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Los cuentos del Abuelo Poroto. Por Javier Romero

30.07.2020 16:03 |  Noticias DiaxDia  | 

 Los talleres literarios son un semillero de jugadores de las palabras en donde siempre algunas y algunos comienzan a lucirse en las lides de la escritura, luego de años, lustros, décadas, de posponer ese gustito picantón en la mano siempre latente como un lujo que uno no se puede dar porque la realidad te ordena que hay que comer, que hay que tener unos billetes arrugados y sucios en los bolsillos (que parecen siempre tener dos agujeros: uno por donde llenarlos y otro más grande, circunstancial,  por donde se escapan como un condenado a muerte); porque siempre hay que llenar alguna panza más urgente o hay algo más surgente: la familia, algún proyecto mundano y más prometedor que un sueño (a riesgo de que termine siendo una pesadilla), la rotura del cuerito de una canilla por donde chorrean los vaivenes, unas vacaciones merecidas por un año de lucha, una mejora en nombre de la calidad de vida.
“Tírame las preguntas, y después chateamos para que completes lo que querés escribir”, me dijo el hombre del otro lado del teléfono. “Literariamente no es mucho lo que puedo aportar, pero... acá estoy”, amenazó con su humildad quien viene leyendo ávidamente desde su infancia, cuando esperaba su cumpleaños para sorprenderse siempre con el mismo regalo mágico: un libro. Pero no cualquiera: libro de literatura.
“Es que recién en el 2012 se me ocurrió ir a un taller literario sin saber qué corno era y cómo funcionaba. A partir de ese momento empecé a escribir de acuerdo a consignas y a tomar nota de algunos datos literarios. Me refiero a que nunca estudié el tema. Escribí desde siempre intuitivamente y ya jubilado decidí acomodar esos escritos y darle un sentido a lo que escribía”, desgranaba su biografía Alberto Furlong.
 
* * *
 
¿Quién es “Abuelo Poroto”?
Lo de “Poroto” surge de la siguiente historia:
En el año 1962 comencé a salir con Ana María y en una de esas visitas a su casa familiar, en Morón, salió a recibirme su hermanita menor Elsa, de seis años de edad. Intrigada porque visitaba a su hermana, me preguntó cómo me llamaba y se me ocurrió decirle “Poroto”, lo que a ella le pareció muy divertido. 
El papá le debe hacer preguntado por mi presencia y cuando me invitaron a pasar, ese futuro suegro me dijo: “adelante señor Poroto”, lo que nos causó mucha gracia a todos porque sabían que no era ese mi apelativo. Fue una broma que germinó.
Pasó el tiempo y ese Poroto se convirtió en abuelo de cinco hermosos nietos.
 
¿Quién es Alberto Furlong?
Alberto Furlong sigue siendo aquel joven, si consideramos que tenemos la edad de nuestros proyectos, y el niño, que no debe abandonarnos.
 
¿Qué te llevó a escribir? 
Nunca me propuse escribir formalmente, sin embargo, repasando la historia desde muy niño, creo que desde que aprendí nunca dejé de escribir. Escribía historias, que simulaba proyectar, para mis dos hermanos más chicos. No contaba oralmente, por timidez, pero las escribía o las dibujaba.
En la adolescencia garrapateaba las historias amorosas imposibles, que fueron también, musicalizadas como boleros o baladas románticas. En los papeles han estado todas aquellas palabras que no sabía decir.
 
¿Qué te llevó a leer? ¿Qué lecturas te marcaron tu recorrido de vida?
Era tanto mi amor por la lectura que pedía que, cuando correspondiera, me regalaran libros. Fue así que para mi cumpleaños, Navidad o Reyes, el regalo era un libro. En ese entonces estaba ávido de la Colección Robin Hood, donde pude leer los clásicos para niños.
Me gustaban las hazañas contadas por Emilio Salgari. Se sucedían Bomba, Tarzán, Colmillo Blanco, Sandokán, y me sentí hondamente impresionado por Corazón y La Cabaña del Tío Tom. Posteriormente, guardo un especial recuerdo de mi profesor de Literatura de segundo año de secundaria. Nos señaló los clásicos, El Quijote, El Mío Cid, etc. pero me atrapó su particular manera de leer poesía, que hizo que hasta hace poco tiempo las recitara de memoria.
Creo que después, trabajando en el microcentro, la calle Corrientes con sus librerías fue mi leal compinche para mi búsqueda autodidacta.
 
¿Qué es el humor para vos?
El humor siempre estuvo presente en mi vida. El humor campero, que provenía de mi viejo. El que nos contaba, como si se tratara de Caperucita Roja, sobre las andanzas de un viejo borracho, Juan Joyce, del pueblo donde había nacido mi papá.
Era un humor simple, directo, pero al mismo tiempo con doble intención y con la sexualidad en la superficie.
Con humor es como creo que mejor me expreso, con la intención de que después de la sonrisa quede flotando una idea para ser pensada.
 
¿Qué situaciones te inspiran o te hacen gracia?
Suelen decirme que no manifiesto la alegría que yo digo sentir cuando escucho algo con humor. Es que para mí no es lo mejor aquello que provoca una carcajada. Me gusta más el humor reflexivo. El que se logra jugando con las palabras.
 
¿En qué te inspirás para escribir?
No podría decirlo como una receta. Creo que escribo aquello que me provoca el estado de ánimo. Una conversación en la calle, una foto, un paisaje, pueden ser inspiradores, sin que prevalezca uno sobre otros.
 
¿Cuáles son tus tipos de personajes preferidos?
Me gusta el desvarío de los personajes que manejan, por ejemplo: Dolina, Fontanarrosa, Les Luthiers, Girondo… el humor absurdo que se sabe donde comienza pero nunca donde culmina.
 
¿Qué esperás de tus obras?
¡Uf! ¡mis obras! aunque es correcto nombrarlas así, yo guardaba la palabra “obra” para un “trabajo” profesional. Me gustaría que alguno de mis escritos despertara algún sentimiento en quien lo lea. Y si fuera posible que lo inste también a escribir, ya que todos estamos en condiciones de hacerlo. Creo que la posibilidad de reunir varios de estos trabajos en un libro me dejaría conforme.
 
¿Qué te gustaría escribir?
Me gustaría escribir teatro, diálogos. Me siento seguro haciéndolo y estimo que me permite expresarme con mucha soltura. Decididamente debo incursionar en la dramaturgia. 
 
¿Qué encontraste en los talleres de escritura o literarios que te sirvieron para escribir más?
Estuve yendo, hasta ahora, al taller literario de la Casa de la Cultura, en Ramos Mejía, coordinado por Elizabeth Caamaño, desde el año 2012. Básicamente me encontré con gente a la que le gusta leer, amante del arte en general, y que en distintos niveles, escribe. Recibí distintos elementos que hacen a la literatura, lectura de autores de distintos géneros y pude mostrar lo que escribía.
Más cerca en el tiempo entré a formar parte del Taller Literario Experiencia Letras, en principio co-coordinado por Alba Murúa y Javier Romero y me encontré con participantes con los que me fue posible compartir no solo lo estrictamente literario, sino el marco personal y social que lo genera. Hice otras incursiones por talleres con distinta formación y objetivos. 
 
¿Qué valorás de estos talleres?
El coordinador en cada taller, tiene objetivos y es nuestra decisión continuar o no en ellos. A mí me sirvieron para ordenar lo acopiado en años de lectura y aclarar aspectos teóricos de los que no tenía conocimiento.
 
¿Creés que ayudaron a mejorarte en tu escritura?
Me ayudaron, desde distintos lugares: mediante consignas apelar a la creatividad; proponer lecturas que podían ser comentadas; leer y escuchar el trabajo de los participantes es muy útil; y poder recibir correcciones siempre tan necesarias.
 
¿Qué lecturas te marcaron, ya en tu adultez, que recomendarías leer?
Valoro las novelas pero me cuesta leerlas. Me gusta el ping pong que proponen los cuentos con el lector. Leo poca poesía y me gusta la que no abusa de lo críptico, tan parecida a una adivinanza. Borges, Cortázar, Piglia, Orwell, Poe, Castillo, son los autores releídos en esta etapa. 
Si tuviera que recomendar una lectura, sería la de captar el trabajo de orfebre realizado por Borges en la colocación de los adjetivos, en casi toda su obra.
 
¿A qué escritor te gustaría parecerte?
Si pudiera, como en un rompecabezas, o mejor en un gran puchero, pondría un poquito de Abelardo Castillo, Cortázar y Borges. En proporciones distintas según la época de cada escritor.
 
¿Qué te gustaría para tu futuro como escritor?
Suelo decir que alguien que rinde su última materia en Filosofía, no se recibe de filósofo. De manera análoga escribir, no me hace escritor, y esto no significa más que eso, ya que valoro mi trabajo y el de la gente que se manifiesta a través de lo que escribe.
Necesito escribir y lo hago toda vez que puedo, de la misma manera en que pulso la guitarra y canto, sin ser cantor.        
Para mi futuro inmediato deseo reunirme, en un abrazo, con mis amigos talleristas.
 
* * *
 
Los duendes de la isla esmeralda
 
    Fue en el mes de febrero de 1948, cuando con mi papá y mi abuelo salimos de viaje. Estaba previsto un recorrido que nos alejaría de Buenos Aires no más de 170 kilómetros. El abuelo quería visitar a un par de hermanos, otros parientes y a amigos de distintos pueblos de la provincia. Hoy podría pensar que esa travesía tenía todo el color de una despedida.
Acomodados en el tren, en cuanto partimos de la estación Constitución, le tiré de la manga al abuelo, pidiéndole que me contara la historia del duende. El abuelo se sonrió, y se dispuso a repetir, una vez más, esa antigua leyenda irlandesa. Agarró el mate, que le había cebado mi papá, se agachó y comenzó su relato:
–– Había una vez un viajero, que escuchó el sonido metálico de alguien que golpeaba con un martillo; sonido que venía de un bosque cercano. Hacia allí fue el viajero y vio al “leprechaun”*.
––¿Qué es un leprecan, abuelo? ─ pregunté como si fuera la primera vez.
––El leprechaun es un duende que vive en la isla esmeralda de Irlanda ─ me explicó el abuelo con paciencia.
––¿Vos viste alguno, abuelo?
––No, es muy difícil encontrarlos. Escuchá, te sigo contando: cuando el lepre... cuando el duende ve que lo descubrieron, y que lo atraparon, porque se los retiene tan solo con mirarlos, primero se muestra amable, eso hasta que la persona que lo apresó le pide el oro, porque ellos juntan y esconden oro. A un duende cuando le hablan del oro se pone como loco y señala para cualquier lado, con la intención de distraer a esa persona. Pero cuidado, que en el mismo instante en que el humano deja de mirarlo, el leprechaun se esfuma.
––¿Y desaparece? ─ volví a preguntarle.
––Desaparece y no se lo ve más ─ aseguró el abuelo con picardía.
––¡Cómo me gustaría ver un duende, abuelo!
El abuelo me acarició la cabeza y yo me entretuve mirando el campo por la ventanilla, que cambiaba a un color anaranjado como el sol, que se caía empujado por la noche.
Creo que dormí un poco, porque ya era de noche cuando llegamos. Bajamos del tren y caminamos unas cuantas cuadras hasta llegar a una modesta casa en las afueras del pueblo. Una alegría el encuentro, abrazos y besos, y las bromas propias del momento, aunque yo mucho no podía participar porque hablaban otro idioma.
Después de la cena, decidieron que nosotros tres íbamos a dormir en la cocina y a falta de camas extendieron en el suelo unos cueros de oveja, más tarde me enteré que se llamaban cojinillos, una manta y un poncho como cobijas.
Yo había visto que andaban unos sapos saltando cerca de los cueros y eso me daba miedo, no estaba acostumbrado a dormir en el suelo y en esas condiciones. Por eso me costó dormirme, aunque debido al viaje se ve que aflojé. No sé cuánto tiempo habrá pasado, que sentí la voz del abuelo, quien parecía hablar con alguien, me di vuelta y encima de él había un resplandor en medio de una neblina. El abuelo hablaba dormido y cada tanto resoplaba, moviendo el bigote rubio, teñido por el tabaco. Pero parado delante de él había un hombrecito viejo, pequeño, vestido de verde. Me acordé del duende y sin dejar de mirarlo le pregunté: “¿dónde está el oro?”. Y el viejito comenzó a agitar los brazos y a saltar como enloquecido, señalándome un rincón oscuro de la cocina. “¿Dónde está el oro?”, le volví a preguntar, y vi que agitaba su gorro y mostraba sus lustrosas botas con grandes hebillas. Mi papá que escuchó cierto alboroto, se dio vuelta y me abrazó para que volviera a acostarme.
––Papá, papá, es el duende del abuelo ─le reclamé a mi papá.
––Dormí, hijo ─me dijo, y sin darme tiempo me abrazó hacia su lado.
Cuando pude girar la cabeza, vi que el duende ya no estaba.
Los días posteriores fueron para visitar al compadre de mi abuelo y a amigos de pueblos cercanos. Había muchas novedades en esa vida de campo, que me hicieron olvidar momentáneamente lo que vi la primera noche. Poder andar a caballo, por ejemplo, fue una hermosa e inolvidable experiencia.
A los pocos meses, cuando comenzó el invierno, el abuelo se enfermó. Lo fuimos a visitar al hospital y noté su gesto sufrido, que cambió inmediatamente cuando le agarré la mano. Me miró, sonrió y recordé el rostro del duende irlandés, en ese viejo abuelo que me contaba historias de su niñez. Se terminó la hora de visita pero yo no quería dejar de mirarlo, presentía que cuando lo hiciera el viejo duende terminaría esfumándose.
 
Abuelo Poroto
 
(*) Es un tipo de duende que habita en la isla de Irlanda. Son criaturas que pertenecen al folclore y a la mitología irlandesa.
 
 
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