cultura-de-jujuy-a-tierra-del-fuego | Las Desposeídas, Ediciones Caburé, 2025, de Marcelo Gobbo
Habitar el silencio. Por Alejandro Cesario
11.02.2026 10:55 |
Noticias DiaxDia |
Al leer, releer y releer Las Desposeídas, Ediciones Caburé, 2025, de Marcelo Gobbo, sentí el vivo resplandor de la luz, la necesidad imperiosa de detenerme en cada poema. Esos estremecimientos eran pinceladas de aureolas. No era una simple escritura, era poesía: 66 poemas, un único poema con título y 20 poemas de un solo verso.
Vayamos primero a los 66 poemas.
Habita un paisaje de desnudez cobijado en un sigiloso silencio, que por momentos actúa como amparo y, en otros, nos atosiga con tanta mudez.
El periplo es un viaje mélico desde la lobreguez tajante hacia la luminosidad absoluta.
Dejamos que hacia el risco trepen
los recuerdos que callamos
y desde ahí se arrojen.
Las voces que trae Gobbo son un páramo que deshoja sus propias raíces, cicatrices que castañean, fulgen como un tesoro. Dolor, desamparo que nadie pudo arrebatarles. ¿A quiénes? A nosotras.
El poeta no se complace, no cede ante la dejación de la palabra; escudriña el silencio como forma inmejorable de entendimiento. Rastrea el intersticio entre el lenguaje y lo sublime, entre la palabra y el mutismo; no ceja de afrontar la cáustica erosión de la persistencia temporal.
No ruge el cielo,
no canta,
no silba o sopla, no
nos mira.
Estamos frente a un poeta que sabe muy bien que es el hecho, la faena contemplativa que concede la bonanza donde suelen atisbar las más estremecedoras señales de endeblez del ser, de ahí que haga de la sutileza, carencia de todo énfasis.
Los poemas son los restos de una gran contienda campal, que no supone elucidar develamiento alguno, sino, más bien, una abisal desnudez del alma.
No se oye
más
que el silencio
es el anuncio, el preámbulo,
y en breve todo habrá de sumirse
en su pasmosa y blanca monotonía.
¿quién no ha vivido así
toda una vida
sobre el diario quehacer,
la mente muda
y el helado deseo?
Las desposeídas construye la unión entre el lenguaje y la otredad (por eso el nosotras) desde una mirada sobre lo habitual que, asume una razón filosófica, pues se embebe, en el sosegado registro de lo que ve el poeta hurgando en lo cotidiano.
Anida un sesgo intrínseco, que se puede adjudicar a lo lírico como rezagos para que en sus silencios se manifieste la poesía. Así la elección de un “nosotras” (pobres, desheredadas), que descobijan las necesidades del otro: llámese mujer, añoranza o canguelo.
Alza en nosotras el canto
que nos redima
de tanta pérdida.
Marcelo Gobbo impone desde lo órfico de la poesía para dar una verdad que sea vivida. Hay laboriosidad y orfebrería en la construcción de cada verso.
Gobbo logra, con sosiego un decir sutil y asequible, con una notable pericia da con lo excelso, dejando frente a nuestros ojos siempre un firmamento raso, evocador, que impele la necesidad del poema.
Las desposeídas palpita en lo recóndito del poeta, con apogeo y epifanía, morando el ratio profundo de las cosas.
Canción para un final, único poema con título, casi al finalizar el libro, es un retumbo de anhelo, una voz que, mediante aullidos, logra que las flores broten, que los aromas de vida se impregnen velando al óbito y logrando que el amor sea la lengua afinada de una unción o una esperanza siempre posible.
… para que arda
la voz al mediodía, para que oiga
la tierra este latir y broten flores
con aromas a nosotras, para que algo
del sueño o del recuerdo nos abrace, …
La última parte del libro, titulada Luces, 20 poemas de un solo verso: destellos, velones que nos alumbran en la lobregura. Cada uno de los versos actúan como un bálsamo ante la borrasca.
Alegría. Filigrana de sol en hilos de agua.
Keats escribió en un verso memorable:
“Una cosa bella es una alegría para siempre”. Los poemas de Marcelo Gobbo son para siempre.