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Pasajeros de Babel de Gigliola Zecchin. Por Pablo Queralt

23.03.2026 14:50 |  Noticias DiaxDia  | 

El punto donde escritura y escribiente sellan el instante, suspenden el juicio y cobra vida lo verdadero, en estos pasos de pasajeros, que transitan Babel. En las palabras que esconden el corazón tanto en Incas como en los zarpados del puerto de palos, todos miran la bóveda celeste, todos esperan una señal. A modo de documento poético- histórico va la narración en los detalles de la acción, en la voz que cuenta las versiones donde se mezcla sangre e historia, allí el chico que murió a destiempo y luego siguieron las lluvias, allí donde se planta bandera. Una épica de los sentidos y los actos que hilvanan un hilo, la línea del destino, el delito de las palabras. En caballo es la procesión hacia el interior del universo, donde desde la misma fuente beben sabiduría tanto el Buda y el que monta sus ojos en la escritura. Bellas imágenes “ciegos vamos/ monedas de papel/ sobre los ojos “. Sutra y maestro desanundan el desconcierto del amor. Hermosos contrastes en el poemario- el cuenco de arroz (materia) y se abre el cielo (lo inmaterial) marcando un ritmo cosa- materia- alma de la cosa-inmaterial-, así vamos en lo intangible de la historia y nos queda el sentido de la cosa. El Tao, el respirar el siseo del aire, abren paso a una sucesión de poemas de 5, 7, y 5 versos:” Primavera del árbol/ bajo su sombra/ el nido humano” como este haickus. Tarde de marzo/ la ciudad con su puente/ caerán al agua, otra muestra de lo bello en lo pequeño del verso, allí arrinconados. En sus dos primeros pasajes, Ámerica y Oriente anclados en sus dominios, como bloques de sensación, van en el influjo de percepción que instaura su mecánica poética, su máquina incorporal donde hace sus territorios existenciales: lo material y lo incorporal. Teseo, Odiseo, Freud, se pasean por el poemario como por un viaje imposible que solo la mujer teje, Nietzche, Picasso, Neruda, Vincent, hilados como sonido infinito de mundos innumerables. La propia sombra que se cuece en estos versos palabra a palabra, en la justeza de lo dicho, los cielos esparcidos en el color, cordura/ locura algo de todo eso compone al ser que deambula sobre la esfera terrestre y arrastra su negrura, su brillantez, una escritura que se bebe en el horizonte, un faro del fin de mundo, un pan que se ha de comer hasta la última vocal. Poemas de versos cortos, contundentes, abren el espacio entre la mente y los sentidos, dan forma a un mundo para su comprensión. La vena que late, la luz del atardecer son bellos elementos constitutivos del poema que agrandan o cierran el enfoque, subjetivaciones parciales, dan bloques de sensación, una dinámica maquínica en registros de conocimientos que se ponen a existir en nosotros: esto es Van Gogh, esto Picasso, esto Odiseo, como focos de diferenciación anclados en cada dominio. La experiencia estética va en esta aprehensión existencial, haciendo su territorio vivencial, en distintas intensidades, ritmos en distintos modos de ser del ser. Todo en una potencialidad de lo que nunca sabremos, y se infiere, esos sentidos que navega el barco de estos versos que pinta el pintor, lo que crece en el centro de la mente, instante, donde el alma espera la última palabra. Así el destino, borra del café, el miedo y el vacío, el poema, la página, silabas inciertas, materia de lo sublime: la escucha del silencio, como una inmersión sensible en la carne de lo inmaterial. La pasión de la escritura, se escribe con lo que se puede: el carbón de la cocina, con historias enlazadas, con el fondo del deseo, la valija abierta, para ser escuchado el poema y guardar el secreto de las palabras. Al fin el viaje solo es posible en la poesía.









































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