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La belleza de la palabra poética de Concha García editado por Eolas Ediciones. Por Pablo Queralt
07.04.2026 09:28 |
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La belleza de la palabra poética, ensayo o experiencias de la lecto- escritura condensada por la poeta en secciones del libro abordan las distintas ramificaciones de la temática en cuestión: Despertar con poesía, La verbalidad del vivir, Sintiendo el doblez, Las que fui, Los rincones, Ventanas, Traslados/Proximidades, Asombros, La belleza de la palabra poética. Algo que resuena y hace eco en la interioridad y despierta el ilusorio y la curiosidad por las palabras: adonde llevan, que dicen, que hacen, su uso y utilidad más allá de la materia hacen carne existencial de universos incorporales que irrumpen en escenas para crear sentido. No dejarse engañar por la fijeza del lenguaje, exprimirlas, retorcerlas, deconstruírlas para eso son las palabras cuando quieren ir por fuera del solo hecho comunicacional y ser símbolos, signos, estructuras de flujo estético inmaterial. Un sonido, un ritmo que cura va en ellas según las combinemos, agenciemos, asociemos. Las cosas pasan a estar en uno y según las vemos van en el poema. Van en ellas las sensaciones, un revivir lo vivido o crear un nuevo espacio, como según la autora nos enseñara Garcia Lorca, Cernuda, o cuando Montalbetti agrega las palabras pueden ser la palabra ideológica, dando bloques de sensación que van llenando y convirtiendo el sensorio. Remite también a los clásicos Sor Juana de La Cruz, Garcilaso, Quevedo, Milton, Dante… Todos con su aporte. Es verse reflejado en espejos de palabras desobedientes. ¿Cómo? Saltando sintácticamente de un intervalo del verso a otro, rompiendo el orden de la frase, encabalgando pensamientos y palabras. Así nos dice la autora. Gabardineo, ese vocablo me gustaba mucho. “Una gabardina moviéndose alrededor de alguien a quien cortejas, «cómo gabardineo al saber si sabrá adoración tan lastimera»” o “Sentarse en un banco del barrio y leer a Garcilaso de la Vega hasta que las imágenes de «Quién me dijera, Elisa, vida mía», ese verso de la Égloga Primera entró en mí dándome una energía parecida a tener una interlocutora con quien debatir de poesía en los paseos solitarios.” El texto va como una bio-poética de las palabras que trazaron su mapa sobre el territorio senso- perceptivo de la escritura en la escribiente. Como dice la autora según las palabras de Walter Benjamín la experiencia espiritual se transmite con la lengua. Un hilar las palabras con el ánima, lo inmanente, inmaterial que mueve las palabras imbricadas al ser que habita la corporeidad. Un cielo que aleja la ventana de toda la casa, un observar de la poeta resingularizando, captando líneas de perspectivas, planos de luz, planos, cristalizando universos de expresión y sensación. Distintos grados de intensificación, con distintas potencias discursivas, tonalidades narrativas con sintaxis semánticas que hallan sus coordenadas espacio-temporales. Nos dice García “Vuelvo a la infancia, a aquella palabra que no entendía y que tanto iba a significar: desgracia. A medida que se desvelaba en sus pliegues me daba cuenta de que sufrir es mucho más frecuente que sentir la belleza alada de los significantes que nos daban algunos excelentes poemas.
La muerte se escribe sola
una raya negra es una raya blanca
el sol es un agujero en el cielo
la plenitud del ojo
fatigado cabrío
aprende a ver en el doblez.
Blanca Varela.
Buscar en el vértigo y allí el psicoanálisis como indagación y camino siguiendo la luz del delirio del hombre- máquina, como forma de su destino y máquina estética mostrando un primer plano de su esencia. Es la cartografía del analista y el analizante cuya conjunción dará las diferentes conformaciones de subjetividad, el hecho propio y distintivo de cada poética. El poder de asombro del poema “ Esta mano no es la mano ni la piel de tu alegría
al fondo de las calles encuentras siempre otro cielo
atrás el cielo hay siempre otra hierba playas distintas
nunca terminará es infinita esta riqueza abandonada”
Edgar Bayley.
Las confluencias e influencias Michaux, Pizarnik, en todas las que fui, la mente que deambula y deja la sensación escrita. Resonancia de palabras que llegan fructifican, crecen como semillas constitutivas del poema que crece, el doblez de la palabra refleja el inconciente, y va en el yo libre y discursivo. Como decía Gastón Bachelard buscar en las palabras tesoros inencontrables. Dice la autora “Me pregunto ¿es la poesía una parte viva de la palabra? ¿Es un bloque de tiempo condensado en la letra escrita? No puedo dejar de pensar en aquellos hombres y mujeres que han trabajado con el lenguaje transmitiendo conocimientos a través de arañar los duros componentes de las frases cuando aprendemos qué es un sujeto, un predicado o un verbo. Todo eso que es tan necesario para ordenar nuestras ideas, en el poema deja de tener el mismo sentido lógico. No creo que los poemas tengan que ser lógicos”. Las ventanas de Hooper y de Chirico, poblando pinturas en el imaginario del poema, y como decía Alberto Caeiro no basta abrir ventanas para ver los ríos, los campos, es necesario no tener filosofía. La imaginación que no cesa como un transatlántico en la pizarra donde la tiza sigue poniendo palabras no cesa desde la infancia que nunca nos abandona. Perderse como forma de abordar la realidad que marca el poema hasta encontrar la manera de decirlo o la palabra necesaria.