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Lionel Messi y la cultura popular. Por Camila Sunico

06.10.2026 13:40 |  Noticias DiaxDia  | 

Cuando hablamos de cultura, muchas veces pensamos en algo que sucede lejos.
En un museo, en una biblioteca, en un teatro. Pensamos en escritores, músicos, pintores, películas, patrimonio. Y por momentos usamos la palabra “cultura” como si designara algo solemne, algo que hubiera que aprender a mirar antes de poder sentirlo.
Pero la cultura también sucede en una tribuna.
Está en una camiseta que pasa de padres a hijos, en una radio encendida un domingo, en una canción que miles de personas conocen aunque nadie recuerde exactamente quién la escribió. Está en los códigos de un barrio, en las palabras que inventamos, en los rituales que repetimos y en esas historias que un país decide contar tantas veces que terminan formando parte de su identidad.
Y en la Argentina, inevitablemente, está en el fútbol.
Por eso la despedida de Lionel Messi de la Selección no pertenece solamente a las páginas deportivas. También puede leerse como un acontecimiento de la cultura popular argentina.
Porque el fútbol tiene algo que pocas expresiones culturales consiguen con semejante intensidad: atraviesa geografías, generaciones y clases sociales. Cambian los clubes, los colores y las rivalidades, pero existe un lenguaje que se reconoce desde una cancha de tierra en un pueblo hasta un estadio con ochenta mil personas.
Y quizá por eso sea también una de las expresiones más federales de nuestra cultura.
Messi nació en Rosario. Antes de convertirse en una figura global fue un chico santafesino que jugaba a la pelota. Después llegó Barcelona, España, la distancia y una carrera extraordinaria construida a miles de kilómetros de su país.
Esa distancia, durante mucho tiempo, también fue utilizada para cuestionarlo.
Se discutió si era suficientemente argentino. Se habló de su manera de hablar, de su personalidad, de por qué no cantaba el himno, de por qué parecía emocionarse de otra manera. Durante años se le exigió demostrar una pertenencia que, paradójicamente, terminaría convirtiéndolo en uno de los pocos nombres capaces de producir una identificación prácticamente nacional.
Messi debutó en la Selección mayor en 2005, con 18 años.
Y desde entonces no solamente atravesó generaciones de jugadores y entrenadores. Atravesó distintas Argentinas.
En más de dos décadas cambiaron presidentes, gobiernos, crisis, tecnologías y maneras de consumir el fútbol. Cambió incluso nuestra forma de verlo: de la televisión familiar a las transmisiones en el teléfono, de esperar el diario del día siguiente a volver a mirar un gol cientos de veces en las redes sociales.
Messi permanecía.
Y durante mucho tiempo, además, permanecía perdiendo.
Eso también forma parte de su construcción como símbolo popular.
Estuvo la final del Mundial de Brasil 2014. Llegaron las finales de Copa América. Llegaron las críticas. Las comparaciones inevitables con Diego Maradona. Las preguntas sobre por qué podía ganar todo en Barcelona y no conseguía hacerlo con la Argentina.
En 2016 dijo que se terminaba.
Y volvió.
Ese regreso probablemente sea tan importante para comprender su historia como cualquiera de sus títulos. Porque el relato que finalmente construimos alrededor de Messi no es solamente el del talento extraordinario. Es también el de la derrota, la insistencia y la posibilidad de regresar al lugar donde uno perdió.
Después sí llegaron las imágenes que ya conocemos.
La Copa América de 2021. La Finalissima. El Mundial de Qatar de 2022. Otra Copa América en 2024.
Y particularmente aquella imagen de Messi levantando la Copa del Mundo terminó de salir del territorio exclusivamente deportivo para incorporarse a la memoria visual argentina.
Porque esa copa no se festejó solamente en el Obelisco.
Se festejó en Rosario y Córdoba, en Mendoza y Tucumán, en Salta y Jujuy, en Misiones y la Patagonia. En las grandes ciudades y en pueblos pequeños. En plazas, clubes, casas, estaciones de servicio y rutas. Cada lugar construyó su propia escena alrededor de un acontecimiento que estaba sucediendo a miles de kilómetros.
Eso es también cultura federal.
No porque todos los argentinos vivamos el fútbol de la misma manera. Sería absurdo decirlo. La cultura popular nunca es uniforme. Precisamente su riqueza está en las diferencias, las rivalidades y las apropiaciones.
Pero hay determinados acontecimientos que consiguen construir una memoria común.
Y ahí está Messi.
Está en los murales. En las canciones. En las camisetas. En los tatuajes. En los chicos que imitan un festejo. En los nombres de comercios. En las fotos familiares. En las gigantografías de pueblos y ciudades. Está incluso en nuestro lenguaje cotidiano.
Ya no hace falta explicar demasiado cuando alguien dice “la de Qatar”.
Eso es lo extraordinario de la cultura popular: toma un acontecimiento y lo transforma en otra cosa.
Lo vuelve recuerdo.
Lo convierte en símbolo.
Lo hace propio.
Por eso quizás dentro de algunos años importe menos la estadística exacta de cada partido que la historia que cada argentino pueda contar sobre él. Dónde estaba durante una final. Con quién vio aquel penal. A quién abrazó cuando terminó el partido contra Francia. Qué edad tenía cuando Messi levantó la copa.
Porque también así se construye la memoria cultural de un país: a través de pequeñas biografías individuales que, de repente, coinciden.
Y esta semana comenzó una nueva etapa.
Messi dejó de ser ese jugador del que siempre podíamos pensar que todavía quedaba otro partido con la Argentina.
Ahora empieza lentamente a convertirse en recuerdo.
Y discúlpenme, porque hasta acá intenté hablar como periodista. Pero acá se me escapa inevitablemente el lado personal. Y sí, se me cae una lágrima.
Porque a mí el fútbol, si no juega Boca, me interesa bastante menos. Soy bostera. Mi calendario emocional está pintado de azul y amarillo.
Pero Messi consiguió que también esperara a la Selección.
Lo vi perder. Lo vi levantarse. Lo vi volver cuando parecía que ya no había nada más que demostrar. Lo vi levantar la Copa América. Lo vi levantar la Copa del Mundo. Y, sin darme cuenta, mientras él atravesaba todos esos años con la camiseta argentina, yo también fui creciendo.
Por eso quizá la tristeza de esta despedida no tenga solamente que ver con que Messi no vuelva a jugar con la Selección.
Tiene que ver con descubrir que hubo algo que creíamos permanente y no lo era.
Que el chico rosarino que empezó esta historia también creció.
Y que nosotros crecimos con él.
La semana pasada terminó un partido.
Pero quedó algo mucho más difícil de retirar: una parte de nuestra cultura popular, de nuestra memoria colectiva y, para muchos, también de nuestra propia historia.
Y ahora sí, permítanme dejar por un segundo el periodismo.
Gracias por hacer que una bostera esperara también cada partido de la Argentina.
Gracias por las victorias, pero sobre todo por haber regresado después de las derrotas.
Gracias por enseñarnos que a veces las historias más lindas no son las de quienes nunca caen, sino las de quienes encuentran la manera de volver.
Y gracias por haber estado ahí mientras nosotros crecíamos.
Chau, capitán.

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