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Apuntes sobre Siete Azotes de Gansta.Gnosta. Por Melissa Carrasco
02.08.2026 09:01 |
Noticias DiaxDia |
La obra se ubica en la médula de la transgresión y enarbola un discurso perverso. Como todo texto erótico, fricciona las categorías de erotismo y pornografía, de literatura y no ficción, arte y no arte.
Pero, ¿le cabe acaso a la literatura la categoría de pornografía?
El término pornografía constituye desde sus orígenes una sanción moral e higienista para prohibir la divulgación de contenido visual y relatos de corte sexual. Lo que caracterizaba al material censurado era la diversidad de cuerpos e identidades en juego, todo lo que para la religión debía ocultarse. La categoría de pornografía es extraliteraria, como bien ilumina Alicia Montes en su libro Literatura erótica, pornografía y paradoja (2023). “Siempre es la moral la menos cool de cualquier fábula”, cito de Siete azotes.
Desde siempre se nos ha dicho que si sugiere, roza, poetiza e idealiza la experiencia sexual es erotismo, y si se afirma más en la descripción literal es pornografía. Sin embargo, el erotismo es menos binario: se mueve friccionando ambos extremos de lo que se aprecia como opuesto. Gran ejemplo el cuento Las amigas de Tununa Mercado.
En los ‘80 surge una actualización política para el término y comienza a llamársele “posporno” a las formas del arte que exploran, reivindican la diversidad sexual y expanden el campo de lo posible. Allí, allí se encuentra el giro.
Ya desde las formas coquetea el verso largo con la prosa para narrar y registrar, a veces en modo diario confesional, a veces crónica y poema, pero de ninguna manera abandona la exhaustividad de la experiencia. No se ahorra detalles para el lector confortable. Insiste en lo escatológico, lo retorcido y violento del campo sexual, sin justificarse ni victimizarse, con la cabeza en alto como un Sbarra contemporáneo orgulloso de su vampirez.
Barthes distingue como texto de placer aquel devenido de la cultura, herencia del canon que como tal ofrece una experiencia amable e indiscutible con la belleza y, como texto de goce, aquel parido en la ruptura del mismo canon, reconocible por su transgresión a la herencia, su traición y renovación, diría yo. Quien manejase ambas riendas sería un sujeto anacrónico, algo así como el mago del prefacio de Altazor, que con su rayo podría cegar al creador. Disfruta del hedonismo de su cultura y de su destrucción. “Es un sujeto dos veces escindido, dos veces perverso”.
Leemos en Siete Azotes, como antes en Sade, el manejo de las artes del lenguaje, convive un modo barroco de hiperbatonizar la frase, el ritmo y el lenguaje culto del profe poeta con expresiones plenamente “vulgares” (advertido socialmente como mal gusto). Choque de fuerzas. “Es tan ordinario el amor”, cita a Lemebel y habla de lo que somos en el sentido más más más concreto: carne y fluidos. Desplatoniza la transacción, el intercambio amoroso y se guarda la ternura para las amigas.
Como en “Valporno” de la escritora chilena Natalia Berbelagua, Siete azotes es un discurso situado: retrata la noche mendocina no contada en las literaturas “oficiales”, la queer, y atestigua un modo personal de ser aquí. Podemos imaginarnos las calles y su luz a distintas horas de la madrugada, la acequia y el olor dulce de la basura sin recoger, la ciudad que se despierta mientras otrxs regresan a morir a casa, sexo lánguido o roto, aroma a sal o challa.
*Editado por taller Laboratorio Oscuro, Mendoza. En Buenos Aires conseguilo en Lumpen, librería virtual.
CATRASCA
yo creo que fue la noche de la doble
yo me había ido muy perra
suspensor de tul
collar de tachas
ellos eran tres
y había merca y faso y popper
fue la noche del miércoles antes
de semana santa la muy puta
y había gin y vodka y champán
eran re amables
qué bueno no tener que contar nada
me fui al piso en cuatro
y fueron dos pijas en el orto
y una en la boca
y se intercambiaban
y se reían
y yo gemía y gritaba de gloria
y los meé del éxtasis
y no les importó
porque festejaban
fue la noche que me corté la cabeza
otra vez con el espejo
al levantarme del bidet
y sangré y sangré pero seguimos
a uno solo le tomé la leche
los otros dos acabaron fuera
o uno no
no me acuerdo si me preñó
tomamos prep
habían dicho los tres
y a uno no se le paraba
si primero no se la ponía el otro
me hicieron limpiarles
los glandes
los sobacos
pero no la sangre del baño
ni la alfombra
ni una copa rota
también por mí
debe haber sido esa noche
les choreé hasta merca
pero mejor tampoco contar eso
LO PEOR NO ES...
Hay algo peor que hacés cuando tomás mucho champán con speed.
Peor que morderle la oreja al díler,
agarrarte a trompadas con el patovica
y bailar fristail frente al patrullero,
con tus babuchas de lino rotas en el culo
y tu camiseta a la Marlon Brando llena de sangre.
Algo que no sabés y es peor
que verte escapar saltando sobre los autos y la ambulancia
gritando que somos todos unos hijos de puta
y que ya vamos a ver.
Peor que estarte pidiendo en el medio del acceso
que por favor crucemos
y vos me soltás el brazo y te abrís en estrella delante del tráfico
riéndote de que no te importa morir.
Lo peor ni siquiera son todas las otras veces
(que hoy mi memoria repudia y confunde),
cuando saltaste el muro de aquel consorcio llevándote puesta la concertina
(obvio que te creyeron un chorro),
cuando me perseguiste por la alameda vociferando a la Dostoievsky
(quisiste ahorcarme contra un semáforo),
cuando casi dejé que nos arruinaras el festejo de Argentina tricampeón
(me encerré en la pieza con la gata y un clona).
Lo peor viene después,
cuando por fin logro que nos sentemos a tomar un café en el mcdonalds
con capucha para que no se te note el chichón,
con la cámara del celu apuntándote porque esta vez sí te escracho.
Lo peor lo decís vos, tenue pero clarito
mientras me como una medialuna,
que me amás, que lo sepa, que no me olvide.