos ayer
Al regreso decidió mudarse con su música a otra parte.
A la entrada de una ranchería vi pasar un paisaje
Que iba del Cerrejón al Cabo de la Vela. Llevaba
Chivos barbudos como rabinos,
Sombrilla de trupillos,
Dunas,
Totumas,
Gavilanes,
Un cementerio,
Mujeres wayúu cuyas mantas parecen
Veleros de color extraviados en la arena.
Abuela dijo que las mujeres guajiras
Son señales del viento en la ilusión del desierto
Y es una verdad que se vino enredada en mi mochila,
O si no, ¿ por qué sopla en el erial de mi memoria
Una manta que invita a navegar el silencio,
A volver tras un barco encallado en el aire?
Dos o tres noches después, tras el ensalmo,
Encontré que el paisaje se había instalado
A sus anchas frente al patio del mar,
Cerca a la empalizada de Dionisia. ¿Y la luna?
La luna de Riohacha es como una patena
En el altar de su cielo. Es de sal la de Manaure,
De harina de yuca la de Macuira
Y hay quien dice que la luna de Nazaret
Es la gran lápida común para sus muertos.
Península de la Guajira, garganta seca, reloj de arena,
Te cambio tres vacas, dos mulas, veinte chivas,
Jalea real, un bote con motor, 30 cajas de guisky
Por un rincón de ranchería y la mirada de Dionisia.
Guajira, garganta seca, reloj de arena,
No dejes de pasar por mí de vez en cuando.

UN PAISAJE ESCONDIDO
(LA FLORESTA, MEDELLÍN, 1953)

Aún no sabíamos que nuestra extrañeza
Venía de que todo niño es extranjero.
Alguien que vive en una eterna periferia.
Ahora, recordar aquel barrio
Es como encender en la alcoba el interruptor:
La quebrada vuelve a bajar tormentosa
Y a dejar sobre los barrancos
Unos peces palpitantes que pueblan de ojos las orillas.
Alguien del vecindario
Alquilaba la luna
Como un balón suspendido sobre los patios del verano.
Los muchachos mayores
Permanecían en corrillo en las esquinas
Contando sus proezas
O sonando una batería de canecas oxidadas
Con baquetas de sauces y escobillas de ramas.
El olor de las pomas
Se fugaba de las formas
Y entraba sin permiso en las ventanas.
Que aún llegaran, de tanto en tanto,
Los penumbrosos ladrones de ganado
Y las charcas croaran sin el estímulo de nadie
Era un oráculo que anunciaba la llegada
De las hormigas aladas y las lluvias.
El relincho súbito de un caballo
Recorría la calle y los cascos del percherón
Anunciaban el carromato de la leche,
Sus frascos que llenaban de un blanco de nube en la mañana.
En el granero, entre latas de sardinas
Y un cardumen de esferas de alcanfor,
Los viejos partían manoseadas de barajas
Y hablaban de sus pueblos
Como se habla de un perdido talismán
Aunque fuera azul y expresionista,
No voy a hablarles del cielo, ese lugar común,
Una lagartija se desliza en medio de mis palabras.

VALLE DE ABURRÁ, PLANO NOCTURNO

La tarde se escapa
Adherida al olor de las muchachas
Que en los portales ven crecer la noche,
Colmena de sus sueños.
En los barrios,
Viejos hombres recuerdan la aldea
Cuyo mapa tenía la forma ósea de un pescado:
Una larga calle como una espina dorsal
Y pequeñas callejuelas saliendo hacia los montes.
El río, plateado alfanje,
Cortaba el olor de los pomares.
De dónde, se preguntan, ha brotado la ciudad
Cuya belleza se esconde al mal viajero
Como una mujer envuelta en piel de asno.
Yo acudía a su llamado.
Entre heridos y canciones, yo acudía a su llamado.
Y veía al descender de la montaña,
Cómo desaparecía entre los arboles de la ciudad,
Estrella fugaz que hendía el azul
Como un cuchillo.

CRÓNICA DE QUIBDÓ TRAS LA LLUVIA

En la tarde,
Cuando el río Atrato
Semeja una plateada cimitarra,
La catedral de Quibdó
Se puebla de golondrinas.
Las muchachas negras
Abren sus paraguas
Como una floración nocturna.
Por el sonoro malecón
Y una mujer
Canta tras una empalizada
Una canción de adioses
Junto a una cuna vacía.
Ha pasado la lluvia
Pero algunas gotas persisten en caer
Sobre las lonas del embarcadero,
En los talleres de mecánica,
En la plaza de mercado.
Cuando caen las goteras
Sobre las canecas oxidadas
Y los techos de lata,
Se produce un ritmo sincopado,
Timbalera es la lluvia
A orillas del río.
Hay una dulzura frutal en el aire,
Una dulzura que habrá de perseguirme
En la noche que trae
Troncos podridos por la selva,
Remos perdidos de lejanos aserríos,
Ropas deshechas que el Atrato
Roba a las lavanderas de Beté,
Una luna con malaria.
En la noche que se hunde
En mi almohada como una barca.

Juan Manuel Roca (Medellín, Colombia, 1946). Poeta, ensayista y periodista cultural.
Algunas obras son Memoria del agua (1973), Luna de ciegos (1976), Los ladrones nocturnos (1977), Cartas desde el sueño (1978), Fabulario real (1980), Ciudadanos de la noche (1989), Pavana con el diablo (1990), Monólogos (1994), Memoria de encuentros y La farmacia del ángel (1995). Obra en prosa bajo el título Prosa reunida.  Premio Nacional de Poesía Eduardo Cote Lamus (1975), el Premio Nacional de Poesía Universidad de Antioquia (1979), el Premio Mejor Comentarista de Libros Cámara Colombiana del Libro (1992), el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar (1993), el Premio Nacional de Cuento Universidad de Antioquia (2000) y el Premio Nacional de Poesía Ministerio de Cultura (2004).En 2009 obtuvo el Premio de Poesía Casa de América por su libro Biblia de Pobres.
Libros de ensayos como Museo de encuentros (1995) , entre otros, y antologías.
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