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24 de Marzo - FRAGMENTO DE LA NOVELA EL IMPERIO DEL AGUA DE CLAUDIA AINCHIL

 Clara Beter Ediciones

23.03.2026 11:39 |  Noticias DiaxDia  | 

Demasiado silencio. Compré manteca y un poco de pan, el sol rajaba la tierra y yo volvía a casa pensando en el café con leche que me esperaba. La abuela estaría rezongando porque siempre tardaba más de la cuenta. Pero esta vez la tardanza era culpa del almacenero y no de mis amigas. Pensándolo bien era poco frecuente que no estuvieran en la vereda. Las persianas de la cuadra estaban bajas. Demasiado bajas.
Como una chispa los ojos se clavaron en un punto a media cuadra. Mi casa con la puerta abierta de par en par. ¿La abuela había enloquecido de repente?
A ella, oriunda de un pueblo de la provincia de Buenos Aires, le gustaba tomar el colectivo que tardaba tres horas y media, casi cuatro y venir a la gran ciudad en donde se empachaba de telenovelas. En varias oportunidades quisimos comprarle un televisor pero con su hermana nunca aceptaron. Tal vez no querían que la modernidad las devorara. Prefería tomarse un recreo de gallinas apareciendo casi sin avisar frente a nosotros, así como sin avisar regresaba a su limonero y antiguas sábanas blancas bordadas, comunicándose con nosotros a través de una encomienda que mensualmente
mandaba.
Chorizos caseros, huevos de las gallinas que tenía en el fondo de su casa, salamines para los 30 días, las historietas de Intervalo, El Tony, D’artagnan con Nippur de Lagash a la cabeza eran algunos de los tesoros preciados que todos los miembros de la familia esperábamos.
Mis pasos se apresuraron, últimamente ocurrían ciertos movimientos en el barrio, coches falcon estaban estacionados en la esquina. El corazón se aceleró, un dejo de miedo revolvió entrañas, la boca se contrajo, los oídos zumbaron como cuando las piedritas que navegan en su interior toman al equilibrio y los desgajan.
En plena tarde los vecinos, esos que sabían vida y milagro de cada casa, habían optado por transformar la tarde hermosa en noche voraz. Las persianas se sumían en cerrojos, nadie por aquí, nadie por allá. El sol era tan enorme que su luz convertía los frentes de las casas en espejos en los cuales cualquiera podía verse reflejado.
El cuco funesto parecía haber deglutido intempestivamente a la anciana que estaba de visita. Tal vez entraron ladrones, o la puerta quedó mal cerrada, quise tranquilizarme. Pero los ruidos devoraron el silencio de la habitación que daba a la calle. Solo tres hombres, mi abuela y yo.
Cuando grité, fue tan enérgico el aullido que uno interrumpió lo que estaba haciendo. El muy desgraciado rompía todo lo que encontraba a su paso. “¡Callate!”, dijo clavándome la ametralladora contra el cuerpo.
La abuela no entendía que es lo que estaba sucediendo, de su apacible quietud, en donde nunca sucedía nada diferente, a estar envuelta en una locura de gritos, armas y terror. Pero en esa turbulencia ocurrió algo. Los doce años que hasta ese momento me pertenecían pasaron a duplicarse o más. Como si una onda magnética hubiera revolucionado cada sentido, hablé y hablé sin parar. Llamé a mi madre al trabajo explicándole, en un tono alto para que escucharan, que había intrusos en la casa, los cuales entre otras cosas estaban agregándole algo al teléfono y se habían ensañado con el cuarto, rompiéndolo todo.
Ellos como si nada, seguían... y yo me sumía en el pánico más atroz y la verborragia sin límites para cansarlos... para que se fueran de una vez por todas y nos dejaran a la abuela y a mí bien solas con nuestro café con leche.
De repente se marcharon... sentí que la manteca estaba derritiéndose entre mis dedos...
Corría el año 1976. El falcon era un coche que estaba de moda, grande como pocos, y usado por pocos. Una especie de bestia




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